Opinión
Ver día anteriorViernes 14 de enero de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La sangre llama la sangre
A

propósito del mal, es Arthur Rimbaud quien hace una magistral descripción en poema de dantescas escenas. Hoy reproducidos sin medida en distintos escenarios del país. Avasallados por el horror que paraliza y nos deja perplejos, pasa el mal vestido de sangre, ante nuestra mirada con horrenda y sorprendente cotidianidad que nos desborda y se torna inasible, incomprensible, inasimilable, como los sucesos del fin de semana pasado en Acapulco.

Dijo el poeta:

“Mientras los escupitajos rojos de la metralla.
silban todo el día en el infinito del cielo azul.
Mientras escarlatas o verdes junto al rey burlón.
se desploman en masa los batallones bajo el fuego.
Mientras una espantosa locura machaca
y hace de millares de hombres una pila humeante
¡pobres muertos!
en la primavera, en la hierba, en tu alegría
¡oh naturaleza!
tú que hiciste a esos hombres santamente.”

Ante la ensordecedora realidad pareciera que los mexicanos hemos olvidado preguntarnos sobre el mal y sus consecuencias sobre nuestra propia maldad y la del prójimo, y sin reflexión apostamos por la destrucción.

Nacemos en la corrupción, vivimos en la corrupción y de corruptelas aparentemente banales hemos caído en criminales baños de sangre. Lo mismo de metralleta que de daño en nuestro organismo por las drogas. Lo que parece ser la respuesta a una aparente corrupción inocente. Para ayudarnos y siguiendo al mismo Rimbaud nos estremecemos con este poema:

“Corazón mío ¿Qué nos importan las capas de sangre
y de braza y, los mil crímenes
y los interminables gritos
de rabia,
de llanto, de cualquier infierno que derriban
cualquier orden
gimiendo aun sobre las ruinas
buscando venganza?
¡Nada!”

El mal y la destrucción como dos caras de la misma moneda. El mal y la parte humana más negra que en estos días vemos padecer en diferentes escenarios y latitudes a lo largo y ancho de la República.

Así la voz de los poetas parece emerger con la fuerza descarnada de una verdad que ya no podemos ocultar y menos negar. La representación de un ser desarraigado, autodestructivo y que hace de ese complejo de autodestrucción su obra de arte. Fuerza centrípeta de destrucción y que lentamente rompe la cohesión social. Es el ser que vive al margen, en las fronteras, en el límite entre la racionalidad y la locura como inmerso en un mundo de visiones y sangre en el que se sumerge y a la vez encara y encarna sin hipocresía el fatalismo de la tragedia humana; la lucha entre la vida y la muerte, el bien y el mal, la luz y la sombra, sin maquillaje, en una rebelión contra todo y contra todos.

Horror de la parte negra que quizá pueda darnos luz en este difícil momento hacia el rescate de la parte luminosa de la naturaleza humana, para no tener que aseverar como Federico García Lorca que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Y es que las circunstancias que vivimos por demás complejas han sido un atentado para la viabilidad de la cohesión social: desigualdades sociales, desempleo, deficientes posibilidades de escolarización, grosera acumulación de la riqueza en unos cuantos, insuficientes servicios de salud, en última instancia corrupción, etcétera. Problemática que parece desbordar a grupos e instituciones generando fracturas y disolución de los grupos humanos, por la insuficiencia de las instituciones y del sistema. El resultado: la posibilidad cada vez más inminente que la cohesión social se nos vaya de las manos.