Opinión
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Karl-Otto Apel, 2a generación de la Escuela de Fráncfort
Enrique Dussel*
E

l lunes 15 de mayo partió a sus 95 años el amigo Karl-Otto Apel, gran filósofo alemán. Karl-Otto, como lo llamaba su esposa, ha vivido su casi siglo desde su juventud de soldado en el frente de San Petersburgo, donde fueron aniquiladas las fuerzas militares germanas, hasta la reconstrucción de posguerra, su ejercicio profesoral en Kiel, Saabrücken y culminando su carrera desde 1972 de Fráncfort. Apel es una síntesis superadora de la filosofía de M. Heidegger, L. Wittgenstein y Ch. Peirce, un puente entre la filosofía continental europea y el pensamiento analítico estadunidense.

Nuestro encuentro en Friburgo en noviembre de 1989, organizado por el profesor Raúl Fornet-Betancourt de Bremen, es una de las experiencias más apasionantes de mi vida. En una sala de profesores, estar frente a frente el profesor Apel y un servidor ante un grupo escogido de unos cuarenta filósofos fue una experiencia límite. Apel leyó un trabajo sobre la Ética del discurso como ética de la responsabilidad. Yo expuse ciertas sospechas críticas de la Introducción a La transformación de la filosofía (1973). De allí en adelante, año tras año, unas veces en Europa y otras en México y América Latina, nos reunimos hasta 2004. Fue un diálogo apasionante.

El hecho empírico del diálogo filosófico fue ya un acontecimiento. Apel quería dialogar con la ética de la liberación porque necesitaba una ética complementaria a su ética discursiva. Como para llegar a un acuerdo en ética acerca de una decisión o juicio había que construir un consenso entre los argumentantes, donde la pretensión de verdad avanzada por cada uno sufriera la prueba de los argumentos opuestos o diferentes por los otros, para al final acordar un consenso que pudiera ser aceptable por todos (aceptación que se denomina validez), era necesario, como condición dar a to­dos los participantes en la comunidad de participación un derecho igual en todos los componentes del ejercicio de la tal argumentación. Pero el problema para Apel era que una tal simetría podía ser postulada a priori, pero era casi imposible empíricamente. En ese caso necesitaba una ética que no fuera sólo argumentativa y que pudiera sin dicha simetría elevar al peor situado (con menos educación, posibilidades, condiciones, etcétera) a una simetría, que es el punto de partida de una ética argumentativa de la discusión. La Ética de la Liberación, al no ser una ética neokantiana o discursiva, sino más bien fenomenológico marxista, podría cumplir esa tarea de producir la simetría entre los posibles argumentantes futuros. Me vi, así, en la situación de ser considerado un auxiliar o instrumento de la Ética del Discurso que exigía racionalmente la simetría como punto de partida.

Sin embargo, y lentamente, fui advirtiendo que los argumentos apelianos eran convincentes pero parciales, y podían servirme para ampliar la fundamentación de la Ética de la Liberación. Fui descubriendo que la ética apeliana, que era neokantiana, caía en un cierto formalismo, siendo indiferente al contenido material de lo que se argumentaba. Es decir, debía argumentar éticamente por sus condiciones de posibilidad. Esto probaba la validez ética de la decisión o juicio discutido, indiferente al contenido.

Habiendo estudiado por años el pensamiento económico filosófico de Marx, objeté a Apel que la validez formal del discurso era necesaria y se lo concedía, pero para que un acto tuviera pretensión de bondad era necesario también que su contenido fuera justo, bueno. Este aspecto era rechazado por Apel, que se situaba sólo en el nivel de la validez formal del discurso. Entonces me fue necesario comenzar a elaborar una crítica partiendo desde los mismos supuestos de Apel. Si la validez del consenso era la garantía de la eticidad del acto (o el haber resistido la prueba de la argumentación de los miembros de la comunidad), ¿qué acontecía con aquellos argumentantes que eran dominados (no tenían simetría en la comunidad de argumentación) e intentaban participar en la argumentación? Si no había simetría entre el consenso de los argumentantes con mayores ventajas sobre los que tenían menos posibilidades de argumentar (es decir, no había simetría), ¿como podría llegarse a una tal simetría futura?

Una de las respuestas podía ser que los dominados, excluidos, menos preparados, asimétricos, se reunieran entre ellos formando una comunidad donde fuera posible ahora una nueva simetría. Había entonces un doble consenso (de los dominadores y los dominados) que no eran simétricos. Por una parte, (a) el consenso de los dominadores opuesto (b) al consenso de los dominados. La primera (a) se convertía en el consenso de la dominación. La segunda (b), en el consenso de los dominados que luchaban por su liberación. Este tema, que puede desarrollarse desde las categorías apelianas, nunca había sido tratado por Apel. Era el desarrollo propio de la Filosofía de la Liberación, pero que además integraba el aspecto material o de contenido.

Es que no había sólo una comunidad de comunidad lingüística argumentativa, había igualmente una comunidad económica de productores, y en esta comunidad también los conflictos deben ser solucionados argumentativamente por los miembros de dicha comunidad. Pero para Apel, los miembros de la comunidad de comunicación económica son los empresarios propietarios del capital, mientras para una Ética de la Liberación son también miembros los productores mismos, los obreros. Nunca Apel imaginó que una comunidad económica de comunicación no podía ser simétrica si un miembro de la comunidad posee el capital y los otros son sus asalariados. El que todos fueran propietarios de la empresa (con propiedad social, ni privada ni estatal) eran condición para una comunicación racional económica, válida. Esto es, inesperadamente, lo que proponía K. Marx: para poder decidir válida y simétrica y racionalmente en una comunidad de producción, debe existir entre los participantes simetía de condiciones para que la decisión fuera racional y justa. Este corolario y desarrollo de la posición teórica de Apel nunca lo imaginó… pero nos enseñó cómo, siguiendo sus pasos, podíamos ir más lejos de adonde él mismo llegó.

* Filósofo