Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de enero de 2009 Num: 725

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Historias del país portátil
ESTHER ANDRADI entrevista con VÍCTOR MONTOYA

La función ha terminado
LETICIA MARTÍNEZ GALLEGOS

Poemas
NUNO JÚDICE

Las nubes, Paz, Sartre y Savater
FEBRONIO ZATARAIN

Estados Unidos, los afroamericanos y la montaña racial
EDUARDO ESPINA

Ricardo Martínez In memoriam
JUAN GABRIEL PUGA

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Columnas:
Fait Divers
ALFREDO FRESSIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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Pedro Salazar: la articulación y el relevo

Una coyuntura afortunada – la ausencia de la agrupación lituana Meno Fortas – permitió a la Compañía Estable de Colombia presentarse en el más reciente Festival Cervantino. Pedro Salazar, su joven director, enarboló un proyecto de espíritu hispanoamericanizante: la obra que corona el Siglo de Oro español montada por un director colombiano con actores argentinos y de su país, que habitan un espacio del padre de la escenografía mexicana contemporánea, Alejandro Luna. Este montaje de La vida es sueño refleja algunas de las preocupaciones que Salazar confirma en esta entrevista.

 

– ¿Por qué acometer la puesta en escena de un texto fundamental del teatro clásico en lengua hispana con un elenco multinacional?

– Trabajé en un Hamlet que se presentó en el Festival Latino de Teatro en Nueva York y creo que, en el fondo, se trataba de un despropósito: una obra en inglés traducida al español que se presentó ante un auditorio angloparlante. Conocí al maestro Luna durante ese festival y compartimos esta inquietud por volver a los clásicos en nuestra lengua. Ese fue el germen del proyecto. La obra de Calderón en particular representa la oportunidad para indagar en un tema que me obsesiona: lo que separa, o lo que une de hecho, la realidad y al sueño. Además, es una metáfora de cómo la libertad espiritual trasciende las limitaciones físicas y el cautiverio forzado –un problema bastante fuerte en Colombia.

– ¿Cómo conjugar a artistas de distintas nacionalidades y diversas maneras de abordar el hecho teatral?

– Mediante el énfasis de un ejercicio dialéctico; las diferencias acabaron aproximando más que divorciando. La colaboración del maestro Luna y de Jerildy Bosch (diseñadora de vestuario), por ejemplo, alimentan un ámbito que, como el del diseño teatral, no tienen un nivel destacado en Colombia; los rezagos en ese sentido son evidentes en mi país. Por otro lado, la participación de actores de distintas nacionalidades y escuelas permitió traer el discurso de la obra a un terreno de contemporaneidad; se convirtió en un vehículo de intercambio y aprendizaje.

– Uno de los aspectos que destacan del montaje es una intención deliberada por obviar los distintos acentos en una obra que respeta el verso clásico español.

– Ello corresponde a una intención de no hacer un teatro que imite a la realidad, y el primer plano en donde esta búsqueda debiera reflejarse tendría que ser el del lenguaje. Tuvimos un trabajo de homogenización de los acentos, pero sin perder de vista que nuestro objetivo era conseguir una comunicación vívida y emotiva con los espectadores de distintos países.

– El teatro colombiano pareciera estar en un momento de renovación: la muerte de personajes referenciales (Fanny Mikey, Enrique Buenaventura) parece ser el indicador del advenimiento de un relevo generacional.


Fotos: Christa Cowrie

– Existe, sí, una nueva generación de compañías y directores jóvenes, algunos de ellos ya con una trayectoria de años. Y muchos de ellos ejercen la dirección y la dramaturgia, lo que puede marcar la consolidación de una dramaturgia nacional. Tantos años de trabajo basados en procesos de creación colectiva han contribuido a inhibir el florecimiento de una dramaturgia colombiana sólida. Uno de los aspectos a repensar en esta coyuntura, a mi juicio, es el de los repertorios. Considero que necesitamos configurar un teatro popular con rigor y calidad pero radicado en el repertorio; sería la mejor manera de acercarlo a obras de distintos estilos. Durante el Festival de Teatro de Bogotá las salas se abarrotan, pero durante el resto del año cuesta llevar gente a los teatros. Habría que equilibrar nuestra oferta entre lo comercial y lo experimental.

– ¿Qué crees que se ha perdido en el teatro colombiano con esta imposibilidad para solidificar una dramaturgia nacional?

– Lo primero que una dramaturgia nacional aporta al teatro de un país pasa por lo narrativo: la posibilidad de contar historias que reflejen el pensamiento de la sociedad de un tiempo y espacio determinados. Lo segundo, y que para mí es lo más importante, tiene que ver con la articulación. La articulación de un teatro nacional, de una serie de inquietudes artísticas y de ideas sobre la sociedad, de un discurso como el teatral que por su naturaleza tiende a la dispersión. Aún no contamos con obras que reflejen las preocupaciones de la sociedad colombiana en todos sus estratos. Supongo que ello representa un desafío para mi generación.