Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 18 de octubre de 2009 Num: 763

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Vicente Gandía:
jardín del tiempo

CHRISTIAN BARRAGÁN

Lezama Lima y el otro romanticismo
GUSTAVO OGARRIO

Paradiso
(fragmento del capítulo IX)

JOSÉ LEZAMA LIMA

El hombre al que sólo lo calman los clásicos
CARLOS LÓPEZ

Los collages de
Rosa Velasco

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

La cara artística de la Luna
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

“La Bamba” alemanista y la primera arpa jarocha
YENDI RAMOS

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Rogelio Guedea, foto del autor

El hombre al que sólo lo calman los clásicos

Carlos López

Conocí a Rogelio Guedea en Colima, en 1997, en la presentación de su primer libro, Los dolores de la carne. Gloria Vergara, que dirigía la colección de literatura La Flama en el Espejo, lo había invitado a publicar. Esa noche, en el acto que se llevó a cabo en el patio del Archivo Histórico del Municipio de Colima, le pidió a su padre que se pusiera de pie para recitarle un poema que habla de la separación. Me pareció incómodo el momento y duro el poema. Pero todo salió bien por la sabiduría con que ambos, padre e hijo, manejan desde hace mucho sus relaciones y la vida.

Rogelio apenas tenía veintitrés años y se quería acabar el mundo. Nada lo calmaba, sólo la lectura de los clásicos. Una vez que yo necesitaba un poco de concentración para no sé qué cosa, le dije, de plano, que se pusiera a leer mientras me dejaba trabajar un rato. Y el poder de Tito Monterroso obró en el poeta-toro que no se parecía a ninguno, que hablaba con la mitad de palabras normales y con la otra mitad de groserías y regionalismos y que amaba a Sabines.

Pasado algún tiempo Rogelio, con un espíritu generoso, inició la colección El Pez de Fuego y publicó a autores colimenses sin distinciones ni egoísmos, con el dinero íntegro que recibió de la beca para jóvenes creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Nuestra amistad creció por los libros, la poesía, la literatura, pero, también, porque empaté con Rogelio en los valores y principios, y por lo opuestos que somos: él es capaz de agarrar el micrófono en una cantina y cantar muy bien las rancheras, con reconocimiento de todos los borrachos que piden más, mientras que yo casi me meto debajo de una mesa cuando la karaokista se acerca a la mesa a ver si puedo balbucir “Acá entre nos.” Pero creo que nos soportamos, sobre todo, porque con él se habla a gusto, sin poses, de Séneca, Montaigne, Ribeyro, Bryce Echenique.

Los que ahora atacan a Rogelio de manera alevosa y despiadada, quienes –como el rector de la Universidad de Colima, Miguel Ángel Aguayo López– tratan de comprar su pluma, deberían usar el sentido común: si a este hombre sólo lo calman los clásicos, ¿por qué no lo convierten en uno de ellos o lo ponen a dirigir una colección de clásicos, que mucho bien le haría a Colima, en lugar de estar pagando plumas baratas, anodinas, de cuarta, para que enloden la trayectoria del máximo escritor de ese estado, y que lo único que hace es dar brillo a su tierra y ganarse premio tras premio como nunca lo había hecho nadie? Tratan de destruir al primer colimense que obtuvo un doctorado en letras cum laude en España, el primero que publicó en Random House Mondadori, el primero en tener columnas en periódicos de circulación nacional, que con sólo treinta y cinco años ya tiene publicados veinticinco títulos en las mejores editoriales de México, España y Nueva Zelanda; quieren desprestigiar al primer mexicano que dirige el Programa de Español y Portugués en una universidad de Nueva Zelanda, al primero en obtener el Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro, el Premio Adonais de Poesía y el Premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela negra en España; al primer mexicano que traduce al español la obra de Samuel Butler.

Estos son los méritos académicos, intelectuales, literarios, humanos de Rogelio que enorgullecen a muchos y que hacen enojar a los menos, sobre todo a la medianía que se arrastra entre el fango del odio, la envidia, la frustración. En lugar de apoyar el trabajo honesto de Rogelio, los políticos y detentadores del poder burocrático de algunas instituciones se ensañan contra él con cobardes métodos y con derroche de recursos. El rector de la Universidad de Colima, a través del gobernador más corrupto que ha tenido el estado, Fernando Moreno Peña, le echa en cara que sea un “becarioingrato”, como si Rogelio hubiera mendigado ese beneficio que forma parte de los programas educativos de los mejores centros de enseñanza del mundo. Las becas se otorgan a personas talentosas que necesitan apoyo para continuar su desarrollo profesional, no para comprar conciencias o para cooptar el honor; los recursos de las becas provienen del dinero del pueblo, no de los bolsillos de caciques que, cortos de alcances, tienen una visión paternalista y mezquina, y llevan a sus máximas consecuencias el favoritismo.

Quienes ahora exigen cantos de sirena a cambio, o coartan la libertad de expresión, confirman la terrible certeza de que el hombre no termina de salir de la era de las cavernas. La intolerancia y la falta de respeto por lo que hace el otro son signos exacerbados de estos tiempos. Ojalá prevalezca el sentido común –para lo que no se requieren estudios, por fortuna–: una sociedad sin crítica se esclerosa, muere. La ebullición de ideas, la inconformidad, la confrontación ideológica, el debate con argumentos revuelcan como tumbos a una sociedad, pero al final brilla el horizonte renovado.

Rogelio ha sufrido tres exilios, llovidos sobre mojados: el primero, el interno, el de todos los seres humanos, exiliados por naturaleza, donde nadie está por gusto, pues siempre se tiene la cabeza en otra parte; el segundo, el exilio económico, que lo orilló a irse a Nueva Zelanda, adonde emigró sin que nadie en México lo retuviera o le ofreciera un trabajo bien remunerado: él vio la convocatoria en internet, hizo el examen y ganó el concurso de oposición. Tan pobre iba, que se quedó varado varios días en el Distrito Federal en espera de que la burocracia neozelandesa, parecida a la de todo el mundo, se acordara de que el poeta estaba en tránsito y tenían que mandarle el número de boleto de avión para continuar su viaje. El tercer exilio es político: la burocracia política de su estado lo hostiga, acusa, exacerba odios –usan a gente que no ha escrito ni cartas a su madre para atacarlo en medios– y lo amenaza porque no puede corromper al poeta ni con dinero, ni con promesas de homenajes.

A pesar de tanto desgaste, el poeta sigue trabajando más que nunca en su obra, que es la que importa: en la universidad donde labora ha obtenido ascensos por su capacidad y disciplina; los libros que vienen en camino son portentosos; su producción literaria va en ascenso, imparable. Ya fue capaz de hacer obra con reconocimiento unánime de la crítica, pero viene lo mejor: libros de investigación, crítica y creación luminosos. A este hombre, repito, sólo lo paran los clásicos.