Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Aumentos y polonesas

Cristina Pacheco
M

ejor no me levanto.

Gonzalo gira en la cama y oculta la cabeza bajo la almohada con intención de dormir. Piensa que debería apagar la radio, pero no tiene fuerzas para hacerlo y se resigna a oír el programa Nuestras realidades. El comentarista suena muy animado: Bienvenidos a este espacio radiofónico. Desde aquí les deseamos lo mejor para el 2010 que comienza. Esto significa que atrás quedaron las felicitaciones, los regalos, las fiestas. Se abre paso la realidad. Suspira y continúa: sería un irresponsable y un iluso si no dijera lo que tal vez ustedes están pensando: remontar la cuesta de enero será muy difícil debido a los aumentos de precios con que empezamos el año. Desde mi humilde punto de vista quizá el alza más nociva sea la del Metro.

El comentarista va a exponer sus razones, pero la rúbrica de un anuncio interfiere con su voz que apenas se escucha: regreso en un momento para captar la opinión de ustedes a través de nuestras líneas telefónicas.

–Conmigo no cuentes –murmura Gonzalo, fastidiado. Alarga el brazo y cambia de estación. Lo seduce una voz femenina muy aguda: “Para la mayoría de nosotros el 2009 fue terrible. Queríamos que el año terminara con la esperanza de que el siguiente iba a ser mejor y ya ven: el 2010 se inicia bajo pésimos augurios. No lo digo yo, que no soy para nada negativa, sino la catarata de alzas con que nos despertamos el primer día de enero. A 2010 le quedan 362 diítas, así que prepárese…

–¿Tú también con lo mismo? –le relama Adrián en tono de familiaridad, como si ella también pudiera oírlo. Decide un nuevo cambio de estación, pero lo atrapan el sonido de un piano y el acento estremecido de la locutora: Les aseguro que no todo será horrible: en el mundo aún hay belleza y serenidad. La prueba es esta música divina que estamos escuchando. Es de Chopin. ¡Lo adoro! En su honor le puse Federico a mi hijo. Mi bebé nació el año pasado y el genio polaco en 1810. Sin embargo la música los une. Nos unirá a todos porque este será precisamente el año de Chopin. Los dejo otra vez con su música: una de sus maravillosas polonesas.

Gonzalo reconoce la música. La oía todas las tardes porque junto a su casa estaba la academia de ballet. La misma polonesa se repetía durante todas las horas en que la maestra Ludmila vigilaba los movimientos de sus alumnas, entre ellas Santa. Su hermana ya no es delgadita ni abriga la esperaza de convertirse en bailarina. Sólo quiere conservar su trabajo en una plaza comercial y que sus hijos puedan seguir estudiando.

II

En la radio el sonido del piano se vuelve defectuoso. Gonzalo se endereza y oprime varios botones del receptor para comprobar si la interferencia es general. En uno de esos cambios vuelve a Nuestras realidades. La voz del conductor le parece más grave: Que subió el gas. Pues tendremos que cocinar menos y bañarnos cada tercer día. Que subió el IVA. Pues nos olvidamos de ir a los restaurantes y de hacer compras. ¿Pero cómo le hacemos con el Metro? Allí sí que no podremos ahorrar nada. Necesitamos ir adonde hemos ido siempre: al médico, de compras, a una visita. Los jóvenes tienen que seguir asistiendo a la escuela y nosotros al trabajo por las mismas rutas, haciendo los mismos viajes; pero eso sí, ¡gastando un peso más por boleto.

El conductor suspira: “Es algo lógico, sencillo, pero no todo el mundo lo comprende. El otro día escuché a un funcionario decir que el alza de un pesito no es tan significativa. ¿No? Me gustaría que hubiera visto lo que miré el viernes en la estación Indios Verdes: colas de personas tratando de comprar 50, 100 boletos al precio anterior. No pueden imaginarse su expresión cuando las taquilleras les decían que sólo estaban autorizadas a vender 20 boletos por cada comprador. ¡Caray! Si eso no demuestra lo que significa para la mayoría de los mexicanos un pesito… No le miento: me pasé el resto de la tarde pensando en esas personas. ¿Con qué cara, con qué ánimo habrán llegado a su trabajo, a su casa?”

III

Gonzalo sonríe porque lo sabe. Iba a entrar en la estación del Metro cuando escuchó la noticia del aumento. Para ahorrarse un poco de dinero decidió pedir en la taquilla 100 boletos. La idea de que iba a ir un paso delante de las autoridades le provocó la satisfacción de una venganza.

Al aproximarse a la ventanilla vio una inmensa fila. ¿A toda esa gente le están regalando algo o qué? le preguntó a un policía. ¡Nada! Se formaron para comprar boletos antes de que el aumento se haga oficial. Gonzalo dejó de sentirse el más listo y se agregó a la cola que enseguida creció a sus espaldas. Viéndola recordó una película estadunidense en la que aparecen infinidad de hombres y mujeres bajo un cielo nublado, solicitando comida a las puertas de una institución de beneficencia.

Mientras esperaba su turno escuchó comentarios y protestas que lo pusieron al tanto de la situación: Sin decir agua va le suben al boleto y ahora sólo nos venden lo que se les antoja. Ni siquiera nos dejan la posibilidad de ahorrar un poquito más. “No les importa: ellos siempre salen ganando…” Una mujer, sacudida por la irritación, hizo un comentario general: Ya nomás con esta alza se nos fue al diablo el aumento en los mínimos.

Gonzalo pensó en que Santa lo esperaba en su casa para organizar la merienda del día 5. Desistió de visitarla. No tenía ganas de oír sus lamentaciones por las alzas. Prefirió irse a la casa con los 20 boletos en la cartera.

Ahora, mientras el comentarista aborda otras noticias, siente deseos de llamar a Nuestras realidades y decirle: ¿usted quería saber cómo llegó toda esa pobre gente a su trabajo o a su casa? Pues se lo digo: sintiéndose burlada, más jodida que antes, con ganas de acercarse a los que piensan que un pesito no es gran cosa y contarles de qué manera una cantidad en apariencia mínima cambiará su vida.

–Por lo pronto dejé plantada a mi hermana Santa –murmura Gonzalo. Oprime los botones de la radio hasta que vuelve a escuchar la voz de la locutora: Recuerden: para oír un concierto no necesitamos saber mucho. Basta con que nos dejemos llevar por los sentimientos, por la emoción que nos despierta toda la música, ya no digamos la escrita por Chopin. El nació en Polonia y a los nueve años dio su primer concierto de piano. ¿Se imagina el orgullo de sus padres? Bueno, si mi Federico me diera algún día una sorpresa así creo que iba a sentirme feliz aunque en ese momento supiera que iban a subir el gas, el IVA, el Metro y todo lo que de seguro vendría después. Ya sabemos: alzan el litro de gasolina y al minuto pagamos más hasta por un taquito. No se vale.

–Sí, ¡cómo no! –dice Gonzalo con franca simpatía hacia la locutora que no cesa de hablar: “Bueno, en los tiempos de Chopin no había estas calamidades, pero hubo muchas otras. Él mismo, fíjese, fue víctima de la tuberculosis casi toda su vida –por cierto muy corta: 39 años nada más– y sin embargo no se negó al amor. Otro músico, Franz Liszt, le presentó a una escritora que se llamaba George Sand. Con ella Federico sostuvo un megarromance durante nueve años. Otro dato: la certidumbre de su enfermedad en una época en que la medicina estaba menos que en pañales jamás le impidió a Chopin escribir música como ésta.

Se escuchan unas notas y enseguida la voz de la locutora: “Le digo todo esto para recordarle que la vida ha estado y estará siempre llena de dificultades. Tenemos que superarlas, impedir que nos amarguen y nos priven de hacer cosas útiles y bellas. ¿Se imagina cómo sería el mundo si Chopin, al saberse tísico, hubiera decidido renunciar a la música y quedarse por el resto de su vida inmóvil en su cama? Mientras usted lo piensa, cuando son las 11 de la mañana con l5 minutitos, le dejo con el único bolero que escribió mi otro Federico…

IV

Gonzalo cierra los ojos y se deja llevar por la música. Necesita seguir escuchándola aunque sepa que es tarde, debería levantarse y realizar sus planes para este domingo: ir al puesto de periódicos antes de que se agote La Jornada, llevar a Mari Carmen, su mujer, a los Viveros para que vea las plantas mientras sus hijos persiguen a las ardillas. De allí, como a las dos de la tarde, podrán irse rumbo a la casa de sus padres. Por el teléfono se dio cuenta de que aún están resentidos con él porque no pasaron con ellos la noche del 31.

Casi a la hora de la cena, ante el disgusto de Mari Carmen, Gonzalo llamó a la casa paterna para avisar que no iban a presentarse a la cena. Cuando su madre le preguntó el motivo de la ausencia él no pudo explicarle sus razones: se sentía desmoralizado ante las alzas de precios y lo que eso iba a significar en su vida. Se pregunta si fue suficiente motivo para fallarles a sus padres. Después de todo ellos ya no son jóvenes y el tiempo pasa volando. Perdió esa oportunidad de convivencia y tal vez no queden muchas.

Su reflexión le da impulso para levantarse. Desde la puerta de la recámara ve a Mari Carmen concentrada en retirar las hojas muertas de una nochebuena. Corre al baño. Pone una cubeta bajo la regadera para que el agua no se desperdicie mientras se entibia. Cuando al fin comienza a bañarse, sin darse cuenta se pone a tararear la polonesa que escuchó hasta el cansancio durante su adolescencia. A fuerza de repetida la odiaba; sin embargo cuando la oyó en la radio hace apenas unos minutos le sonó maravillosa. Ese descubrimiento podría ser un motivo de felicidad, pero tiene muchos otros: conserva su trabajo, sus padres viven, sus hijos no han caído en las drogas y él sigue enamorado de Mari Carmen a pesar de que llevan 11 años de casados, más tiempo del que –según la locutora– Chopin vivió al lado de George Sand.

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