Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de mayo de 2008 Num: 690

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Brito y Jiménez:
el rótulo del arte

RICARDO VENEGAS

Gritos de la noche
KLÍTOS KYROU

Realidades artificiales
y mentiras globales

JUAN MANUEL GARCÍA Entrevista con EDUARDO SUBIRATS

Introducción a Giacometti
YVES BONNEFOY

Alberto Giacometti
Carta a Pierre Matisse

El diálogo poético de Giacometti
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Dos poetas

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Ana García Bergua

Nombres, nombres

Hace unas semanas detuvieron a una mujer que formaba parte de una tremenda banda de falsificadores, la cual pedía préstamos en los bancos haciéndose pasar por una persona muy acomodada, como dicen por ahí, y luego desaparecía. Seguro la vieron los amables lectores, pues su efigie apareció en muchos periódicos en medio de un amasijo amarillo de credenciales de elector, el pelo teñido de rubio y peinado de maneras que parecían ilustrar los distintos episodios de la vida de Barbie (Barbie va al super, Barbie da un coctel, Barbie practica esquí acuático con Ken, Barbie se deprime, etcétera). Pero lo más alucinante eran los nombres con que ella misma o la banda de falsificadores –en unas reuniones que han de haber sido curiosísimas–, habían bautizado a su creación: Bárbara Ashton, Andersson Hoppe, Sahnti Forgetti Varela, Samantha Paredes Gaytán, Paris Lara Fuentevilla, Chanel Ozuna Díaz, Deborah Franco Liberman, Melanie Díaz Rivera, Tamara Rivera Bravo, Ninfa Liberman Sada, Greta Fernanda Garza Valdez, Damara Castro Virreyes, Bárbara Brigitte Ferrero Domínguez, Chanel Gianinna Walter Díaz Rivero y Channel Gianinna Walter Díaz Rivera. (requete sic). Yo casi rezo repitiendo aquella lista de posibles personajes de thrillers y melodramas diferentes, y me duele el estómago de pensar en los funcionarios de banco que le concedieron créditos a pasto a Barbara Brigitte, a Chanel, a Greta, a Samantha, a Paris o a Melanie, convencidos de que con esos nombres no podía ser menos que una vedette alemana, una gringa divorciada y vengativa, una hotelera española o una francesa fragante, especies todas muy acaudaladas por lo común, de formas sugerentes e infaltable pelo rubio y, eso sí, con su credencial de elector en la bolsita. ¿Y qué tal los apellidos? Un Liberman –judía seguramente, se dijeron–, o Sada (¿qué tal que es algo de Moisés?), o Garza (muy regio, de los Garza, tú sabes), Lara Fuentevilla (deben ser los de la mueblería esa), y mucho apellido compuesto, de los que dan prosapia: ¡Claro!, de los Ozuna Díaz, de los Paredes Gaytán, los que mandan a sus hijos al Cumbres: Chanel Ozuna es la sobrina que vino de París. De la única que no sé qué pensar es de Shanti Forgetti Varela: parece el nombre de una italiana que asiste a clases de meditación y se puso el nombre de su gurumai.

Pero bueno, ¿a qué engañarse si vivimos en el país de los Johnatanes, Marilynes, Jacquelines y Axels? Tenemos, hay que aceptarlo, debilidad por los nombres con musiquita, de ésos a cuyo ritmo se puede andar por todo lo alto: ¿de qué valdrían una mansión en Interlomas y un bmw si uno se llamara Gaudelio Urbina, por ejemplo? No combina, nomás no combina: ni los del banco te creen si no te llamas Jeremy o Jennifer, de perdida.

Ciertamente los empleados de los bancos tienen problemas con los nombres. Mi marido aceptó pagar un seguro que viene con la cuenta del banco. Llegó la póliza a la casa y su nombre estaba mal. Pensábamos que bastaba llamar por teléfono y que el ejecutivo número veintiocho levantaría la vista del papel a la computadora, vería el nombre ahí donde dice “titular” y lo corregiría. Sueños guajiros. Hubo que hacer un trámite muy engorroso, al cabo del cual le dijeron que faltaba una carta en la que explicara por qué estaba mal su nombre y cómo había que escribirlo bien. Él siguió pensando que bastaba con el empleado levantara la vista y etcétera. Luego los dos concluimos que si un empleado bancario no puede mover los ojos de un papel a otro y copiar un nombre tal y como está escrito en el original, las cosas en este país andan muy mal, y habría que sentar a Elba Esther en el rincón de un salón de clases a pensar en lo que ha hecho mirando a la pared. Por eso, de sólo imaginarme la cantidad de veces en que los empleados del banco leyeron y escribieron aquellos nombres y creyeron en su autenticidad me dan escalofríos. Es más: se me hace que Chanel Giannina y Channel Giannina son hijas de un mismo error de dedo, pero no puedo probarlo. Sólo veo al pobre ejecutivo número veinticinco escribiendo Andersson Hope (¿será sueco?) en su computadora, y se me retuercen las tripas.

En fin, como Hipólito, el de Rosita, Barbara Ashton o Shanti Forgetti está en la cárcel rindiendo declaración. Con toda seguridad hay ya un empleado que la trata muy bien, en deferencia a aquel pelo tan rubio (Barbie paga una multa), a aquel porte tan poco carcelario y a aquellos nombres, que seguramente ya están escribiendo mal.