Opinión
Ver día anteriorDomingo 3 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Integración y asimilación
Jorge Durand
E

n la literatura migratoria una línea muy delgada distingue entre asimilación e integración, aunque muchos la utilizan como si fueran sinónimos. Por integración se entiende el proceso en donde el inmigrante se inserta, se integra a la sociedad de acogida. Por su parte, la asimilación se refiere al mismo fenómeno pero desde el lado contrario, desde la sociedad de acogida, que se nutre del flujo de inmigrantes.

Se trata de un proceso en el cual se distinguen al menos cuatro fases, el contacto que generalmente se caracteriza por el shock cultural; luego sigue una etapa de desarrollo de competencias, en particular superar la barrera idiomática; en tercer término se ingresa a un periodo de adaptación al nuevo sistema de vida y finalmente llega la fase final de la asimilación en la que el migrante ya forma parte de la sociedad con plenos derechos.

Por lo general la primera generación difícilmente llega a ser asimilada totalmente. El proceso no depende tanto de los esfuerzos que haga el inmigrante por integrarse, como de que cumpla con ciertas características identitarias que lo acerquen o le permitan el ingreso a grupo dominante, como son la raza, el manejo de la lengua y en menor medida la religión.

En el caso de Estados Unidos la raza es un factor fundamental que no depende de los deseos o esfuerzos de la persona, como sí puede ser el caso de la lengua y la religión. El sistema clasificatorio racial de Estados Unidos, que forma parte fundamental de su definición y concepción de sociedad, obliga a cada ciudadano a ubicarse en alguno de los casilleros determinados, de manera oficial, por la oficina del censo. Se puede ser blanco, negro, hispano-latino, asiático, indio americano, etcétera. Es un sistema autoclasificatorio, en el cual uno define su raza, pero la realidad opera en sentido contrario, es decir, la sociedad te considera de determinada manera.

Para ejemplificar este dilema, vale la pena retomar el caso de dos reconocidas actrices estadunidenses de origen latino: Cámeron Díaz, de abuelos cubanos, y Jessica Alba, de abuelos mexicanos. Pero, no obstante que su ascendencia latina queda claramente marcada por el apellido, una es considerada como blanca y la otra, latina. En efecto, en lenguaje coloquial una es güera y la otra morenita. Y Jessica se queja amargamente de que la consideren latina cuando ella se considera blanca. Por más de que una persona esté asimilada cultural y lingüísticamente, la raza juega un papel fundamental, no importa cuán fantástico uno sea.

Sin embargo, las pretensiones de Jessica no dejan de tener cierto sustento ya que el único grupo que puede moverse de casillero es el hispano-latino, que con el pasar de las generaciones puede pasar a forma parte de la corriente principal “mainstream”. La única condición es que uno sea de tez blanca. En este caso ya no importa tanto el apellido.

Sin embargo, en épocas pasadas el apellido era también un factor importante en el proceso de integración-asimilación. Para poder ser asimilado de manera plena había que cambiarse o camuflar el apellido, como lo hacían muchos inmigrantes. Nuevamente el mundo artístico nos ofrece varios ejemplos: Anthony Queen, Ritchie Valens y Vikki Carr.

Antonio Rodolfo Reyna Oaxaca, nació en Chihuahua en 1915 y era hijo de un revolucionario villista de origen irlandés-mexicano y de una soldadera indígena. Siendo un niño, cruzó la frontera con su madre a Texas y luego se asentó en Los Ángeles. Fue jornalero, bolero, albañil, bufón, imitador, pintor y boxeador. Finalmente pudo estudiar dibujo e interpretación y trabajar como extra en el cine. En 1947 se naturalizó estadunidense y oficialmente asumió el nombre de Anthony Queen. En 1952 participó en el filme de Elia Kasan, Viva Zapata, y recibió un Óscar por su interpretación de Eufemio Zapata. Luego en 1954 protagonizó La Strada, de Fellini, y le siguen innumerables y memorables actuaciones en las que representó a personajes de múltiples orígenes: mexicano, indio americano, griego, ruso, italiano, etcétera. En el caso de Queen le ayudó a integrarse un fenotipo indefinido, su altura y complexión, el manejo del idioma, sus estudios y finalmente el matrimonio con una chica de la sociedad angelina. Pero fue el éxito cinematográfico el que lo asimiló de manera definitiva.

El caso de Antonio Reyna no es el de Antonio Banderas. Tuvieron que pasar muchas décadas para que los artistas de origen hispano-latino pudieran brillar con nombre propio. En épocas anteriores muchas veces se requería el cambio de nombre para integrarse al medio. Son los casos de Ricardo Valenzuela (Ritchie Valens) y Florencia Vicenta de Casillas Martínez Cardona (Vikki Carr), donde se percibe un doble propósito, por una parte contar con un nombre artístico y por otra un profundo deseo de integrarse y ser asimilado.

Vikki Carr cambió de nombre, al grabar su primer disco en 1962, pero nunca negó la cruz de su parroquia. Ella tiene el preciado récord de haber cantado en la Casa Blanca con cinco presidentes diferentes. Y cuenta Gerald Ford en sus memorias, que en una de esas ocasiones Carr le preguntó sobre cuál platillo mexicano le gustaba más y el presidente respondió: Me gusta usted. A la primera dama, Betty Ford, no le gustó esta conversación, pero más allá de la coquetería del presidente y el sex appell de Vikki Carr, la anécdota pone en evidencia que ella estaba totalmente asimilada, no sólo como artista de éxito, sino como persona.

Como diría el Piporro, con cambiar de nombre no se resuelve el espinoso asunto de la integración y la asimilación. Así le fue a Natalio Reyes Colás, cuando su novia del otro lado, una pochita llamada May Ball Ortiz, lo hizo pasar por Nat King Cole. La pochita “Lo dejó en la calle. No sabía más que cantar y bailar, de cocinar nada. Puro “ham and eggs, waffles and hamburger whith catsup”. Aquel estaba impuesto a pura tortilla con chile”. Ni modo, se tuvo que regresar.