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Guido Zapata Fawkes

Pedro Miguel
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n corresponsal extranjero dio por hecho que se trataba de una caracterización de Pancho Villa, pero los elementos de la indumentaria apuntan más bien a Emiliano Zapata. Da igual: el hecho es que se ha recogido el símbolo de un revolucionario mexicano –de cualquiera de ellos o, mejor, de ambos– y se le ha agregado un emblema adicional: el rostro caricaturizado de Guy Fawkes, el fundamentalista católico que a principios del siglo XVII trató de volar el Palacio de Westminster y que hasta hace muy poco era, o sigue siendo, considerado un canalla, hasta el punto en que el 5 de noviembre, en la Gran Bretaña actual, se conmemora su fracaso con fuegos artificiales y postres tradicionales.

Vista con los ojos de la actualidad, la Conspiración de la Pólvora (1605) tiene un gran parecido con los atentados del 11 de septiembre de 2001, aunque la primera fracasó y los segundos lograron su objetivo. En ambos casos, un grupo de fanáticos religiosos quería demoler edificios que simbolizaban el poderío de un poder enemigo y opresor.

Los complotados ingleses pretendían hacer volar por los aires la sede del Parlamento para acabar con el gobierno protestante y restablecer la fidelidad a Roma en la corona británica. Para ello acumularon 36 barriles de pólvora en los sótanos del edificio, tarea que fue coordinada por Fawkes, que era, de entre los conjurados, quien tenía experiencia militar: la había adquirido peleando contra los protestantes bajo las órdenes de la corona española, y por eso se hacía llamar Guido, en español. La conspiración fue descubierta y la mayor parte de los participantes –Fawkes incluido– fueron ejecutados a la brevedad y sus cuerpos descuartizados y exhibidos al morbo de la plebe.

A principios de 1993 una célula integrista estrechamente relacionada con Al Qaeda (aunque se ha dicho que fueron manipulados por la FBI, cuyos directivos necesitaban un pretexto para impulsar la aprobación de una ley antiterrorista) hizo estallar un camión cargado con 680 kilos de explosivos que había sido colocado en el estacionamiento subterráneo de las Torres Gemelas, en Nueva York. El propósito era destruir los cimientos de la Torre Norte para hacerla caer sobre la Torre Sur. En esa ocasión no lo lograron, pero ocho años más tarde los dos magnos edificios se colapsaron tras el impacto en sus estructuras de sendos aviones comerciales repletos de pasajeros. Según la versión oficial, a Osama Bin Laden le llegó el turno de ser descuartizado el 2 de mayo de 2011, cuando estaba por cumplirse una década de los atentados.

En 1840 William Harrison Hortensia publicó la novela de folletón Guy Fawkes, la cual, como ocurre con otras obras de mala calidad literaria, se volvió un best seller.

Fue la historieta V for Vendetta (V de Venganza), publicada en Estados Unidos entre 1982 y 1989, escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, y que pronto se volvió de culto, la que operó la conversión del terrorista histórico en un disidente anónimo que lucha contra un gobierno fascista en una Inglaterra del futuro cercano. La adaptación al cine de 2005 culminó la metamorfosis hasta hacer de Fawkes un héroe entrañable.

Tres años más tarde, en el marco de la consolidación del ciberactivismo y del surgimiento de Anonymous, la máscara devino emblema de las rebeldías modernas. De la película y de las redes, el rostro caricaturizado pasó a los movimientos de indignados (España), de Occupy (Estados Unidos), a las revueltas árabes, al movimiento estudiantil chileno y a las marchas de #YoSoy132 en México. Están por llegar las imágenes de manifestantes moscovitas que reclaman la salida de Putin del poder, ataviados con esa máscara. El propio Julian Assange ha ocultado su rostro bajo ese emblema y muchos miles de Fawkes saldrán a protestar si Inglaterra llega a cometer contra él la suprema injusticia de extraditarlo a Suecia por delitos sexuales inventados.

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Por supuesto, la adopción del símbolo por las rebeldías internacionales contemporáneas no implica en forma alguna la reivindicación de los conspiradores católicos del siglo XVII, sino la del anónimo V, del cómic de Moore-Lloyd, combatiente de la libertad ante un régimen opresor y totalitario. Una enseñanza de la posmodernidad es que los emblemas de lucha no necesariamente provienen de la historia: pueden, por qué no, recuperarse de la historieta.

¿Y Zapata? Bueno, Zapata –cuyas generales no es necesario repetir, y quien, hasta nuevo aviso, no tiene nada que ver con Fawkes– también ha estado muy activo en estos años, y no sólo en México. Se le ha visto en encuentros altermundistas; se le busca como fuente de inspiración en las poblaciones rurales ofendidas, en los asentamientos abandonados, en las movilizaciones en defensa de la libertad, del salario y de la tierra. Zapata vive porque no hay nada más moderno que lo ancestral, porque no hay forma más eficaz de incidir en el mundo que la gesta local y porque nada es más poderoso que la impotencia de los desposeídos. La consigna que lo invoca empieza a una sola voz, como una especie de lamento espectral y lejano que crece, se multiplica en las gargantas de los presentes y estalla en un ritmo furibundo y festivo.

La hibridación de los dos símbolos, en las calles rebeldes y festivas del México contemporáneo, es parte de una corriente más bien mundial. Si los manifestantes árabes enmarcan los trazos de ese rostro sonriente con una kufiyya palestina –otro emblema entrañable–, por qué no podrían tocarlo, los mexicanos con un sombrero zapatista.

Hacemos un llamado a todos los oprimidos a unirnos en una misma a lucha por la libertad, por la justicia, por los sueños que compartimos y por el futuro que merecemos, se asienta en el manifiesto de #YoSoy132 (http://youtu.be/igxPudJF6nU, 29/05/2012) y ante ese aserto nadie puede llamarse a engaño: con sombrero de Zapata, con máscara de Fawkes o con pañuelo palestino, o sin ninguno de esos accesorios, #YoSoy132 es, por derecho propio, parte de esa gran rebelión ciudadana que recorre el mundo neoliberal y que clama por limpiar toda la indecencia acumulada en la vida pública.

A diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos y en España, el movimiento mexicano ha percibido con nitidez la necesidad de asumir a plenitud la dimensión política de los ciudadanos y de empezar a contrarrestar la despolitización atomizante y desintegradora inducida por el capital, sus medios y sus propagandistas. Así sea.