Opinión
Ver día anteriorMartes 17 de enero de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Goya, San Carlos: La Leocadia de Goya
Teresa del Conde
G

racias a la advertencia de Carmen Ruiz Gaytán, directora del Museo de San Carlos, ahora sé que la gran pieza –desde luego exhibida como copia– sobre la familia de Carlos IV es obra de Eugenio Lucas.

Hay varias obras de este pintor romántico español en el Museo de San Carlos. Las piezas de formato grande no fueron su fuerte, ni ésta lo es y por eso me llamó la atención. Hay varias obras de este pintor al estilo de Goya, o francas copias goyescas, en esta colección, y mientras más pequeñas son mejores. Eso puede constituirse en una lección para los copistas, ya no digo que para los falsificadores, porque no deseamos exaltarlos, aunque consideramos que para ser buen falsificador es necesario no sólo conocer los originales de aquel o aquellos pintoras a quienes se va a falsificar, sino también poseer un conocimiento profundo de las modalidades de la pintura.

Eugenio Lucas (1817-1870) fue un ebanista de profesión amigo y discípulo de Goya, que siempre estuvo al tanto de la producción artística del momento y fue en el Prado copista, no sólo de Goya, sino de Velázquez también.

Por otra parte, en las pinturas de La Quinta del Sordo hay un fragmento titulado por Goya La Leocadia, que difiere radicalmente desde el punto de vista tanto anatómico como fisonómico del bello cuadro titulado Leocadia (sin el artículo), ahora exhibida en San Carlos y procedente del Museo del Prado.

Veamos lo siguiente: Leocadia, una moza a quien Goya conoció, se hizo cargo del cuidado y de la salud del pintor durante los últimos años de su vida, transcurridos en el exilio gracias a que como –no muy claro queda– Goya debió despreciar a este mediocre monarca que llegó a conocerse como el deseado y que es Fernando VII (Borbón), cuya efigie conocimos en el Museo Nacional de Arte.

Cuando Goya murió, de un accidente cerebrovascular, en Burdeos, sólo estaba presente Leocadia y el único hijo sobreviviente del artista, de nombre Javier. No es momento de relatar los pleitos y las vicisitudes que siguieron al deceso del gran pintor aragonés y eso es lo que menos importa. Lo que sí importa es tener en cuenta que Leocadia, así como su hija, fueron copistas muy relevantes del Museo del Prado y que en los catálogos goyescos publicados en épocas más tempranas la única Leocadia que aparece es la llamada La Leocadia, que es, por tanto, la representación fidedigna de la última compañera del autor de las pinturas de La Quinta del Sordo y del llamado Panteón de Goya, a orillas del río Manzanares en los alrededores de Madrid. Ambos personajes difieren bastante, La Leocadia es morena con tipo de manola y parece formar parte de un séquito sea religioso o civil.

Leocadia, la del retrato que nos visita, es una damisela delicada de pelo y tez clara, que más bien está en la tónica que admiraba la Leocadia de carne y hueso, quien fue dueña ni más ni menos que de La lechera de Burdeos. No todo es vida y dulzura respecto de Goya; hay autores que aseveran, después de agudos estudios de fisionomía, que el eximio pintor intercambió las cabezas de las majas. Por mi parte digo que la duquesa Cayetana de Alba no posó de cuerpo entero para Las majas. Goya pintó sus cuerpos, uno vestido y otro tal como Dios lo trajo al mundo, y después de eso Cayetana posó para las cabezas probablemente una sola vez, de modo que, sin poderlo asegurar, es posible que una cabeza sea réplica de otra. ¿Cuál es la que fue pintada primero? Eso tal vez nos lo pueda enseñar la visión acuciosa de los grabados en todos sus rubros, incluso los de aquelarre.

Como quiera que sea, mientras más ve uno Goya es mucho más probable darse cuenta de los intríngulis y las dificultades a los que lo llevó su propio genio y, sobre todo, su difícil condición existencial en una época particularmente turbulenta en España.