Opinión
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Ciudad Perdida

Vicisitudes constituyentes

Legislar contra el tiempo

Escollos políticos

Miguel Ángel Velázquez
L

a culpa, nos dicen unos, es del esquema que se escogió para el trabajo legislativo de la constitución de la Ciudad de México; otros acusan al juego siempre tramposo del PRI como causante, y hay quien asegura que se trata del conservadurismo de Acción Nacional, pero el caso es que cada día se hace más difícil lograr que el texto constitucional quede listo en los tiempos que marca la reforma política.

Y es que esa misma reforma, que en algún momento podía haberse considerado como la posibilidad más clara para que esta metrópoli tuviera sus propias leyes, ahora, vista de cerca, se ha convertido en una inmensa trampa, un hoyo negro donde todo parece pensado para evitar que se consolide la carta magna.

Hay que empezar por el principio: de entrada, la composición de las fuerzas políticas que integran la asamblea nació con un pecado de origen. Las condiciones que impuso la Presidencia de la República, el Revolucionario Institucional apoyado por el PAN y la oportunidad de por fin lograr la reforma que condujera a la carta magna local obligaron, por decirlo de alguna manera, a que se aceptaran las condiciones con que se trabaja ahora.

Durante un par de meses, por lo menos, en ocho comisiones, que tenían como objetivo dictaminar sobre el texto original, sobre las propuestas de la ciudadanía y sobre las iniciativas de los diputados a la Asamblea, se argumentó en favor y en contra y se llegó, en todos los casos, a un acuerdo que parecía dar por cierto que se tenían listos los artículos para que fueran incluidos en el texto final.

Fueron horas intensas las que se trabajaron en las comisiones, pero a decir verdad muchos de sus participantes nunca, o muy pocas veces, llegaron a las mesas de trabajo, y luego, cuando el trabajo se hizo lucidor y salió de los salones del Palacio de Minería, donde se trabajaba a veces más de 12 horas, para instalarse en la tribuna, aparecieron todos los que no llegaban.

La tribuna, en términos de efectividad legislativa, no importa, nadie hace caso de lo que ahí se dice; es una tribuna inútil, pero sirve, dicen algunos, para la historia. A fin de cuentas todo lo que se diga quedará inscrito en la Gaceta Parlamentaria; para otros no tiene otro fin que el de conseguir la foto del recuerdo. Las aseveraciones que se hacen desde la plataforma legislativa no impulsan ninguna reflexión porque la tribuna es estéril, la han castrado.

La composición del cuerpo legislativo y la condición de que todo artículo debe ser aprobado por mayoría calificada de los presentes para que se le considere dentro de la constitución, y dado que ningún grupo parlamentario tiene mayoría por sí solo, se tienen que lograr acuerdos que hacen inútiles los discursos que se dan en la tribuna. Todo se plancha fuera de las comisiones, sin escuchar a la tribuna, y en acuerdos de corrillo que se moldean según los intereses de cada organización política.

Así, tanto la tribuna como los acuerdos que derivaron en dictámenes se rindieron frente a un realidad aplastante: son obsoletos. La tribuna, por lo que ya hemos dicho, y los dictámenes, además de lo escrito, porque se les ha atacado por presuntas enmiendas, que aquí se llaman reservas –después de dictaminados los artículos de la comisión de ciudadanía, por ejemplo, se propusieron 200 reformas más que hacen nugatorio el resultado de la comisión– y mueren, como ya hemos dicho, ahogadas en complicidades a veces hasta vergonzantes.

El futuro de la constitución en las condiciones que fijó la reforma política está en juego, y la forma de legislar, también.

De pasadita

Nos aseguran las autoridades policiacas que los asaltos a las gasolineras son cada vez mayores; que las motocicletas con las que se cometen esos asaltos no se pueden identificar porque no portan placas, y en las estaciones de combustible no hay vigilancia y las cámaras no funcionan. ¡Viva el delito!