Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 23 de agosto de 2009 Num: 755

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Pérez-Reverte: con el corazón desbocado
JORGE A. GUDIÑO

El alfabeto de Babel
SALOMÓN DERREZA

Sergio Ramírez: de una tierra de pólvora y miel
RICARDO BADA

Siete mujeres y Picasso
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

Rius: 75 años en su tinta
JUAN DOMINGO ARGÜELLES entrevista con EDUARDO DEL RÍO

Juana de Ibarbourou: 80 años de Juana de América
ALEJANDRO MICHELENA

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
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Pérez-Reverte: con el corazón desbocado

Jorge a. Gudiño

A la hora de formar lectores, nada como la novela de aventuras. Muchos se han iniciado en el camino de las letras gracias a que un cuento supo allanar la senda infestada de obstáculos académicos, imposiciones y doctrinas. Y es probable que dicho cuento o relato haya sido de aventuras.

Este tipo de libros se define por su capacidad de generar tensión dramática, de involucrar al lector en la trama y hacerlo partícipe de las peripecias de los personajes. Todo lector que se respete recuerda con cariño uno de esos libros de los que era imposible separar la mirada, ya fuera porque el héroe estaba a punto de revelar un misterio, porque su vida corría peligro o porque su recompensa se acercaba. Y este tipo de lectura tiene una estrecha relación con la inocencia, con la candidez, con apartarse de tecnicismos y lecturas profundas para quedarse en un plano que se construye, por completo, sobre la base de la trama.

La novela de aventuras también tiene demonios que enfrentar. Muchos son sus detractores pero pocos los argumentos. En efecto, esta literatura se construye por medio de fórmulas probadas, no pretende más que un entretenimiento justo y no busca dar la vuelta a la página de lo literario. ¿Es eso negativo? No para los lectores. Los hay que gustan de encontrarse con historias conocidas, movidos más por la forma en que el autor pondrá a prueba a su héroe que por el final inesperado. Disfrutan de la repetición narrativa porque con ésta pueden ocuparse sólo en el disfrute. He ahí el segundo de los elementos. Al margen de lo que puedan decir los académicos, la lectura es, en un primer momento, disfrute. Contar historias es el punto de partida para entretener. Qué mejor que hacerlo de forma tal que se logre cautivar a la audiencia.

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es un autor exitoso. Sus novelas han sido traducidas a más de una treintena de idiomas y se habla de varios millones de ejemplares vendidos. Es aclamado por las multitudes y honrado con distinciones. Pese a ello, su literatura es tema recurrente en la palestra. Al parecer, sus detractores son tan numerosos como sus entusiastas. El asunto tiene que ver con la pugna ya mencionada y con la idea de justicia. ¿Qué tanto es justo que un autor de fórmulas haya conseguido tal consagración? A diferencia de muchos autores de bestsellers, Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia de la Lengua y su obra es objeto de estudio. Aunque, en efecto, escribe novelas de aventuras.

Pero con matices. Basta leer unas cuartillas de cualquiera de sus novelas más famosas para darse cuenta de que tiene una prosa que llama la atención de inmediato. Quedar atrapado resulta común. Y eso, pese a las fórmulas y los denuestos, no es sencillo. Pérez-Reverte lo consigue. Si bien es cierto que para lograrlo recurre a la violencia, la guerra y el pasado como tópicos un tanto manidos, la verdad es que éstos conllevan una carga de originalidad que suele descansar en la intriga.

No es fortuito que en la mayor parte de sus novelas exista un misterio por ser revelado. Pero, a diferencia de la literatura policíaca convencional, éste suele ubicarse dentro del terreno de lo histórico. Entonces se van conjuntando los elementos. Por una parte, los personajes se encuentran en situaciones límite; por la otra, van tras la pista de algún objeto o revelación que alcanzan el grado de fetiche. A ello se le suma una investigación que consigue transportar al lector a contextos atractivos, de ésos que están pintados con la tintura del fasto, el lujo y la solemnidad. Así, no es difícil encontrarse con millonarios, coleccionistas, poderosos religiosos que se juegan sus creencias en un movimiento de ajedrez.

Mención especial merece la saga del Capitán Alatriste. No porque sea especialmente buena (más allá de sus entusiastas, hay quien podría descalificarla sin empacho), sino porque constituye una serie (aún inconclusa) que ha llevado a lectores a niveles de fanatismo. Ubicada en la España del siglo XVII, cuenta las peripecias de Diego Alatriste, un espadachín que se alquila. Como extras se incluyen las presencias de famosos personajes de la época que pasan revista a través de los ojos del narrador.

Si todos los elementos ya mencionados no resultaren suficientes como para motivar la lectura de su obra, quedan dos a considerar. El autor tiene una gran capacidad para crear personajes femeninos que distan de los atormentados de Balzac o Tolstoi. Los suyos no viven en una constante ambigüedad. De sus personajes femeninos el lector no cae rendido por el embrujo del enamoramiento. Sí por el deseo. Son bellas, seductoras y, por qué no, en algún sentido, peligrosas. Baste pensar en Teresa Mendoza, la protagonista de La reina del sur para constatarlo. Es la mujer de un narcotraficante sinaloense que escapa de la encerrona que se le ha puesto a su amado y que se convierte en la cabeza de una de las más exitosas redes de contrabando en España. Si ella no fuera suficiente, queda el resto de sus novelas.

Salvo una, la que se convierte en el segundo elemento para convencer a los escépticos. El pintor de batallas es diferente. Es cierto, la guerra también aparece y la historia flota dentro de sus páginas. Pero esta no es una novela de aventuras, tampoco un reportaje. Es una obra intimista que da cuenta de los alcances que puede tener la literatura de Pérez-Reverte cuando se anima a conferirle profundidad. Una verdadera apuesta por parte del autor.

Es de aplaudir, entonces, su capacidad para conseguir un efecto que consigue atrapar lectores y que los hace caer en las redes de su embeleso. De ahí que valga la pena leer algunos de los libros que conforman la veintena de textos publicados que tiene el autor. Es preferible decantarse por las novelas, mucho mejor si no pertenecen a la saga, aún más si es la intimista. En cualquiera de los casos se garantiza entretenimiento y eso es lo primero que importa cuando uno se abandona a la lectura.