Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de septiembre de 2009 Num: 759

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Juan Bañuelos y otras cuestiones
MARCO ANTONIO CAMPOS

Mariano José de Larra: las andanzas de un dandy
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

El regreso en '34 y la muerte en '49: dos efemérides de José Clemente Orozco
(1883-1949)

ERNESTO LUMBRERAS

Espiritualidad y símbolos, novedades antiguas
RICARDO VENEGAS entrevista con JULIÁN CRUZALTA

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

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LUIS TOVAR

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El Mono de Alambre
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Cabezalcubo
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Juan Bañuelos.
Foto: José Núñez/ archivo La Jornada

Juan Bañuelos
y otras cuestiones

Marco Antonio Campos

Conocí a Juan Bañuelos en la casa de doña Carmen Toscano y don Manuel Moreno Sánchez en mayo de 1969, luego de la entrega del Premio Diana Moreno Toscano, que se daba a la promesa literaria. Ese año se le otorgó a Victor Manuel Toledo, miembro del taller de poesía de Punto de Partida que dirigía Juan en el décimo piso de rectoría de la UNAM. El jurado permanente del premio era de primera línea: Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Juan José Arreola, José Luis Martínez y Héctor Azar.

Héctor Moreno, el hijo menor de doña Carmen y don Manuel, estudiaba conmigo Derecho y era uno de mis grandes amigos. Si hubo personas en mis inicios que creyeron que podía ser escritor –tal vez los defraudé– fueron doña Carmen y Héctor. Por lo demás, era un deleite oír a don Manuel Moreno Sánchez hablar de las entretelas de la política mexicana, ya en su casa, ya en el rancho de los Barandales, situado en la carretera a Toluca. Don Manuel había sido presidente del Senado en el sexenio de López Mateos, y se alejó de los puestos políticos luego de que éste designó como candidato a la Presidencia a Díaz Ordaz. “¿Habló usted alguna vez de la designación con López Mateos?”, le pregunté. Me repuso que éste lo había mandado llamar a su casa de San Jerónimo. “Eres el primero –le dijo–al que se lo comunico. Díaz Ordaz es el candidato del partido.” “No vuelvo a hablar de política contigo” dijo. “¿Por qué?” “Te va a ensangrentar el país.”

Y don Manuel volvió la cabeza –me contó– y se quedó mirando hacia los ventanales de la sala de la casa de San Jerónimo.

Don Manuel no se equivocó. Desde el principio de su sexenio Díaz Ordaz demostró que su puño estaba sobre la ley. El ' 68 fue la sangrienta conclusión.

En aquel aciago sexenio (1964-1970), por cierto, don Manuel fue una de las escasas voces críticas. Escribía semanalmente en la sección editorial del diario Excélsior. Hombre de inteligencia admirable, don Manuel no conocía tampoco el miedo: decía lo que pensaba en sus artículos y en las reuniones familiares y de amigos. Para amedrentarlo una vez arrojaron una bomba en el jardín de su casa de Palmas. Le pregunté qué pensaba; hizo un gesto de desdén y de fastidio y me dijo que querían asustarlo con el petate del muerto. El complemento perfecto en su contraste era doña Carmen, quien era de una cuidadosa e inteligente discreción.

Compartir con aquella familia algunos años, lo digo sin exageración, fue una verdadera fortuna. Yo escribía poemas, si es dable llamarles así, desde enero de 1968, pero no conocía a nadie del medio cultural que pudiera decirme si iba bien o mal. Claro, uno, en sus fantasías estólidas, cree que va directo y sin paradas por la ruta más directa a la entrada al Parnaso.

Esa noche de mayo de 1969, luego del premio, doña Carmen invitó a varios escritores –entre ellos a Bañuelos– a su casa de Palmas. Le comentaba esa noche a Juan que había leído hacía unos meses en el suplemento de la revista Siempre!, que dirigía Fernando Benítez, fragmentos de su doloroso poema sobre el movimiento estudiantil del ' 68 (“No consta en actas”) y le hablé de otros que habían salido en el suplemento de El Heraldo de México. En cierto momento, doña Carmen le llevó unos poemas míos. Juan los leyó, le pareció que tenían algún interés y me invitó al taller que coordinaba.

Los viernes eran las sesiones. Lo pensé varias veces, pero unas dos o tres semanas más tarde llegué al taller. Quizá en ese entonces era el único de poesía que había en el país o, si había otros, eran tan oscuros que no llegamos a enterarnos. Asistían los que podían llamarse los fundadores: Victor Manuel Toledo, que ahora es un notable biólogo; Héctor Olea, de profesión arquitecto y admirador ferviente de la poesía de Octavio Paz y de la poesía concreta y la narrativa brasileñas (tradujo Macunaima ); Eduardo Santos, amigo generoso, gran lector de poesía pero a quien lo abandonó pronto la musa; el simpáticamente caótico poeta michoacano Alejandro Cendejas, y Arturo Jiménez, de quien apreciábamos sobre todo una bella oda marina. Pocas semanas después de mí, llegó el hondureño Livio Ramírez, un verdadero poeta, sin duda el más dotado e inteligente de nosotros, y con quien del grupo tuve a la larga la mejor relación amistosa.

Recuerdo la primera vez que leí. Al terminar fue el silencio. En los poemas medía mal, metía rimas internas o consecutivas, el ritmo andaba a tropezones… Por meses la actitud de los miembros fue la misma: miradas de reojo, mandíbulas apretadas, silencios severos; sin embargo, yo no desistía; quería creer que mi destino era la poesía y sólo eso. Seguía yendo, seguro de dos cosas: la crítica era durísima pero no de mala fe, y por lo demás, yo no conocía a nadie, fuera de ellos, con quién hablar de poesía y menos de literatura. Aun Héctor Olea, que era como un vendaval devastador a la hora de formular sus críticas, con las cuales hacía huir en estampida a muchos de los recién llegados, observaba que mis muchas lecturas –eso creían en el taller benévolamente– no se reflejaban para bien en mi poesía, si poesía era eso.

Sin embargo, hubo un momento para mí definitivo. Pasados varios meses, llegué un viernes con un par de poemas que algo le debían a Vallejo y a Pessoa. Al final Juan habló primero que todos y dijo: “Creo que al fin encontraste el camino.” Leyó en voz alta los poemas y fue diciendo por qué le gustaban. Eso resultó para mí definitivo. Sentí –siento aún– un gran alivio. Por primera vez alguien, que era un poeta importante, me decía que un poema mío era bueno, y que la vía no estaba errada, o parecía no estarlo. Desde ese momento empecé a tener una confianza que estaba en un mínimo nivel y los demás miembros empezaron a verme como parte real del grupo.

Bañuelos es poeta, no crítico, pero pocas gentes he conocido con tanta intuición para la poesía como él. Si Juan me decía que un poema o un verso eran malos, no preguntaba por qué; de inmediato lo desechaba. Parecía tener un extrasentido para saber qué era bueno o malo en poesía. Además de que era un excelente maestro de taller –su carácter se prestaba muy bien para el trato con los jóvenes–, poseía una vena pícara que nos tiraba de la risa. Como maestro, Juan era a la vez estricto y conciliador, y solía pedirle a Livio –que tenía una admirable capacidad de síntesis– dar las últimas observaciones.

Hay algo igualmente definitivo que debo a Juan y a aquellos compañeros de los inicios: todos apostábamos por una poesía escrita con sangre, con bilis, a puñetazos, en fin, con todos los sentidos y el corazón. Apenas soportábamos en poesía la ilegibilidad (que da tantos réditos en los medios académicos y en círculos de poetas que tienen poco o nada qué decir), los juegos verbales que terminan en la inanidad, el garigoleo y el gorgoreo. Nuestros poetas favoritos eran aquellos pegados a la tierra : Vallejo, Neruda, Baudelaire, Rimbaud, Sabines, López Velarde, Pellicer, Whitman, Lorca, pero también admirábamos de los abstractos o herméticos, a Valéry, a Eliot, a Montale y a Gorostiza. Quizá el gran dios de la mayoría era el peruano César Vallejo. Pero antes que Vallejo para mí estaba Neruda. Bañuelos admiraba también con entusiasmo a Claudel, Perse y Milosz. A todos nos unía asimismo en aquellos años la herencia fogosa y crítica del ' 68.


Juan Bañuelos. Foto: Cristina Rodríguez/ archivo La Jornada

Por muchos meses los miembros de aquel grupo compartimos poesía y mal alcohol. Al salir del taller –casi todos estábamos en la inopia– íbamos a beber al departamento de alguno (sobre todo al de Eduardo Santos en Tlatelolco o al de Livio Ramírez en Coyoacán), o terminábamos en plaza Garibaldi, que Livio bautizó como la Meca de la Vulgaridad. No dejábamos de tener ínfulas. Olea estaba seguro de que seríamos recordados como la generación de Punto de Partida, e ingenuamente lo creíamos.

Recuerdo un buen número de divertidas anécdotas de aquel primer taller; citaré al menos tres. Ya hablé de la vena pícara de Juan. En las sesiones, cuando inclinaba un poco el rostro hacia la derecha y le brillaban los ojos, era porque iba a chancear de algo o a alguien. Por ejemplo, si llegaban muchachas y leían poemas de amor menos o más etéreo, Juan esbozaba una ligera sonrisa y decía: “Creo que a usted le faltan lecturas, y para que sus poemas tengan una verdadera intensidad, se lo digo con la mejor de las intenciones, necesita coger.” Algunas se ruborizaban y no sabían qué contestar, otras no regresaban, pero había algunas que aprovechaban sus didácticos consejos y quedaban muy agradecidas.

Una vez llegó una chilena delgada de una hermosura exacta. No tendría más de veintidós años. Ante nuestra bienaventurada hambre y sed de justicia no evangélica, oíamos embobados sus poemas eróticos imaginando que podíamos ser el protagonista que los inspiró. Los poemas eran menos que regulares, lo que nos importaba un bledo, y luego de su lectura todos la elogiamos esperando que subiera para alguno el pulgar derecho. Pero la joven chilena tal vez advirtió en nuestros rostros el nerviosismo y en nuestras manos el temblor causado por su belleza física, y parafraseando a Charles d'Orléans, nos hizo morir de sed muy cerca de la fuente.

La tercera fue el arribo de un tipo, diríamos insignificante, pero con unas pretensiones poéticas e intelectuales que lo acababan haciendo parecer más ridículo. Era bajo, flaquito, ampuloso, de voz meliflua. Para que no nos anduviéramos con cuentos, nos señaló que su poesía quería seguir la de Octavio Paz y se basaba en los juegos de contrarios. El poema, si mal no recuerdo, comenzaba así: “Preocupación fatal,/ hedonismo y frustración,/ gigoló apendejado.” Al final de su lectura, el joven poeta esperaba los elogios más encendidos, pero Olea, que no tenía en sus críticas ningún miramiento, le dijo que era un insulto que dijera que en su poesía tenía influencia de Octavio Paz; Santos arremetió diciéndole que sólo veía sus “juegos de contrarios” como baratos y facilones, y Juan se sacó el recurso que le evitaba problemas: “¿No traes otros?” El joven poeta se defendió: nos argüía lo profundo que era su poema y volvía a leerlo para demostrárnoslo. Yo, cuando oía de nuevo lo de “gigoló apendejado”, tenía que irme al salón de junto para que no me vieran y me oyeran reír, porque nuestro héroe, de gigoló, a la verdad, no tenía ninguna pinta, y de lo otro prefiero no hablar. Eduardo Santos se sabe aún el poema completo de memoria y lo cita con delicia como un extremo kitsch en poesía.

En los años en que estuve –entre 1969 y 1972–, llegaron al taller muy pocos que eran poetas, pero cientos que sólo eran prospectos, o como les decía Juan, “turistas” o “inspirados advenedizos”. La gran mayoría no regresaba por las críticas pulverizadoras de Olea, o porque no tenían vocación, o porque creían que éramos un grupo muy cerrado, o porque no les gustó.

Pero poco a poco los miembros del primer taller se acabaron yendo o asistían cada vez menos: Olea se fue a vivir a Brasil, Livio regresó a Honduras, Toledo se entregó cada vez más a la biología, Jiménez peleó con Juan y a Santos se lo comía el trabajo. Quienes se quedaron, como parte de una segunda hornada en el tiempo, fueron Orlando Guillén y Juan José Oliver. Mi amistad con Juan cada día se volvía más entrañable y dura hasta ahora.

En mayo de 1972 me otorgaron el Premio Diana Moreno Toscano a la promesa literaria. La entrega fue en la antigua librería de la unam situada en Insurgentes. Juan me acompañó. Me daba gusto ver el gusto que a él le daba que un miembro de su taller ganara otra vez el premio. Con su típica picardía, se me acercó y me dijo que había conversado sobre mí con un poeta centroamericano que asistió: “Me preguntó qué tal eras como poeta. Tuve que exagerarle mucho sobre tu valía para que en su mentecita te pusiera en su preciso lugar.”

A fines de 1971 y principios de 1972 también armamos el primer libro colectivo que se publicó en Punto de Partida. El departamento lo dirigía entonces la muy querible maestra Eugenia Revueltas. Nos dijo que para el libro sólo debían quedar cuatro poetas. Fue aquello una verdadera carnicería. Después de discusiones feroces que intentaba atemperar Juan –los excluidos se iban encolerizados– quedamos en el libro Livio Ramírez, Orlando Guillén, Juan José Oliver y yo. Estando una noche en casa de Livio Ramírez buscábamos arduamente el título. Yo, de pie, hojeaba por azar Cien años de soledad. Les leí una línea (cito de memoria): “Las noticias fueron contradictorias.” Juan, que tenía mucha intuición para los títulos, dijo: “Todos ustedes vivieron el ' 68. Eso pasaba entonces. ¿No les suena como título Noticias contradictorias.” Juan escribió el prólogo y el libro, después de muchas vicisitudes, principalmente de dinero, se publicó hasta noviembre. Yo viajaba por Europa y lo vi casi un mes y medio después.

Por Juan conocí también a los miembros de la Espiga Amotinada, pero con quien tuve entonces una muy buena relación amistosa en esos primeros años de escritura fue con Óscar Oliva. Desde su designación como director de literatura del INBA, Óscar se preocupó por desacralizar la sala Manuel M. Ponce y programó a los jóvenes. La primera vez lo hizo en 1973 conmigo y mis amigos Luis Chumacero, Bernardo Ruiz y Óscar Mata. En junio de ese año, Oliva dijo que había dos becas a partir de octubre para ir a Chile y nos las ofreció a Juan Bañuelos y a mí; desde luego no fuimos, pese a que, al menos yo, me moría de ganas de ir; el 11 de septiembre los militares dieron el golpe de Estado y empezó la larga, larguísima noche chilena. Oliva organizó en octubre en el vestíbulo de Bellas Artes un homenaje póstumo a Neruda, quien había muerto el 23 de septiembre (entre varios en la mesa participó José Revueltas) y Óscar me invitó como representante de la joven poesía. El año siguiente, Óscar, para seguir conmigo una etapa de gran generosidad, hizo que el primer libro individual de jóvenes que publicara el INBA, fuera uno mío (Muertos y disfraces), que era, corregido y aumentado, el que se hallaba en el colectivo de Noticias contradictorias, y en 1975 me dio la beca anual de narrativa, que abandoné a los dos meses por un viaje largo que hice a Europa.

Si a alguien le debo con creces en mis tres o cuatro primeros años de formación poética es a Juan Bañuelos, al menos, por cuatro razones: me proporcionó un lugar en un grupo de poetas cuando yo no conocía nadie; me dio la confianza necesaria en un momento clave para seguir escribiendo; me evitó caer en una poesía de juegos verbales inanes y de ornamentación vacía, y políticamente –desde luego ni él ni yo somos politólogos–, eran mayores las coincidencias que los desacuerdos. Aún más: en el taller que dirigió aprendí mucho a analizar los poemas: en su conjunto y verso por verso; eso fue una de las bases para mi labor de crítico.

Yo me fui, los dejé, en 1972, pero Juan, por cosa de quince años más, siguió formando poetas en talleres de poesía de Ciudad Universitaria, Guadalajara, Tuxtla y San Cristóbal de las Casas. Para mí Juan es el mejor maestro de taller de poesía que ha habido en México, ahora que los talleres, tengo la impresión, han dejado de cumplir su función. Y yo tuve la suerte de estar con él en su mejor momento.