Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de diciembre de 2007 Num: 667

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Billy Wilder: pasión
por lo grotesco

AUGUSTO ISLA

Recuerdos sobre Mandelstam
ANNA AJMÁTOVA

Después del final de
Harry Potter

VERÓNICA MURGUÍA

Estupefacto en la FIL
JORGE MOCH

Campos en la
Academia Mallarmé

EVODIO ESCALANTE

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Mínima postal cinematográfica habanera (I de III)

Frente a este juntapalabras está el cine Yara, donde puede uno pasar la mayor parte del día si se ha venido a la edición número veintinueve del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Lo mismo podría decirse del cine La Rampa, el Riviera y el Charles Chaplin, este último ubicado en los bajos del edificio sede del icaic , y a su vez todos en El Vedado.

El Charles Chaplin es, claramente, el mejor cine de todos en el sentido tecnológico: mucho mejor sonido, un proyector más confiable de lo que otros han demostrado ser. Arquitectónicamente los tres son muy bellos, para decirlo sin rodeos. El Yara, que parece ser el más antiguo, mira de frente a los Helados Coppelia. Su vestíbulo es muy estrecho, pero su atrio –por llamarlo de algún modo, no muy casual– es amplio y en él siempre hay gente. Si no hubiese una calle de por medio, la fila para entrar al cine y la que se alarga para comprar un cono de helado se confundirían. Como está en una esquina, desde la calle puede apreciarse la forma y la dimensión de la sala oscura. El pronunciado declive del techo es un anuncio de que ahí dentro, cuatro veces cada día por lo menos, corre una cinta, se ve un filme.

Como los otros, el Yara es un cine a la antigüita, con plateas y luneta, dividido por un pasillo que va de lado a lado. En cambio, el vestíbulo de La Rampa es hermoso, alargado hacia el fondo y, adosada a la pared, tiene la instalación de la cual toma el nombre: una rampa que va doblando y sube hasta la entrada misma de la sala. Antes, abajo, hay una pequeña cafetería en un desnivel, junto a la discreta dulcería.

El del Charles Chaplin, por su parte, tiene más bien la forma y las dimensiones de un salón. De hecho, en su ala derecha hay acondicionado un espacio, también cuadrangular, que funciona como galería. Ahí se exhiben carteles cinematográficos.

Ninguno de los tres tiene el tipo de butacas que se acostumbra en México y en otros países. Los asientos y los respaldos son firmes, por no decir duros. Salvo en La Rampa, no están forrados de tela sino de un material plástico que, sin conseguirlo, quiere imitar al cuero. Los descansabrazos no son abatibles y al final de ellos no se encuentra ninguna protuberancia destinada a colocar bebidas. Los espaldares no son altos –si lo fueran resultaría imposible ver completa y despejada la pantalla, habría que estirar demasiado el cuello para no ver una hilera de cabezas, pues el patio de butacas no es tan inclinado–, ni se reclinan. En otras palabras, lo mismo el continente que el contenido son lugares diseñados para ver cine, no para engullir adormilante comida chatarra y, mientras tal actividad principal se lleva a cabo, ver que ahí adelante del comedero colectivo se mueven unas imágenes a las que corresponden algunos sonidos más articulados que los producidos por celofanes que se arrugan y latas que se abren.

No es costoso el boleto: dos pesos convertibles, algo así como veintidós pesos mexicanos o dos dólares veinte centavos estadunidenses. En cualquier caso, menos de la mitad de lo que cuesta la entrada del cine en México, aproximadamente la cuarta parte de lo que debe pagarse en Estados Unidos.

Es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que se merece el nombre “festival” como no lo merece más de uno de esos embustes, grandilocuentes y a la vez paradójicamente anónimos, de los que se organizan en México para loor exclusivo de quienes los perpetran. Hay una baraja de razones para sostener lo anterior, pero menciónese por ahora nada más la principal: aquí las salas están siempre llenas, o casi. La asistencia a las funciones es más que abundante y no está compuesta en su mayor parte por invitados ni demás portadores de gafete –especie siempre multiplicable–, sino por público-público, gente que no tiene que ver con el cine más nada que lo primordial: ganas de verlo.

Para un realizador debe ser gozoso –o terrible– que se exhiba aquí su película, pues el público reacciona a todo, todo el tiempo, y la sala se impregna desde el principio de interjecciones, risas y hasta suspiros, según lo que se vea, o de silencios, que pueden ser el expectante, que corresponde a una alta concentración en lo que está sucediendo, o el que responde, desaprobándolo, a aquel recurso narrativo, formal o dramático que falló en el cometido de provocar alguna emoción.

( Continuará)