Opinión
Ver día anteriorMiércoles 2 de junio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Jazz

El Jazz Mariachi

L

o hemos platicado varias veces: la música no evoluciona, si por esto se entiende la transformación de lo simple a lo complejo, o el mejoramiento paulatino de los organismos, los conceptos y las cosas. Así, sería absurdo pensar que la música de Luciano Berio es más evolucionada que la de Ricardo Wagner, o que la obra wagneriana evolucionó más que la de Ludovico van Beethoven. Sólo son músicas diferentes. La música no evoluciona, sólo se transforma.

¿Por qué todo este rollo? Porque hace unos días, escuchando el nuevo disco de Tino Contreras, Jazz Mariachi (P&P, 2010), uno de mis más radicales amigos espetaba que eso era lo mismo de siempre, que no importaba el mariachi, que Tino no evolucionaba. Suspiré, di un sorbo a la copa de Santa Rita, le tiré todo el rollo que esbozo líneas arriba y le dije que este disco me había gustado por muchas razones.

En primera, es sumamente gratificante –emocionante, aleccionador– ver a un músico de 86 años con tanta energía, con tanta pasión, con tanta firmeza de ánimo, con ese convencimiento renovado y vuelto a renovar alrededor de sus rutas y sus conceptos jazzísticos. Tino se crió, se creó y creció en medio de la tradición del swing, del blues y del hot jazz, ésa es su columna vertebral, y con eso tiene; ni pretende ni necesita saber de otras alternativas.

Pero su firmeza no sólo está en el ánimo. Bien sabemos que un baterista, además de buen músico, necesita ser un excelente atleta. Y sabemos también que los años no pasan en balde, que por más mentalizado o motivado que uno esté, la maquinaria se consume y se desgasta natural e irrefrenablemente. ¿Cómo le hace entonces este maestro para tocar así la batería? Aunque nunca ha sido el prototipo del virtuosismo instrumental, escuchar hoy a Tino Contreras en la batería resulta emocionante y hasta conmovedor.

En Jazz Mariachi se incluye un sexteto de mariachis y un sexteto de jazzistas. Por un lado está el Mariachi Potros de México; por el otro, aparece Jaime Reyes en un piano de excelencia; Luis Salgado se encarga del bajo; Eduardo Flores, de los bongós; Mayra Sorcia le mete a las tumbadoras y Olson Joseph es invitado a la trompeta jazzística (ahora Olson se ha integrado de tiempo completo a la banda). Vicente Rodríguez es invitado especial para tocar el violín en Amores gitanos. Tino pulsa la batería y canta en Jardín español.

En este trigésimo sexto disco del baterista chihuahuense, el papel del mariachi se concreta a alimentar la dotación instrumental, a enriquecer los timbres de la banda. En ningún momento Contreras (compositor de todos los temas) pretende acercarse siquiera a las atmósferas del son abajeño o la canción bravía; prefiere que guitarrón, vihuela, violines y trompetas se zambullan en el fox y el blues sincopado o se integren a la fantasía de Betsabé, una suerte de suite arabesca que pareciera evocar las epopeyas de Errol Flynn, y que el maestro estrenó en su disco anterior, editado en 2004 y bautizado también como Betsabé.

De hecho, seis de las piezas incluidas en Jazz Mariachi aparecieron primero grabadas en Betsabé, con cuarteto o quinteto: Dona orleada, Naboró, 7/4 blues, Hombre profundo, Betsabé y Mónica (esta última, la guapa, hiperactiva y flamante esposa de Tino, quien labora además como su representante y agente de prensa).

Fortino Contreras llegó a la ciudad de México en 1953 –desde Ciudad Juárez–, contratado para tocar en la orquesta de Luis Arcaraz. Desde entonces ha sido un artista incansable y comprometido hasta el límite con sus quehaceres en la batería y la composición. Los adjetivos nunca alcanzan para dibujar su perfil: hábil, talentoso, polémico, dicharachero, manipulador, gentil, buen conversador, siempre sonriente, siempre activo, hipersensible e hiperproductivo. Y esto sólo para empezar.

Celebramos sin reservas esta nueva producción y agradecemos a él y a su infinita fuente de energía que continúe entre nosotros, proponiendo compases y regalándonos nuevas lecturas de su ser musical y de su circunstancia artística. Dicen que un clásico que no es releído no es un clásico. Releamos, pues, a Tino Contreras. Salud.