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Maratón de la Ciudad de México
Todos se sintieron ganadores
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Como cada año, los tiempos personales fueron los retos de la mayoríaFoto Cristina Rodríguez
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Esta vez se reincorporaron los competidores del deporte adaptadoFoto Víctor Camacho
 
Periódico La Jornada
Lunes 26 de agosto de 2013, p. 4

John Stephen Akhwari fue el último que cruzó la meta en el maratón olímpico de México 1968. El corredor de Tanzania llegó deshecho, con un hombro dislocado, pero con el orgullo intacto, pese a que terminó con el dudoso mérito de ser el último en entrar al estadio Olímpico Universitario.

Al llegar a la línea final dijo que no había viajado 10 mil kilómetros desde su país para iniciar un maratón, sino para terminarlo. Cuatro décadas después, el espíritu de dignidad deportiva que hizo célebre al fondista africano rondó ayer la pista de CU durante el Maratón de la Ciudad de México.

De algún modo todos ganaron este domingo. Es una sensación que podía leerse en la satisfacción de todo aquel que cruzaba la meta, aun cuando hubiera entrado en los últimos lugares, con los pies a rastras y el rostro descompuesto por la fatiga y el dolor.

Apenas traspasaban el marco rosa de la línea final, alzaban los brazos y celebraban su victoria personal. Casi cinco horas después del disparo de los varones, grupos de rezagados entraban como podían, pero con la ilusión de dar la vuelta olímpica en el estadio de Ciudad Universitaria, donde el público ovacionaba a cada uno como si hubiera impuesto una marca.

En cierta forma sí lo hacían, explicó un corredor, quien una vez que terminó su competencia se dedicó a apoyar a los últimos en llegar. Hay marcas oficiales y otras que son las que cada uno de nosotros nos imponemos, esas son quizás las más importantes, dijo mientras alentaba a sus compañeros.

Nadie pierde. Al menos en el terreno simbólico, porque todo aquel que terminó la justa se llevó una camiseta y una medalla conmemorativa que mostraban con orgullo y presumían, porque para ellos valían tanto como los 450 mil pesos que se llevaron los peruanos Raúl Pacheco y Gladys Tejada, ganadores en sus respectivas categorías.

Incluso los niños que inauguraron la carrera en el estadio Olímpico con distancias de 50 metros celebraron la democratización del triunfo en esta competencia que para algunos es una prueba real y para otros un reto íntimo. Todos ganamos, decía un chico de cinco años, mientras otro lo corregía y precisaba que todos los infantes que habían corrido estaban empatados.

Uno de esos pequeños, Héctor Moreno, estaba orgulloso de correr en el estadio: una noche antes había seleccionado con esmero su ropa deportiva y despertó a su padre en la madrugada. Héctor, como también se llama el padre, es corredor y alguna vez soñó ganar el Maratón de la Ciudad de México, aunque ya no se hace ilusiones. Esta vez ni siquiera participó por una lesión. Desde la tribuna del estadio miraba con cierta tristeza a los pelotones que cruzaban la meta, como a él le hubiera gustado hacer. Por eso, para revertir la realidad, escribe un libro en el que una mañana de agosto conquista el maratón. Si la realidad se lo impide, la ficción le permitirá saber qué se siente ser el primero.

Todos ganan esta mañana de domingo. Incluso los que no corren pero que desde las tribunas celebran. Lo mismo los hijos de una ama de casa de 53 años, debutante en este maratón, que llevaron matracas y cartones para alentar el esfuerzo materno, que la familia del arquitecto colombiano Mario Luna, que lo han seguido para apoyarlo en las competencias de Nueva York, Mazatlán y Guadalajara.

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El fondista rarámuri Arnulfo Quimare, tricampeón del ultramaratón Barrancas del Cobre, dijo que no se sintió cómodo con los tenis ni con la dureza del pavimento, prefiero correr en la montañaFoto Juan Manuel Vázquez
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El oaxaqueño Gilberto Alavez, medallista paralímpico en Sydney 2000, dijo que los maratones son una prueba al carácter y la fortaleza del espírituFoto Juan Manuel Vázquez

Afuera del estadio desembocaban los corredores para reponerse y celebrar el fin de la ruta. Recargados en unos autos, el equipo rarámuri no festejaba, pero tampoco lamentaba que había terminado muy atrás de los ganadores.

No le entiendo mucho, dijo Miguel Lara, campeón de ultramaratones en los que corre 100 kilómetros en ocho horas y media, pero que ayer hizo tres horas con 14 minutos, dos más que Horacio Estrada, el miembro del equipo que mejor tiempo hizo. Apenas está uno calentando para la carrera y en eso ya se acabó, comentó Lara, como si tratara de entender un tipo de competencia que no les acomoda a los resistentes corredores tarahumaras, acostumbrados a retos que pueden durar días y noches.

A mí no me gustó que el piso se siente muy duro y no me acostumbro, prefiero correr en la montaña, comentó con cierto desapego Arnulfo Quimare. Ya me quiero quitar estos tenis, me gusta más correr en huaraches, soltó un poco harto.

Mientras los que terminaron su competencia se rencontraban con sus familias y buscaban cómo salir de Ciudad Universitaria, un corredor amputado pedía aventón sobre avenida Insurgentes para que lo acercaran al Metro más cercano. Sonreía a todos los automovilistas y descansaba en su pierna derecha para aliviar el dolor que sentía en el muñón del muslo izquierdo tras horas de castigo. El corredor era Gilberto Alavez, medallista paralímpico en Sydney 2000, que ayer estuvo a punto de abandonar la competencia en el kilómetro 32, cuando sintió que la prótesis se desacomodaba y le empezó a lastimar. En ese instante de dolor dudó sobre si sería capaz de terminar la carrera.

Me estaba costando mucho trabajo, porque mi marcha no es balanceada y el desequilibrio me movió la prótesis, por eso me lastimó, dijo sin dejar de exhibir el orgullo del corredor que cumple su meta, a pesar de la llaga que sufrió en el muñón.

Antes de salir de la línea de salida, Alavez escuchó por los altavoces la frase del último maratonista que cruzó la meta en México 68 y la dignidad contenidas en esas palabras memorables lo inspiraron. Pensó, como hace cuatro décadas hizo el representante de Tanzania, que no había viajado los 466 kilómetros que separan Oaxaca de la ciudad de México para abandonar una carrera. Terminó como pudo. Porque un maratón es para probar el carácter y la fortaleza del espíritu, explicó mientras empuñaba con fuerza su camiseta conmemorativa y la medalla por terminar la carrera. Dijo eso antes de perderse entre los autos, buscando quién lo acercara al Metro más cercano para después recorrer los cientos de kilómetros que lo llevarán de vuelta a casa.