Opinión
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Ruta Sonora

El rocanrol de Monsiváis

E

l interés de nuestro entrañable e inmortal Carlos Monsiváis (1938-2010) por el rock no fue uno que arropara como parte de sus amadas causas perdidas, pues su fuerte musical estuvo en el repertorio que hizo las veces de soundtrack de los años 40 y 50 del siglo pasado (bolero, cha cha chá, mambo); de igual forma, durante los años 80 y 90, tuvo más empatía con personajes como Gloria Trevi, Juan Gabriel y Luis Miguel, como los iconos de masas que son. Sin embargo, como el gran ser omnisciente que era, y para fortuna del rock hecho en este país, no pudo escapar a participar en 1965, en la banda-performance-ironía, Los Tepetatles (determinante e involuntaria influencia); a haber sido cercano al génesis de Botellita de Jerez y Maldita Vecindad (y sin saberlo, de Café Tacvba); a haber opinado sobre Molotov, así como a dar fe de ciertos destellos alrededor de esta corriente musical, como inevitable fenómeno social que es, del México contemporáneo. Sus guiños hacia el rock son poco abundantes, pero álgidos y alegres. Aquí, algunas estampas de esos asomos.

El cine fue nuestro rock

Para mi generación, el cine fue el equivalente a lo que para otras generaciones ha sido el rock: el cine se convirtió en la posibilidad de integrar el espectáculo a nuestra vocación imaginativa y a nuestro gusto literario, dijo Monsiváis a la revista peruana Abre los ojos (2001). Con esta aseveración, es como si, mientras confirma por qué el rock no fue algo que lo marcara, a la vez definiera lo que ha significado esta música para quienes la hemos vivido plenamente desde finales de los años 50 hasta hoy: una experiencia que hemos integrado a nuestras vidas como parte de un imaginario colectivo; como una primera puerta a las letras y otras expresiones culturales.

El rocanrol, lo real

Tal reflexión ya había sido por él expuesta, de otro modo, en Amor perdido (1976, capítulo La naturaleza de la onda): “…todavía en la década de los 50, las películas eran las grandes influencias; ahora es la música. La afirmación de John Lennon es válida en cualquier parte: ‘Era la única cosa importante de todo lo que sucedía cuando yo tenía 15 años; el rocanrol era real, todo lo demás era irreal”. A lo largo de tal apartado, disecciona a la generación de La Onda (de la cual se sentía ajeno, aunque sin dejar de mirarla con el asombro atento del cronista) y su percepción del mundo mediante la música y las drogas: “La credulidad de los jipitecas (nombre asignado a los hippies mexicanos, como fusión del españolizado término jipis con aztecas) resiente y absorbe la propaganda de los hippies: la educación de los sentidos, el aventurerismo de los viajes en ácido, lo onírico como capricho de la voluntad. Culturalmente, predomina lo oído sobre lo leído”.

Y de Elvis Presley nadie habla jamás

Con la convicción cinematográfica de que el rocanrol llegó a México por la canción de inicio del filme Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955), Rock around the clock, de Bill Haley y sus Cometas, Monsiváis afirmó en el artículo ¡Queremos rock! (El Norte, 2000): “Así hizo su entrada el rocanrol, vehículo doble de la americanización y la internacionalización; de la imitación y la nueva originalidad. Al año siguiente se divulgan las grabaciones de Elvis Presley (…), que en un instante acercan sensaciones hasta entonces(…) desconocidas. Un público sin referencias previas a la inspiración obvia del rocanrol, el rhythm & blues de los barrios negros, se entusiasma porque el sonido lo sumerge en el acto, en otro ámbito. El rocanrol se transforma en rock con celeridad, y es para millones de jóvenes la gran puerta de acceso a lo contemporáneo…”

Monsi solía citar como favorita la letra que hizo en español Enrique Guzmán a High class baby (de Ian Samwell), rebautizada como Presumida en 1960 con los Teen Tops: Son elegantes sus fiestas y caray, qué banquetes, pero sin rock no puedo ni comer; todos hablando de hombres ilustres, y de Elvis Presley nadie habla jamás. Aunque en Amor perdido apuntó que ese rock “se volvió desexualizado, triste, sordo y profesionalmente casto”, con el tiempo afirmaría en entrevistas que le entusiasmaba que, independientemente de sus fallas, en ésta y otras españolizaciones del estilo, por primera vez se hubiera adaptado al internacional ritmo de marras, una lírica que empleaba el caló urbano, clasemediero, de la ciudad de México de esos años, que a su vez reflejaba la nueva confrontación entre generaciones: el viejo glamur acartonado contra la informalidad venidera.

Actos del fin de semana en: www.patipenaloza.blogspot.com/ [email protected]