Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de septiembre de 2006 Num: 602


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Una biografía de Elena Garro
ELENA PONIATOWSKA
O Proust o nada
CARLOS ALFIERI
Entrevista a ALESSANDRO PIPERNO
Tras los párpados del sueño, Henry Roth: cien años
CARLOS PINEDA
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
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La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

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Cinexcusas
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JAVIER SICILIA

SERGIO MONDRAGÓN, LAS EMANACIONES DEL VACÍO

Recientemente la unam publicó Poesía reunida (1965-2005), de Sergio Mondragón. El libro se agrega a otra serie de espléndidas obras de poetas contemporáneos que la fina mirada de Marco Antonio Campos ha tenido a bien publicar en la más alta casa de estudios del país.


Sergio Mondragón

Lo que admira de esa colección no es sólo la sobriedad de la edición, sino que en ella podemos leer a nuestros contemporáneos como pocas veces puede hacerse: siguiendo cada momento de su proceso poético.

La manera en que Mondragón armó los cinco libros que componen su Poesía reunida tiene, sin embargo, una característica: no lo hizo, como suele hacerse, del primero al más reciente, sino a la inversa. Así, el Mondragón con el que nos topamos al abrirla no es el Mondragónes de Yo soy el otro –publicado en 1965, cuando el poeta tenía treinta años–, sino con el de Hojarasca (2005), un libro escrito treinta años después. Son muchos los años que han pasado entre uno y otro libro y, sin embargo, nos maravillamos al ver que entre uno y otro hay una perfecta continuidad de la mirada que se ha ido afinando con los años. Mondragón nació maduro. "No es una noticia –como dijo Paz de Tablada– sino un hecho del espíritu." Esa madurez adquiere en Hojarasca una luz particular: por vez primera podemos ver el lugar desde donde el poeta siempre ha mirado: el Vacío, como dicen los budistas, del que misteriosamente emanan las cosas. Si algo caracteriza la poesía de Mondragón es su alegría frente a ellas, su asombro de niño ante el aparecer de algo que en su nimiedad, en su pura y simple cotidianidad, se manifiesta como la presencia de lo trascendente: una muchacha, un paisaje, el amanecer, un tortero, el agua, un encuentro, fragmentos de una ciudad, una casa; todo lo que vemos, tocamos, olemos y escuchamos diariamente es en la mirada de Mondragón una revelación que el poema captura y que nos permite volver a mirar aquello que está ahí en las cosas, pero que el mundo utilitario nos ha velado. Su poesía es, en este sentido, la manifestación de lo infinito en lo finito de lo real, una especie de conjuro que hace que por un momento caigan las escamas de nuestros ojos y podamos mirar de nuevo la sacralidad del mundo, la presencia de Dios en el finito misterio de la carne.

Podría decirse que Mondragón, al igual que los grandes maestros del budismo zen, de cuyas fuentes no ha dejado de beber, nos hace capturar el instante en el que la alegría de la eternidad aparece. En este sentido hay algo en su poesía que recuerda la manera en que esos grandes maestros del zen construían sus haikús. Aunque Mondragón no cultiva su brevedad, ese resplandor que de un solo trazo nos abre a la simplicidad de un misterio insondable y, siguiendo la tradición occidental, despliega sus versos en varios registros de armonías, lo que queda después de leer uno de sus poemas es la misma sensación de alegría: la experiencia de haber comprendido por un instante el inmenso misterio del que emanan las cosas. Hay así, en la poesía de Mondragón, un hermoso sentido de la encarnación, como si sus poemas, semejantes al haikú, fueran una epifanía del informe y absoluto Vacío; no la epifanía de lo que Sartre llamaba neant –ese nihilismo negador del mundo real– sino de Dios en la criaturalidad de las formas de su creación; una corporización del Absoluto por mediación de la mirada del poeta o, quizá sea mejor decir, de su espíritu y de su experiencia contemplativa sobre las cosas. De ahí su alegría, de ahí también su humor, ese humor que me recuerda la manera en que Iván Illich me hablaba de su comprensión de la Escritura: "Sabes –me decía–, cuando al leer el Evangelio me descubro sonriendo es que entendí." Y yo, que sonrío cada vez que leo un poema de Mondragón, puedo imaginar al poeta haciendo lo mismo cuando la realidad, esa otra Escritura de Dios, le revela el misterio, y cuando en la soledad de su habitación escribe un poema para que otros volvamos a sonreír y a comprender lo que la sociedad tecnológica ha arrancado a nuestra percepción, "esa energía elemental/ que trastoca el universo/ y nos devuelve el aire/ de las visiones frescas".

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-cm del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro y liberar a los presos de Atenco.