Política
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Garganta villera
Raúl Zibechi
E

n la vida cotidiana de los sectores populares se están produciendo cambios, a menudo imperceptibles para los medios, que incuban ciclos de protestas que recién son visualizados cuando ganan las grandes alamedas, como sucedió en junio de 2013 con las manifestaciones que sacudieron a Brasil. Se trata de mudanzas que acontecen en el periodo de latencia de los movimientos, cuando la actividad transformadora se sumerge en la cotidianeidad.

Algo así está sucediendo en el mundo villero argentino. El 26 de julio se realizó el tercer congreso de la Corriente Villera Independiente. El día anterior centenares de villeros dieron una rueda de prensa en el Obelisco, donde estuvo instalada la Carpa Villera durante 55 días en demanda de urbanización. Leyeron de forma rotativa un comunicado invitando a participar en las 10 comisiones de trabajo que sesionaron al día siguiente en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular de Buenos Aires.

Las villas son barrios autoconstruidos por trabajadores e inmigrantes del norte argentino, bolivianos, paraguayos y peruanos, que protagonizaron importantes luchas en las décadas de 1960 y 1970 y resistieron la erradicación de la dictadura militar, que los trasladaba lejos del centro de la ciudad. Sólo en la capital hay 18 villas, con unos 200 mil habitantes, y en todo el conurbano se calculan en mil villas con 2 millones, 7 por ciento de la población de la ciudad.

Según el censo de 2010, la población de las villas creció 50 por ciento en la última década, el periodo de mayor expansión de la economía, lo que indica una dinámica propia diferente a la macroeconomía. En los últimos años el movimiento villero enfrentó los intentos del gobierno derechista de la ciudad de erradicarlos, y desde los sucesos del Parque Indoamericano en 2010 (cuando miles sin techo intentaron tomar la mayor zona verde de la ciudad) iniciaron la articulación que culminó con la creación de la Corriente Villera.

El movimiento villero tiene una potente identidad, galvanizada por el asesinato del sacerdote y militante social Carlos Mugica, fundador de la parroquia Cristo Obrero de la Villa 31 de Retiro y miembro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, acribillado por la Triple A en 1974. Para la derecha y las clases medias urbanas racistas, los villeros son negros que deben ser despachados por los aparatos represivos. Para los curas villeros, presentes en todas las villas de la ciudad, son sujetos de los cuales aprender, siguiendo el ejemplo de Mugica.

Aunque no jugaron un papel protagónico en el ciclo de protestas del movimiento piquetero (1997-2002), los villeros se han convertido en el principal actor urbano, desplegando iniciativas políticas, sociales, económicas y culturales de enorme trascendencia, a través de un sostenido crecimiento de la organización: comedores, clínicas de salud, espacios educativos, deportivos y culturales, y medios de comunicación que han conseguido romper el cerco de aislamiento que les imponen los de arriba.

La Corriente Villera está consiguiendo darle al movimiento una conciencia interbarrial al movilizarse y negociar sus demandas en conjunto, superando la fragmentación de cada villa. Reclaman la urbanización de los barrios, mientras han conseguido, como señala el comunicado del congreso, convenios con el agua potable y para mejorar el tendido eléctrico, ambulancias, obras en algunos barrios y mecanismos para regular la recolección de la basura, de la cual viven muchos de sus habitantes.

En segundo lugar, la Carpa Villera fue una plataforma que les permitió profundizar alianzas con otros movimientos, como los trabajadores del Hotel Bauen, recuperado y autogestionado, amenazado de desalojo, y por muchos otros colectivos de la ciudad. Por la carpa pasaron grupos piqueteros y de izquierda, actores y músicos, y se convirtió en un espacio de debates sobre las políticas para la ciudad.

Durante el tercer congreso, en un espacio abierto y gélido, cientos de villeros discutieron en grupos de trabajo. Destacaba, como siempre, la masiva presencia de mujeres con sus hijos y nietos, pero había también muchos jóvenes. En la ronda sobre comunicación estaban los integrantes de La Garganta Poderosa, una revista hecha en las villas que logró romper el cerco de los grandes medios.

El diálogo es increíble. Le pregunto por su nombre. “ La Garganta Poderosa”. Imposible sacarlo de ahí. “ La Garganta Poderosa es el nombre que tenemos todos cuando hablamos con los medios porque es la forma de evitar cualquier cooptación personalista o partidaria, porque lo que necesitamos es que crezca el colectivo”. Habla a una velocidad sideral. Empezaron hace tres años como desprendimiento de La Poderosa, una coordinación de 15 asambleas en otras tantas villas, que tienen iniciativas gastronómicas, textiles, de recolección de residuos y ahora de comunicación.

La Garganta Poderosa tiene periodicidad mensual, la hacen 45 personas, tiene 28 páginas y editan entre 12 y 22 mil ejemplares en papel couché brillante, a todo color. Lo que hace la villa no debe ser de mala calidad, sino de la mejor, porque queremos romper el cerco. La edición del Mundial vendió 50 mil ejemplares. Siempre con famosos en la tapa, simulando la garganta que grita y portando nombres de desaparecidos: Messi, Di María, Sabella, artistas, músicos, Evo Morales y Maradona, un incondicional de La Garganta.

Se podría hablar horas de la revista y del grupo. Identidad futbolera, pero diferente: juegan varones y mujeres, cuyos goles valen doble (si no, nadie les pasa la pelota), hacen asambleas antes de cada partido para definir las reglas, no hay árbitros, y si uno que le falta la pierna quiere ser arquero, hacemos arcos más chicos. Fanáticos del futbol, estuvieron un mes en una favela durante el Mundial y jugaron un partido con Cidade de Deus para apoyar a su gente.

“El nombre La Poderosa es por la moto del Che y Alberto Granados”, dice a modo de síntesis programática. Es la cultura rebelde, subversiva, del abajo, que se está consolidando.

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