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HAÍTI, tres meses después
La desesperanza invade refugios

Las lluvias, una más de las calamidades que afectan a los haitianos

Despertamos agotados, no podemos más

Blanche Petrich
Enviada
Periódico La Jornada
Lunes 12 de abril de 2010, p. 2

Puerto Príncipe, Haití, 11 de abril. Algunos albergues para los damnificados del terremoto del 12 de enero –un millón y medio de almas sin un techo donde guarecerse, solamente en esta capital– son los mediáticos: tienen telas plásticas para protegerse de la lluvia, cuentan con reflectores para iluminar durante algunas horas las áreas comunes, tienen letrinas –eso sí, saturadas y a punto de desbordarse—, duchas insalubres y agua potable en tomas comunitarias. Otros campamentos, la mayoría, ni eso.

Es el caso del albergue Carrefour-Lisson, barrio de Ti tet (Pequeña cabeza). Ahí, al pie de las ruinas de lo que eran sus humildes casas, 688 familias se organizaron para sobrevivir los primeros días, las primeras semanas después del terremoto. Pero las semanas sumaron ya dos meses y la precariedad inicial ha hecho crisis. Las sábanas que les hacían sombra y techo no dan para más. Son apenas jirones de tela. Ya no es la insalubridad, la promiscuidad, los malos olores y la miseria habitual.

Ahora es peor. Todas las noches nos llueve sobre la cabeza. El lodo escurre debajo de nuestros colchones. El amanecer tarda siglos en llegar. Despertamos agotados. No podemos más, dice Dorvil Guedi, un hombre joven que recorre todos los sitios donde hay organizaciones de asistencia buscando donde reubicar a su gente. Le urge, porque Molena Mont, su esposa, está por parir. Y no quiero que dé a luz en ese lodazal.

Oficialmente están registrados mil 371 campamentos. Al menos 20 de estos campos de la fortuna, como les llaman aquí, han sido calificados por las agencias y organizaciones internacionales como de alto riesgo en la temporada de lluvias que, prematura, ya se instaló.

Eso, sin hablar de los huracanes, que no tardan en llegar. Más de 50 de estas concentraciones humanas en precariedad albergan a más de 500 familias, pero algunos llegan a tener 8 mil, como el campo del Club de Golf Petionville; otros, según el último censo, hasta 2 mil 302 familias en el Campo Marte, el conjunto de plazas públicas ubicadas en el corazón de la ciudad, frente a las ruinas del Palacio Nacional.

Desde la privilegiada ladera del Club de Golf de Petionville se tiene una vista espectacular sobre toda la ciudad, la bahía y el puerto, y más allá el horizonte marino. Pero subiendo y bajando por las veredas de lodo maloliente, apenas contenidas por sacos de arena, es muy difícil imaginar que hasta hace poco todo esto estuviera cubierto de pastos bien cuidados y que aquí, punto de reunión de la crema y nata de la oligarquía local y el elitista grupo de empresarios extranjeros, se practicara el deporte de los hoyos.

Ruegan a las nubes una tregua

Cuando amanece, después de una larga noche de aguaceros intensos, la gente saca a los niños pequeños de los colchones empapados, los saca al sol a que dancen y jueguen en el lodo. Las mujeres rescatan los enseres de cocina, los enjuagan, exprimen la ropa mojada y la tienden al sol, rogando a las nubes una tregua para que se seque, antes del próximo chaparrón, que por lo regular se deja sentir por las tardes, estos días de mediados de abril.

En la clínica bien surtida del campo revisan a la bebé Seyma Pierre Pierre, que empezó hace tres días con una diarrea que no le para. Su mamá, Natalie Ambois, empieza a preocuparse. Ella era de las que se resistían al traslado voluntario-forzoso de estos damnificados, procedentes en su mayoría del distrito de Delmás, uno de los más destruidos. Pero ahora le explican que las pruebas de laboratorio de los lodos de esta ladera dieron positivo en materia fecal, y se preocupa. Varios niños han muerto por complicaciones que empezaron como una simple diarrea. Está reconsiderando: ¿Vamos a estar mejor si nos vamos a Coraille, como dicen? ¿Quién sabe?

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Cuando amanece, después de una larga noche de aguaceros intensos, la gente saca a los niños pequeños de los colchones empapados, para que jueguen en el lodo, bajo el solFoto Alfredo Domínguez

Coraille suena como un destino muy distante. Un lugar como el fin del mundo, lo llama Vojard Irving, joven músico que vive en una tienda de campaña con su hijo, su madre y sus hermanos, ocho en total en un pequeño espacio sofocante, pero presidido por su guitarra, resguardada en el mejor lugar del refugio.

Coraille-Ceslesse es, en efecto, el fin del mundo. Pocos capitalinos saben dónde queda. Porque no se trata de un pueblo ni de un fraccionamiento: apenas unos terrenos yermos a orillas de la ciudad, a corta distancia, por una desviación de la carretera norte, al pie de unos cerros deforestados, cubiertos de estrías provocadas por viejas erosiones de tierra.

En medios oficiales se presenta a éste como el campamento estrella, el prototipo de la estrategia de albergues intermedios y temporales que definió el gobierno del presidente René Préval; asentamientos que saquen a la gente en mayor situación de riesgo de las laderas y barrancas que pueden derrumbarse o inundarse.

Esta mañana un jeep con altavoz y dos asesores de las organizaciones no gubernamentales recorren el campo de golf, convocando a miniasambleas informativas para que las personas ventilen sus dudas sobre el área a donde van a ser reubicados en un proceso que llevará al menos 10 días. Preguntan si habrá escuelas para los niños. No hay ninguna. Si tendrán oportunidad de trabajo asalariado. Tampoco. Si van a estar mejor que aquí. Que sí, sin duda. Ayer mismo el propio presidente Préval vino de visita, y le hicieron las mismas preguntas. Hoy llegó la mismísima Shakira, la adorada cantante colombiana. Con una cauda de camionetas, guardias y medios, sin maquillaje, de jeans y camiseta gris, se le ve más joven y chaparrita que su imagen de celebridad.

En una mañana nublada, los llanos de Coraille no se ven tan mal. En pocos días el trabajo conjunto de muchos actos lo ha dejado listo para ser poblado. Los ingenieros de la marina estadunidense aportaron la técnica para hacer el campo a prueba de inundaciones, con un drenaje especial y cubierto de grava. Hay reflectores accionados con plantas de luz, áreas de duchas y baños. Calles y centenares –habrá ocho mil al final del proceso de reubicación– de tiendas de campaña blancas, tubulares, con división para dos espacios.

El coronel estadunidense Erick Rose nos presenta el proyecto como una hazaña para salvar vidas del eventual golpe de un huracán, pero no como una solución definitiva al problema de los damnificados. Un boy scout que acompaña los trabajos de reubicación no está tan seguro del optimismo del oficial estadunidense. “Lo que yo no veo acá –dice– es una sola sombra. Hoy hay nubes, pero cuando pegue el sol ¿qué va a pasar?” En efecto, hasta donde alcanza la vista, en todas las direcciones, no hay una brizna de hierba, mucho menos un árbol protector.

Ya instalado en su tienda blanca, aún olorosa a hule nuevo, Alan Rafael nos invita a pasar. Tiene 13 años. Su madre es maestra. En un rincón tiene sus libros y sus gafas, bien resguardados por plásticos. Ellos llegaron ayer. Y pasaron muy mala noche.

Pues mi nueva casa no está tan bien, confiesa Rafael, con la sinceridad de su edad. Mejor que antes, tal vez. Pero estas tiendas no son impermeables. Anoche aquí también nos mojamos, ¿verdad, mamá?