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La guerra de Hezbolá en Siria podría engullir a Líbano
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ayed Hassán Nasralá ha cruzado el Rubicón. El presidente de Hezbolá, quien hace exactamente 13 años dijo que su movimiento de resistencia no cruzaría la frontera israelí –pues correspondía a los palestinos liberar Jerusalén–, ha declarado que Hezbolá traspuso la frontera siria. No sólo eso: el fin de semana advirtió que combatiría hasta el final para proteger el régimen del presidente sirio Bashar Assad. Hezbolá, afirmó, ha entrado en una fase completamente nueva. No necesitaba decirlo.

Cuando escuché aquella promesa de Nasralá, hace tantos años, estaba yo en un tejado en la población de Bin Jbeil, en el sur de Líbano. Hezbolá no avanzaría hacia Palestina. Todos suspiramos con alivio. ¿Qué ocurrió? En esos días, Nasralá aparecía en persona, de pie, rodeado de la adoración sus combatientes y sus familias. Ahora vive oculto. ¿Tendrá lo que se conoce como visión de túnel? Asegura recibir cartas de familias que le suplican dejar que sus hijos combatan en Siria. ¿Será visión de féretro, entonces?

Por supuesto, era inevitable. Apenas el mes pasado descubrí hombres de Hezbolá combatiendo en la mezquita de Sayda Zeinab, en el sur de Damasco. No diga que me vio aquí, me dijo uno de ellos, un tipo amigable que tenía colgados retratos de Nasralá y del líder supremo iraní Jamenei en la pared de su oficina. Venía de ese mismo poblado de Bint Jbell.

Dos días más tarde Hezbolá admitió que sus hombres resguardaban la mezquita fronteriza. Luego reconoció haber sufrido 12 bajas. No sé si mi interlocutor del otro día estaría entre ellas.

Durante varios meses, Hezbolá había reconocido en silencio que sus combatientes protegían poblados chiítas dentro de Siria cuyos habitantes eran libaneses. Luego comenzó a repatriar cadáveres. Primero uno, luego seis, más tarde docenas.

Una vez que Hezbolá entró en la batalla por Qusayr, junto con tropas sirias, un vocero de esta eficiente y despiadada milicia afirmó que sus combatientes iban en camino a la mezquita de Damasco, pero que los habían guiado mal y se encontraron atrapados en el fuego en tierra de nadie. A ver quién le cree. Qusayr –al lado de la carretera a Latakia y la costa siria– dista sus buenos 160 kilómetros al norte de Damasco. Luego llegaron otros 30 cuerpos a Líbano, así que Nasralá sólo dijo lo que tenía que decir. Habló mucho de Palestina y de la mezquita de Al-Aqsa, pero sus hombres avanzaban al este, hacia el interior de Siria, no al sur hacia Palestina, y la historia lo juzgará por ese discurso.

Habló, desde luego, de que los extremistas que intentan derrocar a Assad son un peligro para Líbano, de que la Siria de Assad es la espina dorsal de Hezbolá y la resistencia no puede quedarse de brazos cruzados mientras le quiebran la espalda.

Lo que no dijo es que su milicia chiíta combate a sunitas sirios, cuyos correligionarios constituyen 30 por ciento de la población de Líbano. Por eso estalló una fiera batalla entre los sunitas y los chiítas alauitas de la ciudad norteña libanesa de Trípoli el día que Hezbolá entró en la batalla por Qusayr al lado de los hombres de Assad.

Dicho en términos simples, éste es el mayor peligro potencial para el pueblo de Líbano, ya no digamos para la soberanía de su Estado sectario, desde la guerra civil de 1975-90.

Si Siria cae en manos de Estados Unidos, Israel y los tafkiris (extremistas sunitas), la resistencia se verá sitiada; Israel entrará en Líbano e impondrá su voluntad. Eso dijo Nasralá en la enorme pantalla levantada en la ciudad de Mashgara la noche del sábado, en el 13 aniversario de la liberación del sur de Líbano de la ocupación israelí.

Lo que quiso decir es que si Assad cae, el apoyo político y el armamento de Hezbolá –que tiene por origen a Irán– llegarán a su fin. Y ya no habrá un Hezbolá que expulse a los israelíes cuando retornen.

Antes que estallemos en risa hueca, recordemos que la destrucción de la república islámica de Irán –Estado teológico creado por el ayatola Jomeini en 1979– es hoy por hoy el centro de la política de Washington y Tel Aviv hacia el país un día llamado Persia. La guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá fue un intento de destruir al aliado chiíta de Irán en Líbano. La batalla contra Assad –apoyada por Estados Unidos, la Unión Europea y todas esas maravillosas democracias amantes de la libertad en el Golfo– es un intento de acabar con el único aliado árabe de Irán. Una batalla rebelde por Siria, apoyada por Occidente, es en el fondo una guerra contra Irán. No es raro que Hezbolá haya revelado su participación.

Si, como Nasralá insiste, Hezbolá es en realidad un movimiento de resistencia, ¿por qué no apoya la resistencia contra Assad? Además, si Hezbolá es una criatura puramente libanesa, en lo cual insiste Nasralá, ¿qué derecho tiene de enviar cientos, incluso miles de hombres a lidiar las batallas de Assad?

Oficialmente, Líbano se ha disociado de Siria. Pero si combatientes de su comunidad musulmana más numerosa han ido a luchar por Assad, ¿cómo queda su reclamo de neutralidad política? Nasralá será el líder de Hezbolá, pero no el presidente de Líbano. Por eso el presidente Michel Sleiman advirtió, apenas un día antes del discurso de Nasralá, que Hezbolá no debe permitir que Líbano sea arrastrado a una guerra de sectas. “¿Cómo puede una nación ofrecer un ejemplo tan magnífico de resistencia y sacrificio –preguntó–, si a la vez promueve diferencias sectarias?” Buena pregunta.

En su mensaje, Nasralá prometió a sus partidarios una nueva victoria. Macbeth no lo hubiera expresado mejor. La sangre atraerá sangre, dicen.

(c) The Independent

Traducción: Jorge Anaya