Opinión
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Tiempo de Blues

En el andén de una Vieja Estación

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Los integrantes de Vieja Estación, en QuerétaroFoto Agustín Aguilar Tagle

Primera llamada

¿C

ómo evitar los lugares comunes cuando se trata de despedidas? Pueden tener tintes trágicos, como en la partida de un ser querido; también huelen a fracaso. En el peor de los casos hay que evitarlas y sólo hacer mutis, como dijo El Manitas: A la chita como que bostezas, te pintas y ya, carnal. Hay quienes hacen de las despedidas agonía, como algunos boxeadores o toreros, que duran años de plaza en plaza después de cortarse la coleta.

Pero despedir a una banda de maravillosos locos, porque estarán de acuerdo en aplicársela al quinteto con tintes ferrocarrileros integrado con el seudónimo de Vieja Estación, cuyos miembros decidieron a edades tempranas dedicarse a la música en cuerpo y, alma, y para considerar que esa sería su forma de vida per se, es necesario tener vocación y un grado de locura. Somos muchos los que creemos que su oficio es uno de los más necesarios y hermosos en esta tierra nuestra.

Hay que agregar que estos pibes son argentinos, porteños y en el medio de la música de su natal Argentina hay buena calidad y competencia, no cualquiera la hace… y no sé qué extrañas consejas les dieron y cuántas fantasías colectivas vivieron para que un buen día hicieran maletas para venir con su música a México. Pudo no haberse entendido, pero el tiempo dijo: tuvieron razón.

Segunda llamada

Las casualidades no existen, alguien dijo por ahí. En la historia personal de cada persona hay momentos cruciales que detonan cambios, nuevos senderos, y en la historia de Vieja Estación hay dos momentos: cuando decide viajar a nuestro país y cuando decide marcharse de nuestro país, ambas igual de importantes y enriquecedoras.

En mayo de 2004 el grupo debutó en el bar que habría de ser como su segunda casa: El Ruta 61, de Lalo Serrano, foro dedicado al blues y sólo al blues (bueno, casi).

Tuvieron que pasar horas y días enteros escuchando blues y practicando una y otra vez hasta lograr el toque, la blue note que les permitió desde un principio acompañar a una larga lista de músicos de blues llegados de Estados Unidos, como Max Cabello, John Marquis, Granna Louise, Billy Branch, Peaches Staten, Carlos Johnson, Dietra Fahr, Sharon Lewis, Giles Corey, Vino Louden y Thoronzo Canon.

Ésta es una fórmula que permite a lugares pequeños como El Ruta 61 traer a músicos de fuera y aquí se arma una banda que los acompañe. Eduardo Serrano se la jugó en dedicar este foro al blues y subsistir seis años con este género al lado de la banda fundamental de este local: Las Señoritas de Aviñón.

Tercera llamada

La mancuerna Ruta 61 y Vieja Estación se dio en el momento preciso en que los integrantes del grupo de argentinos estaba a punto de regresar a su país y Eduardo Serrano abría el Ruta; hablaron, se entendieron y… se quedaron. Ahora bien, que Vieja Estación haya sido la banda base para acompañar a muchos blusistas es sólo una parte; cada uno les enseñó lo que sabía y no cabe duda de que fue la mejor escuela, pero lo más importante era su propio proyecto, plasmado en tres discos, el último grabado con músicos de Chicago.

El sábado 16 de abril tuvieron su –esta sí– última tocada en medio de los escasos álamos y una deteriorada Alameda rodeados del reconocimiento de la banda blusera. El jueves anterior lo habían hecho en el Ruta 61 rodeados de sus amigos, que al final parecíamos presuntos culpables en medio de los reflectores de colores en ese minúsculo escenario y un coro verdaderamente surrealista acompañando a Jaime (vocalista de ocasión).

Pocos grupos argentinos han logrado lo que Vieja Estación: compartir escenarios con numerosos artistas de primer nivel al tú por tú. En lo material, se van casi igual que como llegaron, pero se llevan esa escuela que les permitirá destacar en el ámbito artístico de su país. Llegaron jovencitos… se van hombres. Su rito de paso lo tuvieron aquí, cuando no había tocada, servían mesas e impartían clases particulares, los que les permitió sortear dignamente su estancia aquí.

Poco a poco se desvanecen en el horizonte esos extraños viajeros, astronautas de espacios sonoros, aunque creo que no es un adiós, sino un hasta luego. Eso sí, tienen una deuda: en su regreso a su Ítaca párense, bien plantados frente a su gente, y demuéstrenle, con las notas en el corazón que su paso por estas tierras y por estos auditorios valió la pena. No la deben, aún sin su vellocino de oro.