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Alas de maguey: la batalla de Eufrosina Cruz Mendoza
Elena Poniatowska
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Eufrosina rompió esquemas, abrió la ventana para que entrara aire en el viejo edificio de las costumbres y encabezó la revolución de los alcatraces, símbolo de las mujeres indígenas de Quiegolani, OaxacaFoto archivo Elena Poniatowska
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ufrosina Cruz Mendoza es una mujer singular. Su sentido del humor la hace llamarse a sí misma “indígena light”, pero es una indígena de peso completo, porque nadie ha hecho por Santa María Quiegolani, Oaxaca, lo que ella. Tampoco nadie ha logrado que las mujeres reclamen sus derechos como ella les ha enseñado.

La presentación de su libro Alas de maguey, en el Palacio del Arzobispado, acompañada por el fotógrafo que ilustra el libro, Antonio Turok, además de Sanjuana Martínez y Marta Gómez-Rodulfo, autora del libro, resultó iluminadora, porque la editorial Casa de las palabras y su directora Anabel Ballesta echaron la casa por la ventana y no escatimaron esfuerzos ensalzar este libro.

Casa de las palabras es una editorial mexicana recién nacida que dirigen Anabel Ballesta, Juan y Alejandro Aguilar. Su objetivo es difundir libros de autores iberoamericanos noveles. Ya han lanzado Sueños guajiros. Historia de la guerrilla mexicana de los años 60 y 70, y ahora ponen en circulación, en medio de grandes ramos de alcatraces, el libro de la guapa española Marta Gómez-Rodulfo, que descubrió que tenía mucho en común con la oaxaqueña.

Eufrosina, carirredonda y enérgica, logró llegar a diputada federal, pero antes aspiró a ser presidenta municipal de Quiegolani, a los 34 años. No se lo permitieron, pero en vez de sentarse a llorar se lanzó a protestar por montes y valles y reunió a muchas simpatizantes por su causa.

Desde niña, Eufrosina Cruz Mendoza se rebeló contra su entorno. No aceptó su destino de mujer indígena sumisa. Rechazó los usos y costumbres que nos hacen creer que la mujer vale menos que una piedra y están de acuerdo en que se entregue a niñas de ocho años al mejor postor para convertirlas en espositas y madres de familia numerosa.

En Santa María Quiegolani, las mujeres tienen que conquistar su libertad desde que son niñas. Su punto de partida es más duro que el de otras mujeres. Llegar a la cima, como lo ha logrado Eufrosina Cruz Mendoza, desde un lugar tan olvidado por la sociedad como Santa María Quiegolani, es una hazaña.

La española Marta Gómez-Rodulfo caminó junto a Eufrosina y retrató al México de hoy, en el que jóvenes indígenas intentan cambiar las tradiciones de su comunidad que les resultan obsoletas y aspiran a la igualdad sobre todo política.

Eufrosina pretendía salir de la Sierra de Yautepec, aprender español, estudiar, ayudar a otras mujeres consideradas inferiores, y lo logró al dejar su pueblo y vender elotes, pepinos y tortas en Salina Cruz. Sufragó sus gastos escolares hasta llegar a la universidad y terminar la carrera de contaduría, y se convirtió en instructora comunitaria de la Comisión Nacional de Fomento Educativo, y viajó por rancherías y villas para conocer las necesidades de la gente. Entonces se dio cuenta de que en Oaxaca hay niños que aún mueren de diarrea y familias enteras que tienen hambre.

En muchas zonas indígenas no hay centros de salud, ni escuelas ni maldita la cosa. Eufrosina fundó tres escuelas de nivel bachillerato en rancherías perdidas.

Y lo hizo con alegría, porque Eufrosina Cruz Mendoza es la personificación del optimismo. Sonríe a todas horas y su rostro expresa su optimismo. Sus dientes blancos relampaguean y hacen pensar en el maíz más tierno. Es bonita como una manzana. Su voz también es la de la alegría, tiene campanas adentro. Su voz lucha al lado de las mujeres que buscan que las traten como a los hombres y respeten su poder natural: sabe que las mujeres por su sola presencia apaciguan y le quitan dureza a las situaciones más peliagudas.

Aunque lograr la igualdad entre hombre y mujer en México es aún un sueño, algunas luchadoras sociales como Rosario Ibarra de Piedra han logrado humanizar nuestras instituciones.

Si la desigualdad entre hombre y mujer en la ciudad es enorme, en las zonas rurales es abismal. Y si se trata de comunidades indígenas, tantito peor. La vida de la mujer sigue siéndole adversa, porque los cacicazgos masculinos resultan invencibles y los caciques actúan por encima de la ley.

Oaxaca, la tierra de Eufrosina, trata mal a las mujeres. A pesar de que más de 52 por ciento de su población es femenina, los puestos de elección son para hombres. En las instituciones o las empresas casi no hay mujeres. No sabes, tú no sabes por tanto no puedes es una frase común en los oídos de las mujeres. Las estadísticas dan un panorama sombrío: 38 de cada 100 no saben leer ni escribir, y sólo 41 por ciento participa en la economía; seis de cada 10 son violentadas. En el ámbito político la situación es peor. Sólo hay 16 presidentas municipales en 570 municipios: un 3 por ciento del total, y de estas sólo seis fueron elegidas por el sistema de usos y costumbres, método indígena y ancestral de autogobierno.

Eufrosina quería ser alcaldesa de su tierra y acabar con la creencia de que el poder político es sólo para los hombres. ¡Dios nos libre! Los hombres le impidieron postularse. Jamás imaginaron que recibiría tantos sufragios. Atemorizados por la fuerza de esta zapoteca de rasgos dulces y voz firme, los hombres tiraron sus votos a la basura e impidieron su ascenso. Aquí las mujeres no existen, espetó el edil Saúl Cruz Vázquez al ordenar destruir las boletas.

Eufrosina denunció el fraude ante el Instituto Electoral de Oaxaca que nada hizo y acudió a la Dirección de Usos y Costumbres, pero la respuesta surrealista fue que en el catálogo del municipio no aparece la palabra mujer y, por tanto, destruir los votos resultó un acto legítimo.

Al ver que llevabas la delantera decidieron anular la asamblea a la mitad del proceso, cuenta Eufrosina a Marta Gómez-Rodulfo en Alas de maguey.

En lugar de guardar un silencio cómplice, como manda la tradición, la oaxaqueña denunció en cuanta asamblea a la que era invitada la corrupción de un sistema que margina a la mujer.

Eufrosina, La China, como le dicen, rompió esquemas, abrió la ventana para que entrara aire en el viejo edificio de las costumbres y encabezó la revolución de los alcatraces, símbolo de las mujeres indígenas de Quiegolani. No sólo luchó por el sufragio efectivo: demostró que el cambio es posible. Vamos a callarte con balas –la amenazaron los machos en el poder; las mujeres fueron hechas para atender a los hombres, para cocinar y cuidar a los hijos, no para gobernar.

Sus opositores la subestimaron. No sabían de su determinación desde niña para salir de la Sierra de Yautepec, aprender español, estudiar, y de su rabia por ser considerada inferior. Acudir a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y conseguir que le diera la razón fue su triunfo. Los funcionarios reconocieron la violación de sus derechos y la discriminación durante el proceso electoral y recomendaron la reforma de las leyes de Oaxaca, que finalmente el Congreso de ese estdo aprobó, para añadir el artículo 25 a su Constitución.

Desde entonces, Eufrosina lucha por los derechos de las mujeres indígenas. Es líder comunitaria, referente en la reyerta por la equidad de género. Diputada local, fue la primera indígena en presidir el Congreso de Oaxaca. Electa diputada federal continúa su batalla desde el Congreso de la Unión.

La hazaña de Eufrosina es una victoria que comparten otras mujeres. Su historia llama la atención y la convierte en símbolo de esperanza y fortaleza humana.

Eufrosina habla, expone, afirma, exhibe, cuestiona, denuncia, señala, cuenta y Marta Gómez-Rodulfo consigna y compone esta biografía íntima y pública de una mujer capaz de cambiar su destino para cambiar también el de muchas, el de Oaxaca y el de México.

Las fotos de Antonio Turok (extraordinario biógrafo de la pobreza del estado Chiapas) acompañan a este libro que es, en sí, un bello objeto, una ventana a la vida de una mujer que es un alcatraz vivito y coleando que sabe desafiar el destino de las indígenas confinadas a las órdenes de su amo y señor.

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