Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de octubre de 2009 Num: 761

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Edith Wharton,
afortunada y sola

LAURA FALCOFF

Asesinato impune
Joan O'Neill

Una zanahoria
para el desayuno

ROSALEEN LINEHAN

Las veleidades del consenso: Ibargüengoitia, Garibay y Spota
RAÚL OLVERA MIJARES

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Uno de miles (I DE II)

Los miles de sinsentidos de carácter burocrático y administrativo a los que, como ciudadanos de a pie, solemos enfrentarnos la abrumadora mayoría de los habitantes de este pobre país –vejado sin cesar y sin pudor, precisamente por quienes tienen a su cargo la tarea siempre incumplida y postergada de hacerlo funcionar, así sea en niveles tan básicos como los de la estricta supervivencia–; esos innúmeros absurdos a los que la mayor parte de los habitantes nos hallamos sometidos un día sí y otro también, han prohijado, entre quienes alguna vez tuvieron en sus manos un ejemplar de El castillo o uno de El proceso, la convicción certera de que éste, nuestro México, es un lugar kafkiano, donde tal adjetivo tiene, entre muchos otros, significados como los que siguen: multiplicación infinita, temporal y material, del trámite y el requisito para que ésta o aquella diligencias tengan verificativo; incertidumbre respecto de que determinado asunto de ésos que deben ostentar la venia de las “autoridades” llegue a buen puerto, no obstante el cumplimiento cabal y siempre tortuoso de sus inacabables fases; la impotencia y la indefensión absolutas del ciudadano común frente a una maquinaria legal-administrativa más inflexible que una momia, más ciega que un topo, más indolente que un dictador y más inclinada al cohecho que un policía con resaca un fin de semana.

Cuando a dicha cotidianidad, de tan lamentable talante, se añade el hecho de que en ese enfrentamiento entre el Goliat estatal y el David ciudadano va de por medio la libertad de este último –se habla de la libertad física, desde luego, pero cualquiera sabe que la ausencia de ésta conlleva la cancelación de la libertad espiritual–, entonces el enojoso pero de todos modos simple absurdo puede convertirse –y suele hacerlo– en semilla de la más pura y dura de las injusticias, en terreno fértil para la vejación del individuo, si por ventura éste no cuenta con dinero para repartirlo en manos habituadas a no moverse sin esa clase de lubricante, con la palanca del o los conocidos “influyentes”, o con la muy escasa suerte de hallar a alguien solidario, comprometido y resuelto a ponerse a trabajar en favor de la reparación integral de un daño que no por ajeno es menos inaceptable.

Debido a que lo vivió en carne propia, todo lo anterior es bien sabido por José Antonio Zúñiga, vendedor ambulante, hiphopero amateur nacido y crecido en Ciudad de México, que cometió el imperdonable delito de haberse cruzado en el camino de un grupo de policías judiciales, a la sazón necesitados de un buen “culpable” a quien achacar el asesinato a bala de otro sujeto, que vieron en José Antonio una víctima propiciatoria, que lo levantaron al son de “órale puto, ya te cargó la chingada”, que sin siquiera explicarle de qué se le acusaba y por supuesto sin nada parecido a una orden de aprehensión, lo condujeron a los separos de la corporación policíaca, que en principio –y, cabe decir en su “lógica”, por principio– lo incomunicaron, que le fabricaron un expediente a modo y que, luego del deber cumplido, se olvidaron de él, seguros de que tal olvido sería para siempre.

Los días pasan, pasan, pasan y, mientras tanto, José Antonio ingresa a la segunda parte del ¿viacrucis? ¿calvario? ¿infierno? procesal, consistente en su confinamiento precautorio en el Reclusorio Oriente de Ciudad de México, en el juicio correspondiente –si es que algo en todo esto puede ostentar ese nombre--, así como en la fatídica enunciación del veredicto: José Antonio es condenado a purgar una condena de veinte años de prisión, al haber sido hallado culpable de homicidio calificado. La prueba de Harrison resultó negativa, hay testigos de que el día y a la hora del crimen él estaba trabajando en su puesto callejero, a cientos de metros de donde sucedieron los hechos, pero nada importa: la judicial ya dijo, el ministerio público ya dijo, el juez ya dijo. Total, parecieran pensar, es un asesinato más de los incontables que suceden, un proceso más, un recluso más, uno de miles.

Por fortuna para José Antonio y para muchos otros que han corrido y están corriendo una suerte similar, no todo mundo piensa de la misma manera. Por ejemplo, los abogados e investigadores Layda Negrete y Roberto Hernández, quienes, mientras cursaban un posgrado en Estados Unidos, un día recibieron la llamada telefónica de aquél y se involucraron activamente en su caso. Entre otros resultados, ese primer contacto dio pie al extraordinario documental Presunto culpable, que hoy se exhibe como parte de la programación del séptimo Festival Internacional de Cine de Morelia.

(Continuará)