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Ver día anteriorDomingo 11 de septiembre de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los mexicanos y el poder
S

e ha dicho, con más énfasis que análisis, que vivimos el peor momento de las relaciones con Estados Unidos. Tal habría sido el resultado de la equivocada decisión del Presidente de invitar a México a los dos principales contendientes por la presidencia de aquel país y, sobre todo, la de recibir en Los Pinos al aspirante Trump, sin que le precediera por lo menos la aceptación de la otra invitada, la señora Hillary Clinton.

Al juicio sobre la decisión presidencial se sumaron otros de igual o mayor calibre. En especial, aquellos referentes a la falta de firmeza del mandatario en los asuntos de particular interés para México y los mexicanos, como la migración, la construcción del muro o el pago que según el hotentote Trump haríamos los mexicanos en caso de ganar la presidencia. En cada uno de estos temas, la opinión pública mexicana esperaba contundencia y claridad, firmeza y valentía de parte del presidente Peña, de lo cual no hizo gala aquella infausta tarde del miércoles.

Nada de esto, y su secuela tuvo impacto de significación en la relación bilateral, con independencia de si al presidente Obama o a la candidata Clinton les pareció o no la decisión del mandatario mexicano. Si juzgamos por los gestos y las fotos, hasta podríamos adelantar la hipótesis de que Obama se esmeró por manifestar en China su cercanía con Peña, sin que haya quedado de por medio declaración o filtración alguna del Departamento de Estado referida a su molestia con México.

La decisión de Hillary Clinton de no visitarnos antes de las elecciones es entendible, y en todo caso revela la impremeditación del gobierno mexicano al girar sin mediación unas invitaciones que de principio a fin tendrían que llevar la marca de la elección estadunidense. Si se molestó o no la candidata demócrata tendrá que calibrarse con ella en la presidencia, y la necesidad que tendrá, como bien lo sabe, de definir su política hacia nuestro país a partir de su complejidad y lo delicado de nuestra relación, más que de la molestia que le pudo haber causado la precipitada invitación de Los Pinos.

La visita, y lo que le ha seguido, tuvo y tiene, sin embargo, enormes repercusiones políticas para nosotros y en el futuro para Estados Unidos. La reacción mexicana fue masiva y de condena, crítica y de rechazo al Presidente y su gobierno por haber invitado a Trump y por la manera como Peña se desenvolvió frente a los medios, la televisión en particular y, desde luego ante el truhán que, para su desgracia, llevó a Los Pinos. Lo que esa malhadada reunión sacó a flote fue una muy dañada relación entre el gobierno y su sociedad, así como una fehaciente y mal trabajada vinculación de su equipo de gobierno, el íntimo y el más amplio.

Crisis o no de gabinete, lo que hizo implosión fue la capacidad hegemónica del grupo dirigente, sus destrezas para comunicar y más que nada la disposición de amplias capas de la ciudadanía para escucharlo, tratar de entender sus razones, acompañarlo en sus penas e infortunios. Nada de eso ha surgido entre nosotros, en tanto que el encono y la furia se retroalimentan con los días hasta llegar al desatino político, el exceso antipolítico y la sinrazón ciudadana de querer enmendar los entuertos haciendo renunciar al Presidente o convertirlo en reo de alta traición.

Nada de esto nos llevará a superar los alarmantes índices de desapego ciudadano respecto del gobierno y su presidente; su masiva descalificación y, peor que nada, su descontento galopante en y con la democracia. Según el estudio de Latinobarómetro levantado este año, sólo 26 por ciento de los encuestados aprueba la gestión del gobierno y al Presidente; 29 por ciento se siente muy o algo satisfecho con la democracia, y 57 por ciento prefiere vivir en una sociedad ordenada, aunque se limiten algunas libertades.

Por fortuna, 45 por ciento piensa que necesitamos un poco de mano dura, en tanto que 50 por ciento está en contra. Asimismo, la escasa satisfacción con la democracia no impide a los mexicanos, en una proporción de 71 por ciento, estar de acuerdo con que: la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno.

Sin ser datos duros, sí son un reflejo del estado del alma mexicana; la que juzga con severidad y estridencia los yerros presidenciales y puede dar lugar a que lo peor de los animal spirits que anidan en nuestros respectivos sótanos irrumpan y desmantelen el por lo visto muy frágil teatro de la política construido al calor de la transición a la democracia de fin de siglo.

No son los notables cambios hechos por el Presidente en su equipo de gobierno lo que esta sociedad y sus ánimas pide y reclama, sino otra política, otra forma de ejercer el poder, otro modo de buscar la comunicación con las bases ciudadanas; otra manera, más visionaria e histórica, de construir una nueva y más constructiva, a largo plazo, relación de pueblo a pueblo y de Estado a Estado con Estados Unidos, que vaya que encaran sus propios e indeseables demonios.

Dos naciones: otra historia y otro verbo. Pero también dentro de cada una de ellas.

Se nos fue Roberto, escudero y guardián indómito del espíritu del 68. Solidaridad y cariño para los suyos.