Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 23 de septiembre de 2007 Num: 655

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Fontanarrosa: mucho más que un humorista
ALEJANDRO MICHELENA

Ruinas
TAKIS VARVITSIOTIS

El otro regreso de José Gorostiza
EVODIO ESCALANTE

Michelangelo Antonioni: Blow Up de ida y vuelta
RICARDO BADA

Actualidad de Antonioni
CARLOS BONFIL

Antonioni-Hancock. ’66 Blowup Jazz
ROBERTO GARZA ITURBIDE

Los idiomas del poema
RICARDO VENEGAS Entrevista con EDUARDO CASAR

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Columnas:
La Casa Sosegada
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Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

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El Mono de Alambre
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Verónica Murguía

El peligroso sombrero de bolitas

El sombrero del título es, según gente poco informada, un adminículo muy mexicano. Es negro, de fieltro. Del ala le cuelga una cinta adornada con borlas tamaño canica, y generalmente lo trae puesto un señor bigotón que toca la guitarra.

Sólo lo he visto en las caricaturas y descrito en las novelas. Sospecho que se usa en las zarzuelas, pero como no quiero pecar de aquello que critico –opinar a la ligera sobre la procedencia del sombrero–, admito que no lo sé. El sombrero de bolitas, el burro, el sarape de Saltillo y el tequila son algunos de los componentes que, para ciertas personas, constituyen parte importante de nuestro carácter, paisaje y artesanía.

El día que el sombrero de bolitas, con su fama de mexicano, apareció en la novela La vida: instrucciones de uso , del genial Georges Perec, mi marido sufrió mucho.

Cualquiera pensaría que esa imagen sólo la tienen individuos que nunca han venido a México, que jamás han leído las novelas de Juan Rulfo y que no se asoman al noticiero. En Estados Unidos, lo sabemos, hay muchos de ésos. Algunos, ni modo, de ascendencia mexicana.

Cuando viajan acá se desilusionan porque no somos tan mexicanos, es decir tan mariachis, sombrerudos, Fridas y guadalupanos como se imaginaban.


Foto: cortesía de www.aniesclothes.com

Hace algunos años, en la Casa del Poeta, asistí a un extraño espectáculo: durante una lectura, un poeta chicano se puso a tocar un caracol. Ante la cara de estupor de la mayoría de los presentes, se disculpó: “Yo sé que esto lo hacen aquí a diario, pero para mí es un honor, y da mucho gusto tocar este instrumento prehispánico en la casa donde murió Ramón López Velarde, etcétera.”

Cuando nos acercamos a comentarle que los caracoles sólo los tocan los concheros y algunos músicos que andan en esos asuntos, tuvo una gran decepción.

“¿Así que ustedes no tocan el caracol en las mañanas?” “No”, contestamos. Muy desilusionado, nos dijo que había visto la tocada de caracol en un churro de Alfonso Arau, y que no sería mala idea incorporar esa pequeña y hermosa ceremonia a nuestros rituales matutinos. Como los rituales matutinos de la mayoría son apresurados y consisten en arrastrarse fuera de la cama y reunir las energías suficientes para enfrentarse al tráfico, la basura y la chamba, nos mostramos escépticos. Casi nada folclóricos. Fue un poco triste, porque el tipo era simpático y muy entusiasta.

Un día me reí hasta que me dolieron las costillas al leer una novela en inglés, que misericordiosamente no ha sido traducida, titulada Goose in the Pond, de la escritora Earlene Fowler, en la que el señor Gabriel Ortiz, dizque tan mexicano como yo, en un arranque de pasión murmura en cursivas al oído de su amada: “Querida, querida, estas una frego en mi alma”. Este mismo señor ya había informado al atónito lector que los mexicanos comemos a diario “chiles relleños de jalapenos”, y de postre comemos, no bebemos, atole de piña, que según la descripción, es budín.

Estas son muestras insignes del sombrero de bolitas. Hasta Borges cometió un sombrero en el cuento “La escritura del Dios”, en el que el sacerdote de Qaholom, he ahí el sombrerazo, averigua el significado de la vida. Ahora, este sombrero raro, fácilmente evitable (con escribirle a don Alfonso Reyes hubiera bastado), no tiene la menor importancia.

El cuento es tan inteligente, tan hermoso, que el sacerdote podría haber usado el sombrero de bolitas y ni chistaríamos.

Hace unos días, en cambio, tuve ocasión de leer un cuento infestado con todas las variedades del sombrero, escrito por George Steiner, crítico de renombre mundial, que ha venido muchas veces a México. Estos sombreros resultaron pasmosos. Dice, por ejemplo, que aquí la poesía es tan poderosa que “Tiende un puente más allá de los recuerdos de la violencia entre pieles claras y pieles oscuras, entre las nieves y la jungla.”

Salen poetisas que se sacuden las trenzas, ingenuos maestros que componen sonetos… Seis poetas mexicanos van a Medellín, Colombia, a leer poemas para detener la violencia de los narcos. Por qué no fueron a Culiacán o Uruapan, que les quedan más cerca, es un misterio. Narcos, aquí no faltan, aunque el autor del cuento parece ignorar que en México, además de poesía, hay tráfico de drogas, y que en Colombia es igual. El Festival de Poesía de Medellín es famoso en todo el mundo. Poetas, allá, no faltan.

Hubiera sido bueno que el señor Steiner, cuando vino, se bajara del coche.