Opinión
Ver día anteriorJueves 5 de noviembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Zona de derrumbe
V

iajar es maravilloso: no siempre.

Fui a Miami pasando por Mérida, para tomar un avión desde Cancún. Llego a la terminal 2; checo en Club Premier, Aeroméxico (permite nutridos millajes, derecho a llevar más maletas –no lo recomiendo–, viajes en clase ejecutiva). Una enorme cola: supongo que las cosas serán expeditas; de pronto desaparecen las empleadas, queda una sola en los mostradores, la cola aumenta a gran velocidad, es puente, víspera de Día de Muertos; todos soportamos estoicamente la larga espera; detrás de mí unos italianos se quejan, obviamente en italiano; aparece un funcionario y olvidando mi condición de mujer mexicana abnegada le pregunto la causa de tanto retraso, me contesta están cambiando de turno. Insisto, alzo la voz, los italianos aprueban: “questa signora e brava!” La única empleada atiende a una familia de cuatro personas con lentitud desesperante; vuelvo a indignarme, salgo a la puerta donde se mantiene impávido el funcionario de marras, alto, cachetón, impasible; a mis gritos y reclamos y a los de otra señora –su marido ha permanecido quietecito en la cola– nos contesta que el supervisor ya está avisado.

Media hora después aparecen tres empleadas con indigna parsimonia; llego por fin al mostrador, me quejo amargamente; la mujer alega que es culpa de la compañía, hay escasez de personal. Recuerdo otros viajes, desde París o Madrid, siempre por Aeroméxico; se ruega a los pasajeros llegar con tres horas de anticipación, pero la sección está desierta; una hora después, aparecen los empleados con la misma displicencia y la misma eterna disculpa.

Por fin, abordo; el piloto se llama Amir Aramoni, of all names! Sube en picada, los oídos revientan, conduce como si hubiese una perpetua turbulencia, el avión da tumbos y el aterrizaje es violento, las ruedas derrapan, los pasajeros gritan; me bajo indignada y vuelvo a quejarme: cosa que en México, lo sabemos bien, es totalmente inútil.

Llego finalmente a Miami, más hermoso y divertido de lo que había imaginado, sobre todo South Beach, el distrito art deco más completo y bien conservado que conozco, nos toca Halloween, las calles llenas, los disfraces convencionales, comprados en serie, música en vivo, una ciudad latina, 70 por ciento de la gente habla español –perogrullo–, hace calor, pero no excesivo. ¿Gusanos?

Se regresa, siempre se regresa, de nuevo a Cancún. Pedimos un taxi. El boleto cuesta 600 pesos mexicanos; vuelvo a indignarme, es un monopolio, me dice la empleada, ¿estadunidense? No, mexicano, el sindicato de taxistas de la ciudad, Green Lines Co. ¿Sindicatos, gobierno?: da igual. La estación del ADO en una plaza sucia, descuidada, los empleados groseros, ineficientes, los baños de paga inmundos, no hay papel. Me viene a la memoria un pasaje de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, habla de un país en bancarrota, como el nuestro, describe la ominosa conciencia de que nada podrá impedir el próximo derrumbe:

“‘Es el Gusano’, decía el gerente. Y yo pensaba en lo mucho que se exaspera el hombre, cuando sus máquinas dejan de obedecerle… Cansado de otear un panorama de tejados, advertí que algo sorprendente ocurría al nivel de mis suelas. Como si una vida subterránea se hubiera manifestado, sacando de las sombras una multitud de bestezuelas extrañas. Por las cañerías sin agua, llenas de hipos remotos, llegaban raras liendres, obleas grises, cochinillas de carapachos moteados, y como engolosinados por el jabón, unos ciempiés de poco largo, que se ovillaban al menor susto, quedando inmóviles en el piso como una diminuta espiral de cobre. Los armarios se llenaban de ruidos casi imperceptibles, papel roído, madera rascada, y quien hubiera abierto una puerta, habría promovido fugas de insectos… Había alimañas debajo de las alfombras, arañas que miraban desde el ojo de las cerraduras… Unas horas de desorden, de desatencion del hombre por lo edificado, habían bastado… para que las criaturas del humus invadieran la plaza sitiada…”