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Si no pagas, te tiramos al agua: la tragedia de los migrantes en Europa
Elena Poniatowska
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Gabriel Tizón ante una de sus imágenes, captada en la isla de Lesbos, GreciaFoto tomada de la página de Facebook del fotógrafo
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El fotógrafo y la escritora y periodista Elena Poniatowska durante un recorrido por la exposición instalada en Paseo de la ReformaFoto Carlos Ramos Mamahua
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Imagen proporcionada por el doctor Carlos Martínez Assad
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adie más conmovedor que el fotógrafo Gabriel Tizón, de 44 años, quien, en Paseo de la Reforma, frente a la iglesia de la Votiva, me explica la tragedia de los migrantes que han sido arrojados al mar Mediterráneo. Cada foto, ampliada y muy bien expuesta, es una tragedia en sí misma. Los rostros de quienes esperan subir a una balsa reflejan su esperanza y verlas resulta insoportable. Sólo se puede mirar a los niños, en brazos de su madre o de su padre, cuyos ojos expresan confianza, porque no saben lo que les espera.

“La mirada es mi idioma –me dice Gabriel Tizón– y es a lo que me dedico. Fotografío aquello que me hace sufrir, reflejo también mi indignación y mi dolor.

“Es muy normal que las mafias y los que tienen negocios con los gobiernos no sólo maltraten a los migrantes, sino que hasta la muerte de niños les valga poco o nada. La costa turca es muy complicada, la costa de Libia es terrible, la esclavitud que se vive en este momento es inimaginable. Ahora mismo, una persona no es un ser humano, sino un negocio. Si no paga, lo tiran al agua.

“Las balsas que recorren el Mediterráneo en este momento viven con mucha tensión. Miles de personas aguardan en las costas más cercanas, las de Turquía y Grecia, la isla de Lesbos, la de Kíos, el campo de Idomeni. Son balsas de mentira, de plástico. La mafia les dice a los migrantes que van a subir a la balsa 10 o 12 y de repente hay 70 esperando, muchos tienen miedo y los obligan con pistola. Cada persona de esta balsa paga una media de mil 200 euros por cuatro kilómetros de recorrido en una balsa que no costó más de 300 euros… Hay que considerar que un porcentaje muy alto de los migrantes nunca ha visto el mar, porque vienen del interior, de las montañas de Afganistán, de Iraq, de Irán, no saben lo que les espera, les dan chalecos salvavidas que no son salvavidas de verdad, no sirven, y en el momento en que caen al agua, se ahogan. La mafia tiene el negocio de todo, pone la balsa, vende el chaleco, todo…

“Este hombre se suicidó –me dice Gabriel Tizón. Llevaba cerca de un año en una situación de abandono, no es un caso aislado, es el de mucha gente que se desespera, no tiene a dónde volver. Alguno, a veces, decide volver a pesar de que corre peligro. Este hombre que está viendo usted ahora se quemó a sí mismo.

“Aquí, en esta foto, están de pie esperando. Esperan durante meses. La tomé desde el interior de un vagón tan abandonado como los sirios, esa es la paradoja. Familias que tienen lo mínimo pasan meses esperando en estas terribles condiciones y sólo sobreviven gracias a la ayuda comunitaria.

“En Grecia, hasta a los niños los reciben con gases lacrimógenos con tal de que se vayan. En Croacia tomé esta imagen en un momento en que pasaban miles de personas a diario; esta migración sorprendió a toda Europa, porque es la más grande después de la Segunda Guerra Mundial. Pasaban familias y familias, gente sin piernas, casi desnuda, enfermos caídos al borde de la carretera, porque ya no podían ni seguir. Ahí se quedan, porque si los demás se detienen, también los espera el fin.

Soy muy crítico de las Naciones Unidas, los delegados de países representados no hacen nada por los refugiados, parecen no importarles un comino; el enfado es general. No sólo tengo la percepción, sino las pruebas en la mano de que no están haciendo nada. Por eso retraté el resplandeciente cubo de vidrio del edificio de las Naciones Unidos al lado del cubo de agua en el que intenta lavarse un niño abandonado. Todas las grandes instancias humanitarias se han desentendido de los migrantes.

Gabriel Tizón cuenta que muchos voluntarios tienen que ir a sacar las cobijas que Naciones Unidas guarda y no distribuye. Ven que la gente está ahí muriendo de frío y no les entregan las frazadas. Los brigadistas llegan tarde a inundaciones y terremotos y colocan tiendas de campaña en los sitios más inhóspitos y más inadecuados.

Gabriel Tizón me señala una foto de los talones abiertos y cubiertos de sangre de un cuerpo tirado sobre la tierra. Es un hombre de Pakistán que caminó durante días. Lo tomé dormido.

Al doctor Carlos Martínez Assad –quien fue director del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 1983 a 1989, y pertenece no sólo a la academia, sino a la literatura con sus ensayos y novelas, como La casa de las once puertas, Los héroes no le temen al ridículo, Así en la vida como en el cine o su Memoria de Líbano– le indignó la suerte de los migrantes en Europa y nos entrega datos que nos hielan la sangre, cuyo punto más reciente es la tragedia del 9 de agosto pasado, en Yemen, en la que unos migrantes en una balsa fueron arrojados al agua deliberadamente; como en 2016, cuando más de 5 mil hombres, mujeres y niños terminaron ahogados en el Mediterráneo.

Claro que nosotros también tenemos migrantes que mueren en su intento por alcanzar una vida mejor, pero su número es muchísimo menor. En la ruta de México a Estados Unidos, en el llamado corredor de la muerte entre Agua Prieta, Sonora, y Arizona, en lo que va de este 2017, fallecieron 231 personas. A lo largo de 3 mil kilómetros de frontera con el país del norte entraron 1.5 millones de hombres y mujeres entre documentados e indocumentados, de 1993 a 2006. Aunque ahora la migración está a la baja por Trump, nuestro continente –víctima de sus pésimos gobiernos– sigue creyendo que su sobrevivencia está en Estados Unidos.

En nuestra frontera con Guatemala, según el testimonio de quienes logran atravesarla, los mexicanos somos los peores verdugos. Habría que preguntar al padre Alejandro Solalinde cuáles han sido las consecuencias del viaje en el techo del tren de la muerte de miles de hombres y mujeres que vienen de Centroamérica y hasta de América del Sur. El trato que les damos es hitleriano. Los migrantes temen más a las autoridades mexicanas que a las estadunidenses. Somos mucho más brutales y mucho más despiadados. El desprecio es histórico. De Guatemala a Guatepeor es un dicho vergonzoso que vengo oyendo desde 1943. Recuerdo, hace años, la admiración que sentí por Adolfo Aguilar Zinzer –embajador de México en Naciones Unidas y autor de la frase: somos el patio trasero de Estados Unidos– cuando afirmó en una conferencia que deberíamos avergonzarnos de lo que le hacemos a Centroamérica. Nuestras autoridades se ensañan contra los más pobres y México pasará a la historia por su crueldad en la frontera con Guatemala.

Hasta ahora hemos tenido tendencia a hablar sólo de los migrantes de México a Estados Unidos, pero en Europa las cifras son escalofriantes. En 2017, hasta el mes de julio, entraron por el Mediterráneo a Europa 112 mil personas. Dos mil 300 murieron ahogados en el intento. Solo 11 mil fueron rescatados.

Todos deberíamos tener troquelado en la frente al niño kurdo Alan Kurdi, ahogado en el Mediterráneo el 2 de septiembre de 2015. Otro niño, Omran Daqneesh, con su carita cubierta de sangre y de tierra, es la imagen misma de lo que significa la guerra civil en Siria. Apareció en las redes sociales –para escándalo del mundo entero– el 6 de junio de 2017.

Es imposible aceptar que el trayecto vital de un niño se corte de tajo. Todos vamos a algún lado. Todos salimos de nuestra casa. Las ballenas migran de norte a sur. Las Monarcas vuelan hasta 120 kilómetros por día para llegar a su santuario en Michoacán y vuelan un total de 4 mil 500 kilómetros. Los peces van de las aguas frías a las calientes. Migrar es parte de la vida. Si traducimos la palabra migrar, es la misma en todas las lenguas.

El doctor Carlos Martínez Assad organiza esta exposición en el Paseo de la Reforma para que no olvidemos que la migración europea es una herida tan grave como la nuestra.

Los investigadores mexicanos en ciencias sociales, de todas las universidades del país, deberían imitar al Colegio de la Frontera Norte y contribuir a la documentación de la tragedia de los migrantes mexicanos como hace el doctor Martínez Assad al preocuparse por la migración del Medio Oriente y exponer las fotos del español Gabriel Tizón.

Para el doctor Martínez Assad la imagen de “cerca de 400 ataúdes –muchos de ellos blancos, porque eran para niños– alineados en el hangar de Lampedusa, en el Mediterráneo, fue del detonador de esta exposición en Ciudad de México y en otras urbes de la República mexicana. Ocurrido el 3 de octubre de 2013 frente a las costas de Libia, en años anteriores, el 26 de diciembre de 1996, 280 migrantes indios, paquistaníes y cingaleses, murieron en el Mediterráneo. Ese mar referente de la historia universal, de grandes civilizaciones, de música y literatura, del romanticismo, se ha convertido en el cementerio, sólo en los pasados 20 años, de 20 mil personas que buscaron cambiar su destino. En los primeros seis meses de 2016 fue la sepultura de 3 mil y terminó el año con más de 5 mil cadáveres de personas que intentaban llegar a Europa.

“Italia, Grecia y España son los tres principales países de los que buscan refugio. Vienen de Nigeria (14.8 por ciento), Guinea (9.6 por ciento), Bangladesh (8.6 por ciento), Costa de Marfil (9 por ciento) y Siria (6.5 por ciento).

Grecia es un inmenso campo de refugiados que debió enfrentar la onda fría de inicios de 2017 con más de 62 mil migrantes que ha dejado varios muertos por hipotermia, enfermos de neumonía y gripe. Solamente en la isla de Lesbos quedaron atrapados 5 mil 500 migrantes, en condiciones penosas, aunque estén supervisados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Ojalá muchos mexicanos acudan a esta exposición al aire libre en Reforma; les abrirá los ojos y les hará ver hasta donde todos somos migrantes y cómo debemos abrir a otros nuestra puerta y nuestro corazón.

Postdata: México acaba de expulsar a los haitianos y nadie ha dicho ni pío.