Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de diciembre de 2009 Num: 770

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Al pie de la letra
ERNESTO DE LA PEÑA

Anochecer
ATHOS DIMOULÁS

Vivir más allá de los libros
JUAN DOMINGO ARGÜELLES entrevista con ALÍ CHUMACERO

La ciudad letrada y la esquizofrenia intelectual
ANDREAS KURZ

Augusto Roa Bastos y el cuento
ORLANDO ORTIZ

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

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LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

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Juan Domingo Argüelles

La madurez poética de Marco Antonio Campos

En sus sesenta años de edad, y en el mejor momento (el más intenso y el más maduro) de su obra poética, Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) ha merecido, en España, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, merced a su libro Dime dónde, en qué país, aún inédito. Un año antes, también en España, recibió otro premio, en honor de Antonio Machado, y en 2005 el Casa de América de Poesía Americana, por su espléndido libro Viernes en Jerusalén (Visor, Madrid, 2005).

Si leemos las más de cuatrocientas páginas de El forastero en la tierra (México, 2007), la poesía reunida de Marco Antonio Campos, que agrupa su obra de 1970 a 2004, veremos que a lo largo de más de tres décadas, el poeta ha venido escribiendo un solo libro de su paso por el mundo, y digo de su paso por el mundo porque Marco Antonio nunca se ha estado quieto: ha caminado morosamente las calles de México y diversas ciudades y pueblos de América, Europa y Asia, y de cada lugar en donde ha estado nos ha traído poemas que se van integrando a este hermoso libro del forastero: su testimonio y su testamento.

Desde Muertos y disfraces, publicado en 1974, hasta Viernes en Jerusalén (2005), pasando por Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1989) y Los adioses del forastero (1996), Marco Antonio Campos ha venido añadiendo capítulos a este gran libro-río que reivindica la poesía a la par emotiva e inteligente, en una elección vital, y vitalista, que no se anda por las ramas de la pirueta ni del jueguito verbal muy a la moda desde hace un siglo, es decir, muy a la moda de una moda pasada de moda que no produce poesía, sino moda demodé.

Las palabras proféticas de Ernesto Mejía Sánchez en una de sus estelas (poemas en prosa) que dedicó a Marco Antonio siguen vigentes. Dijo don Ernesto: “Nos felicitamos por este muchacho que desde que comenzó tenía los dientes completos y las bibliotecas bien leídas”, para luego añadir: “Este muchacho quiere sufrir y lo conseguirá. No hay remedio contra estas cosas; es la inminencia de la catástrofe.”

Cuánta razón tenía don Ernesto Mejía Sánchez, pues desde el primer poema de su primer libro, Marco Antonio Campos nos dejó deslumbrados con su madurez. No cualquier poeta escribe, a los veintidós años esta “Declaración de inicio”: “Las páginas no sirven./ La poesía no cambia/ sino la forma de una página, la emoción,/ una meditación ya tan gastada./ Pero, en concreto, señores, nada cambia./ En concreto, cristianos,/ no cambia una cruz a nuevos montes,/ no arranca, alemanes,/ la vergüenza de un tiempo y de su crisis,/ no le quita, marxistas,/ el pan de la boca al millonario./ La poesía no hace nada./ Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.”

Dos décadas después, en Los adioses del forastero, el poeta culto, como también lo definió Mejía Sánchez, nos entrega una continuación o, si se quiere, el envés de aquel poema de juventud, en este texto maduro, su arte poética al rebasar los cuarenta años de edad: “Se escribe contra toda inocencia/ del clavel o el lirio, contra el aire/ inane del jardín, contra palabras/ que hacen juegos vacíos, contra una estética/ de vals vienés o parnasianas nubes./ Se escribe abriéndose las venas/ hasta que el grito calla, con llanto ácido/ que nace de pronto pues imposible/ nos era contenerlo, con luz dura/ como rabia azul, quemado el rostro,/ destrozada el alma, desde una rama/ frágil al borde del precipicio,/ se escribe.”

Marco Antonio ha venido escribiendo los poemas del forastero; este forastero que es, a la vez, el hijo de Ciudad de México, fiel al llamado de su tierra: el que parte y vuelve, se va y regresa, sólo para volverse a ir a ver, y a palpar, el ancho mundo ajeno.

Siempre tengo al alcance de los ojos su Cuaderno de aforismos, Árboles, y lo releo con la certeza de que en todo momento encierra, para mí, alguna gran verdad o un mínimo consuelo, y a veces ambas cosas. Releo, por ejemplo: “La amistad tiene serios inconvenientes y no pocas incomodidades, pero es lo más honorable en las relaciones humanas.”

Marco Antonio Campos se ha vuelto sentencioso porque se ha hecho sabio, y una de las cosas más importantes de la sabiduría es que nos protege del resentimiento, esa emoción innoble que nos impide alegrarnos por la felicidad de los otros. En un medio literario lleno de rencores como pústulas y pródigo en envidias, Marco Antonio Campos honra la amistad y la poesía.