Política
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La misión frente a la institución, según Francisco
Bernardo Barranco V.
E

l arzobispo de San Pablo, Odilio Sherer, era el candidato papal de la vieja guardia. Sodano y sus llamados cuervos habían querido colocarlo como un delfín camuflado del tercer mundo frente a la candidatura de la continuidad ratzingeriana, encarnada en el cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán. Ninguna de estas dos apuestas prosperó debido al profundo nivel de descomposición de la curia. La Iglesia requería una nueva recomposición que hiciera frente a su aguda crisis, así lo percibió el colegio elector. Por ello, la Capilla Sixtina atestigua la manera súbita en que Mario Bergoglio se posiciona en aquel marzo turbulento que la Iglesia católica vivió luego de la inesperada e inédita renuncia de Benedicto XVI.

Para muchos europeos el problema no es sólo conocer a Mario Bergoglio, sino entender Argentina. Por ello la exhortación apostólica Evangelii gaudium, la alegría del evangelio, es un manifiesto y un programa de reformas para la Iglesia católica bajo la conducción del papa Francisco, que lleva prisa por reformar la Iglesia. En realidad, el Papa ha sintetizado lo que ha venido diciendo en sus homilías, discursos y entrevistas en estos ocho meses de pontificado.

Las primeras reacciones a la exhortación se han concentrado en las duras críticas al capitalismo contemporáneo. Hay críticas conservadoras, pero Francisco es congruente con la enseñanza de la Iglesia y con papas anteriores. Cambia la manera de cuestionar; Francisco es más contundente y enérgico, su estilo recuerda a León XIII (1810-1903) y desde luego se queda muy corto del modo punzante de Pío IX (1792-1878) en su Syllabus.

La Evangelii gaudium debe ser leída bajo la primacía de la cultura pastoral de la colegialidad y la descentralización frente al fracaso y excesiva acumulación de poder de la curia romana. Francisco es voluntarista en el optimismo de la fe sobre el pesimismo del actual catolicismo. En todo caso la exhortación de Francisco manifiesta una clara tensión entre la misión y la institución.

El razonamiento del Papa es directo, sincero y de lenguaje moderno. El título de la exhortación es igualmente importante de percibir. Hace referencia a la exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (1975) y a la constitución pastoral del Concilio Vaticano II: Gaudium et spes (1965). Ambos, textos de avanzada. También hay que reconocer la importante influencia a lo largo de todo la exhortación de Aparecida 2005, la última reunión de los obispos latinoamericanos realizada en Brasil. Igualmente, el papa Bergoglio retoma las críticas de Carlo María Martini, lúcido cardenal jesuita de Milán, fallecido en 2012, quien cuestionaba con sólidos fundamentos el daño excesivo de la burocratización clerical y la necesidad de una reforma para alcanzar estructuras más colegiadas. Francisco cuestiona una Iglesia acomodada, instalada y autorreferencial. Una Iglesia gris: gris de pragmatismo en el que todo aparentemente va a la normalidad. Bergoglio refuta una Iglesia salpicada de envidias, celos y guerras, preocupada excesivamente por sí misma, y un mundo donde triunfa una economía que mata a través de la exclusión y la inequidad. Una Iglesia prisionera del clericalismo, machismo y senilismo, que han cerrado los espacios a los laicos, las mujeres y a los jóvenes.

La exhortación de Francisco tiene como eje central de su argumentación la necesidad de la Iglesia, en todos sus niveles, de recuperar la actitud misionera y evangelizadora. El título del primer capítulo no puede ser más elocuente: La transformación misionera de la Iglesia. Francisco pretende evangelizar la Iglesia reprochando el abuso de la constatinización, es decir, la evangelización por encima de todo poder político y simbólico de la Iglesia. Para lograr esto, requiere una estructura volcada hacia su misión. Para ello, es necesaria la descentralización de la Iglesia e incluso del poder del papado. Otorgar mayor peso y capacidad de decisión a los episcopados locales, una especie de federalización en favor de las conferencias episcopales. Repensar el papel de los nuncios también. Francisco retoma las tesis del Concilio, adormecidas sobre la colegialidad y la policentralidad de la Iglesia. Su programa es ambicioso: la conversión del papado y el fortalecimiento de conferencias episcopales locales.

El Papa expresa su sueño de una Iglesia con las puertas abiertas y de manera contundente reafirma con vigor la opción preferencial por los pobres, al expresar: Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero, ¿a quiénes debería privilegiar?... Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio.

Francisco no se atreve ir más allá, ante los temas candentes contemporáneos: la mujer, los homosexuales y el celibato. Frente al aborto, reitera la posición habitual de la Iglesia, pero se reprocha: Pero hemos hecho muy poco para acompañar a las mujeres que están en situaciones muy difíciles, donde el aborto se presenta como una solución rápida de la profunda angustia. Probablemente no quiso abrir más frentes o su pensamiento no alcanza a rebasar las fronteras de las posturas tradicionales de la Iglesia en materia de la moral sexual.

La reforma del papado no es una fractura. La Iglesia siempre se ha movido a través de la historia con adaptaciones a las diversas circunstancias civilizatorias por las que ha transitado. La diferencia ahora son los tiempos, Francisco quiere ir rápido; probablemente sabe que si tarda, la edad y la maliciosa curia debilitarán su proyecto.

La derecha conservadora respiró con alivio ante la reiteración institucional de Francisco sobre el aborto. Pero no le perdona el reproche sobre la obsesión en el tema, cuando declaró en entrevista que no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar. No debe extrañar que las tesis de la exhortación enfaden al grupo de cardenales renacentistas, más cerca de los Medici que de San Pedro. El conservadurismo católico se siente incómodo con la Evangelii gaudium, en la forma en que el Papa condena los vicios inmorales del mercado económico mundial y su propuesta de revolución pastoral que lleva a modificar estructuras y estatus. Los privilegios de altos purpurados y actores encumbrados serán amenazados y seguro se espera una reacción. Es momento de que aparezca el progresismo católico.

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