Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 18 de octubre de 2009 Num: 763

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Vicente Gandía:
jardín del tiempo

CHRISTIAN BARRAGÁN

Lezama Lima y el otro romanticismo
GUSTAVO OGARRIO

Paradiso
(fragmento del capítulo IX)

JOSÉ LEZAMA LIMA

El hombre al que sólo lo calman los clásicos
CARLOS LÓPEZ

Los collages de
Rosa Velasco

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

La cara artística de la Luna
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

“La Bamba” alemanista y la primera arpa jarocha
YENDI RAMOS

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Uno de miles (II Y ÚLTIMA)

Imposible seguir hablando aquí del documental Presunto culpable (México, 2009), sin mencionar que tan pronto se le exhibió en el recientemente concluido séptimo Festival Internacional de Cine de Morelia, se convirtió en todo un hito, pues convocó la unanimidad tanto de los jurados de la sección documental, que con justicia le dieron el premio correspondiente, así como la de crítica y público asistente. Las crónicas del festival hablan de cerrados y largos aplausos al final de cada exhibición, así como de una en particular, gratuita, en la Casa Natal de Morelos, en la que los espectadores manifestaron diversas y sincerísimas muestras de solidaridad lo mismo con José Antonio Zúñiga –el ya célebre Toño que vivió en carne propia la historia que se cuenta en el documental y que asistió al festival– que con los realizadores de éste.

Dando por descontado que se trata de una obra cuyos valores de producción rebasan la línea de lo meramente correcto, en virtud de lo cual Presunto culpable funciona y debe ser calificada como una película muy bien hecha, con las cualidades narrativas y formales suficientes para atrapar al espectador y mantenerlo permanentemente interesado; más allá de ser, por lo tanto, un documental que goza de mucho mejor factura que otros cuyos temas podrían despertar interés, solidaridad e indignación similares, la conexión inmediata que se da entre aquello que Presunto... registra y quienes lo observan, estriba en una forma extraña de la identificación: aquella que consiste en saber que a cualquier hora de cualquier día de un año o mes cualquiera, uno mismo puede convertirse en la próxima víctima de alguno de los muchos tipos de vejación oficial-gubernamental a la que estamos expuestos los ciudadanos sin lana, influencias ni credencial de funcionario, diputado o senador –verbigracia, los cuarenta y muchos mil trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, arrojados al desempleo una madrugada de domingo, con el cuento chino de su “ineficiencia” y como si quienes los dejaron en la calle fueran tan eficientes, probos y justos.

TODOS SOMOS TOÑO

Así podría resumirse –parafraseando la consigna mitinera que alguna vez mereciera cierto personaje político cuyos silencios a la hora de los cocolazos resultan cada vez más espesos e inexplicables– el sentimiento que se experimenta luego de ver este documental. Hoy por hoy, Toño está fuera de la cárcel, exculpado de todo cargo, luego de los innumerables avatares a los que fue obligado durante su encierro y su larguísima e intrincada defensa, de lo cual nada será dicho aquí, para evitar la chambonería de esa pseudocrítica cinematográfica que todo lo estropea cuando le da por poner en palabras pobres las partes más sabrosas de la cinta en turno. En cambio, y para decirlo clásicamente, cabe aquí mencionar con gusto que Toño está libre, vivo y coleando, aunque ya no pueda hacerlo en su barrio de Iztapalapa, por un justificado temor a que los subhumanos judiciales que lo pepenaron hace algunos años vuelvan a las andadas y ahora quieran hacerle algo peor que cargarle un muertito... (Aunque implica morderse la lengua, este juntapalabras no se aguanta las ganas de contar un pedazo de la cinta: no se pierda usted, lector, la delicia de ver a un policía judicial inesperadamente reducido en su soberbia y su prepotencia cuando, en plena rejilla de prácticas, le tiembla la voz, ya no sabe para dónde mirar y destempladamente acusa a quienes están grabando sus contradicciones, sus despropósitos y su inconmensurable memez, de “lo que le pueda pasar”, en virtud de que ha sido requerido para una reposición de juicio y, en ella, son desnudados sus muy científicos procedimientos policiales y sus muy imparciales imputaciones en contra de un inocente.)

Al final de la cinta, Negrete y Hernández hacen bien al considerar no sólo pertinente sino también urgente que, como sociedad, exijamos la verificación de lo que, se supone, es un derecho vigente: que los juicios sean públicos. Ellos van más allá, pues plantean también que se reglamente y se practique el derecho a videograbar dichos juicios, en aras de una transparencia en la impartición de una justicia digna de ese nombre. En tal sentido, este es el resultado de una afortunada excepción, en un país controlado por “autoridades” habituadas a la total impunidad.

Presunto culpable también podría haberse llamado Fresco naturalista con juez y ministerio público aturdidos, Radiografía del troglodismo judicial mexicano, o bien Retrato hiperkafkiano de un homicida que nunca mató.