Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 18 de octubre de 2009 Num: 763

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Vicente Gandía:
jardín del tiempo

CHRISTIAN BARRAGÁN

Lezama Lima y el otro romanticismo
GUSTAVO OGARRIO

Paradiso
(fragmento del capítulo IX)

JOSÉ LEZAMA LIMA

El hombre al que sólo lo calman los clásicos
CARLOS LÓPEZ

Los collages de
Rosa Velasco

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

La cara artística de la Luna
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

“La Bamba” alemanista y la primera arpa jarocha
YENDI RAMOS

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Verónica Murguía

¡Qué asco!

He dejado de comer sin remordimiento. No me refiero a los pasteles y chocolates que devoro cada semana, sino a los animales: pescados, pollos y reses. Mi culpa no tiene que ver con el sobrepeso: tiene en el centro la simpatía que siento por lo que como. He dejado de comer puerco porque mientras más leo acerca de ellos, más me apena comérmelos.

Los puercos son listísimos, amistosos y comparten con nosotros rasgos anatómicos. No me refiero a los cachetes o a la panza: en la Edad Media los médicos, imposibilitados de estudiar la anatomía humana por las prohibiciones de la Iglesia, solían escrutar a puercos abiertos en canal para diagnosticar a los humanos. Las conclusiones que se pueden sacar de este hecho son más insultantes para los cerdos que para nosotros por razones evidentes: los puercos no hacen mal a nadie. Argumentos sobran: este año las autoridades egipcias mandaron matar a todos los cerdos del país, aunque estuvieran sanos, dizque para detener la expansión de la influenza. Mexicana y desconfiada que soy, no creo que el gobierno egipcio sea tan ignorante como podría pensarse: en un país donde la mayoría es musulmana y donde el puerco es considerado impuro, la sola presencia de los criaderos era indeseable. Pobres.

¿Por qué lo que resulta impuro para unos es apetitoso para otros? En Egipto comer un taco de cueritos sería tan escandaloso como para nosotros comer un taco de perro o de rata y los coreanos comen las dos especies, criadas para tal efecto, con absoluta naturalidad.

Ya la placentera lectura de los ensayos del doctor Francisco González Crussí me había puesto a meditar: él cuenta que en China nadie toma leche: la sola idea de beber leche al terminar la lactancia les resulta, a los chinos, extrañísima. La de beber leche de otro animal que no sea humano, asquerosa. Y algo tiene de razonable ese asco. La costumbre –sabrosísima– de beber leche de vaca ya nos es tan familiar que ni la cuestionamos, pero imaginemos que alguien nos ofreciera un vaso de leche de gato. Nos daría un asco invencible.

Para unos el cerdo es impuro; para los chinos, y vuelvo al doctor González Crussí, es un animal maravilloso por su sabor. La vaca es sagrada para los hindúes; en Francia, por decir un país donde la pasión por la carne ha producido platillos exquisitos, la vaca es, toda, para comer.

El antropólogo Paul Rozin ha escrito mucho sobre estos temas: qué nos da asco –para él todo aquello que nos recuerda nuestra animalidad y nuestra mortalidad–, cómo comemos, qué valores morales depositamos en la comida y qué significan los modales en la mesa. Los mexicanos sabemos que a los extranjeros les causa repulsión la idea de comer chinicuiles, chapulines, escamoles. Pero si un tailandés nos ofreciera una cucaracha rebozada los que nos pondríamos a vomitar seríamos nosotros.

Hace años fui a Chile con un grupo de escritores. La novelista Mónica Lavín llegó con un antojo tremendo por comer erizos de mar. Los había probado en Ensenada y quería comerlos de nuevo. Fuimos todos al majestuoso Mercado Central de Santiago: por todas partes había cestos llenos de cosas que olían a mar y que parecían bajadas de una nave espacial. Los famosos picorocos, las machas, los locos, las cholgas, los choros; nada tenía, literalmente, ni pies ni cabeza. Nos sentamos y pedimos los erizos. Trajeron un plato con unas como lenguas amarillas. Mónica ensartó una con el tenedor y la puso en un pan. Cerró los ojos, se metió el pan a la boca y casi se atraganta. Desilusionada pero prudente, las pasó al resto de los comensales. Fue como pegar la lengua al poste de un muelle. Ante la incredulidad ofendida del mesero, los erizos se quedaron en el plato. A nuestro alrededor los chilenos comían, con los ojos en blanco, trolgas de cocachuyos y otras cosas enigmáticas.

También sucede que uno come una cosa esperando un sabor y, si resulta otro, sobreviene el asco. Un día, en la cafetería de un museo inglés, me serví un pedazo gigante de algo que creí que era pastel de chocolate. Era blood pie, un como pay de moronga. Dejé la servilleta hecha una porquería.

Cuento esta historia para confirmar la fuerza del asco. La arcada es un reflejo casi ingobernable. Si como dice Rozin, el asco viene de lo que nos recuerda nuestra mortalidad, o lo que consideramos amenazante, no es raro que los noticieros nos revuelvan el estómago. Este país está hecho, literalmente, un asco.