Opinión
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Gabriel Pinzón y el retorno en el espejo
Jorge Durand
E

s cada vez más frecuente que la calle se convierta en una galería y exponga el trabajo de reconocidos artistas contemporáneos. En esta ocasión el trabajo de Gabriel Pinzón aporta mucho más que el valor estético y poético que pueda verse o descubrirse en su fotografía.

Ofrece a los viandantes de la avenida Reforma la oportunidad de confrontarse con el drama de la migración que sacude Europa en estos momentos. La tragedia de los solicitantes de refugio que huyen del pavor de la guerra abandonando todo lo que tenían. No importa que sean cristianos, musulmanes, drusos o ateos; para el lente de Pinzón son personas, con nombre y apellido que es lo que cuenta, más que la nacionalidad, el pasaporte o la religión.

Pinzón le pone rostro a este drama que nos es tan lejano y tan cercano. Uno más de tantos vaivenes migratorios en el Mediterráneo, entre Oriente y Occidente, siempre entrelazados, hermanados, en tensión y en conflicto. Un ir y venir semejante al del sur y el norte de nuestro continente.

Un drama a la vista de todos, de los turistas que toman sus tragos indiferentes al desfile de los refugiados, impresionados por los insólito del momento o asustados por confrontarse con el otro. El drama de la vida y de una guerra lejana cuyos restos y despojos llegan a sus playas. Hombres, mujeres y niños sobrevivientes que pasan de largo, por las puertas de sus casas, hasta llegar a un campamento de refugiados.

Una tragedia a la vista también de las autoridades que son incapaces de actuar, controlar o reprimir el negocio de las mafias y las bandas que pululan, se escabullen, se confunden y se protegen entre los propios refugiados.

Ahora la tragedia del Mediterráneo está a la vista de todos nosotros. Pinzón nos trae a casa el drama que vivieron los habitantes de la paradisiaca isla de Lesbos hace apenas unos meses. Un drama tan lejano para los griegos como para nosotros, pero al mismo tan actual y presente en nuestras calles, con otros rostros. A los que solemos calificar como hondureños, guatemaltecos, haitianos, cubanos o africanos, pero que más allá de todo son personas.

El trabajo de Gabriel Pinzón se empeña en enseñarnos, en señalarnos que no hay que ver la etiqueta de afgano, sirio, paquistaní, cristiano o musulmán. Hay que ver el rostro, las manos, los pies, la carga de humanidad que transportan y cargan sobre sus hombros, que es lo único que tienen, lo único que les queda.

La avenida Reforma, entre Insurgentes y La Palma acoge el trabajo del foto documentalista Gabriel Pinzón que llega a la Ciudad de México, bajo el auspicio y la iniciativa del Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente (SUCUMO-UNAM) que dirige y promueve Carlos Martínez Asaad, con la anuencia y el apoyo de las autoridades capitalinas.

La museografía o montaje responde adecuadamente al medio físico en el que se instala y el formato de grandes dimensiones obliga al caminante a detenerse, escudriñar y pensar. El formato de blanco y negro se funde con el enlosado y las calles adyacentes sin distorsionar el entorno y de tanto en tanto la fotografía a color no deja de llamar la atención.

Las fotos hablan, interrogan, cuestionan con el lenguaje universal de la imagen y el espejo de la vida. Un lenguaje que no requiere de traducción, como diría el autor en la presentación de dos documentales que se presentaron en la sala Julio Bracho de la UNAM, como parte del conjunto de eventos que ha suscitado y acompaña la exposición callejera.

Es un reflejo también de otros migrantes, otros, que son nosotros. Los deportados, los retornados, los jóvenes que en vez de ser soñadores ( dreamers) viven la pesadilla de volver a un país donde nacieron, pero donde no vivieron. Un país que se les hace lejano y extraño por el tiempo, por las décadas transcurridas en el otro lado, sin poder volver.

Son cientos de miles de jóvenes y niños los que se afanan por volver a ser mexicanos, pero que se ven señalados con el dedo como extraños, como extranjeros, algunos incluso los califican de pochos o de traidores pero haber abandonado el terruño.

Buena parte de este drama tiene que ver con a la política migratoria estadunidense que rompió la circularidad que existía entre México y Estados Unidos. Y con las política migratoria mexicana que sigue siendo la política de la no política, la de la avestruz, la que se lava las manos.

En otros tiempos, los migrantes enviaban a sus hijos de regreso a México, con los parientes y los abuelos, para que se socializaran, fueran a la escuela y aprendieran a ser mexicanos. El control fronterizo trastocó todo este proceso y la criminalización del migrante nos ha traído de regreso a millones de mexicanos que ya no querían ni pensaban retornar.

Son los que vuelven, pero ya no pueden volver a donde está su verdadera comunidad, familia, amigos y quereres. Y todo este drama no lo vemos. Tampoco lo fotografiamos. Es posible que se requiera de la sensibilidad de Gabriel Pinzón para ver la que no vemos.

Hoy se nos presenta el drama de la migración en el Mediterráneo y a manera de espejo hace evidente que a nuestras playas han llegado cientos de miles de mexicanos deportados que también tuvieron que abandonarlo todo y ni si quiera tienen el estatus de regugiados.