Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de abril de 2010 Num: 787

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

México en Lezama
RAFAEL ROJAS

Juan Ramón y Lezama en La Habana
ALFONSO ALEGRE HEITZMANN

Breve antología poética
JOSÉ LEZAMA LIMA

La narrativa extraterritorializada
ADRIANA CORTÉS entrevista con SANTIAGO GAMBOA

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


Lezama Lima en su estudio, 1953

México en Lezama

Rafael Rojas

El estudioso Iván González Cruz encontró en los archivos de José Lezama Lima el manuscrito de una carta inconclusa, sin fecha ni destinatario, en la que el poeta habanero se dirigía al director de alguna institución cultural de la Isla. En dicha carta, Lezama proponía aprovechar “la impulsión revolucionaria” que tenía lugar en Cuba para generar una política cultural de vanguardia. Tal vez fue esa frase la que llevó a González Cruz a suponer que el destinatario de la misiva era la latinista Vicentina Antuña, quien entre 1961 y 1963 fue la primera presidenta del Consejo Nacional de Cultura, la principal institución cultural de la naciente Revolución Cubana.

Una lectura más cuidadosa de aquella carta permite concluir, sin embargo, que la misma fue escrita a fines de los años treinta y que la “impulsión revolucionaria” a la que se refería Lezama no era la de 1959 sino la de 1933, es decir, la del movimiento político que decidió la caída del dictador Gerardo Machado. El destinatario pudo haber sido, curiosamente, el importante ensayista cubano, Jorge Mañach, creador de la Dirección de Cultura en 1934, siendo ministro de Educación, o el crítico José María Chacón y Calvo, primer director de aquella institución o, incluso, Fernando Ortiz, presidente de la Institución Hispano-Cubana de Cultura. El proyecto cultural que defendía Lezama en aquella carta tomaba como modelo al México de Lázaro Cárdenas, cuyo “acercamiento a los intelectuales de izquierda de la emigración española”, le parecía la marca distintiva de una política cultural vanguardista:

La vida civil americana viene demostrando con el valiosísimo ejemplo de México, que cuando el período subsecuente a una revolución es recogido y potenciado por las clases bien orientadas, toca un momento de granazón para la cultura. Quizás nosotros empecemos a atravesar ese momento que aprovechando la impulsión revolucionaria, en lo que ésta tiene de rico y matizado, sea necesaria conducirla hasta la nueva forma, donde el proyecto del artista y del artesano, es recogido por la clase capaz de receptarlo y realizarlo.

José Lezama Lima se formó intelectualmente en una Habana siempre al tanto de lo que sucedía en el vecino país continental. Entre 1910 y 1927 , el conflicto revolucionario mexicano produjo una constante, numerosa y diversa, desde el punto de vista social e ideológico, emigración a la Isla. Los más importantes intelectuales y políticos cubanos de la primera mitad del siglo XX, fueran comunistas ( Mella o Marinello), socialistas (Roa o Guiteras ) o liberales (Mañach o Lizaso) tuvieron una sólida relación con México. Como ha estudiado Felícitas López Portillo, los cuatro gobiernos que emergieron de la Revolución del '33 –el democrático (1940-1944) y el dictatorial (1952-1958) de Fulgencio Batista, el de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y el de Carlos Prío Socarrás (1948-52– desarrollaron una diplomacia amistosa con el México cardenista y postcardenista. La Constitución mexicana de 1917 fue uno de los principales referentes de la Constitución cubana de 1940, un texto que condensaba el predominante nacionalismo revolucionario de la cultura política insular.


En el patio de la Sociedad Económica de Amigos del País, 1965

Aunque Lezama no fue un hombre de aquella Revolución, como sostiene alguna crítica interesada en fabricar continuidades y, de hecho, se enfrentó con sus cuatro revistas –Verbum, Espuela de Plata, Nadie parecía y Orígenes– a la plataforma ideológica y estética de la generación anterior, su obra, como la de tantos otros intelectuales de la primera mitad del siglo xx cubano, está marcada por México, su Revolución y la gran cultura propiciada por ésta. México es una presencia constante en la obra poética, narrativa y ensayística de Lezama. México, en todas sus dimensiones, no únicamente la revolucionaria, desde el Popol Vuh y la cosmogonía azteca hasta el muralismo de Orozco y Rivera, la poesía de Octavio Paz o la narrativa de Carlos Fuentes, pasando, naturalmente, por el barroco novohispano y las peregrinaciones de Fray Servando Teresa de Mier.

Un primer atisbo de México en Lezama aparece en el temprano Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1938), cuando el poeta habanero, un tanto categóricamente –a pesar de que cree “no exagerar”– afirma que “la Argentina, México y Cuba son los tres países hispanoamericanos que podrían organizar una expresión” y contrapone, a partir de unos versos de Alfonso Reyes, la “sensibilidad insular cubana y la sensibilidad mexicana continental”. Cuando Juan Ramón Jiménez le llama la atención sobre las diferencias que hay entre las “sensibilidades peruana y mexicana”, siendo las dos continentales y procesadas por culturas prehispánicas y por el mismo imperio de los Habsburgos, Lezama entra en una contradictoria disquisición de la que intenta salir sugiriendo que los mexicanos han logrado “una expresión”, antes que los cubanos, porque “detienen bruscamente al viajero y le aseguran que ha llegado a la región más transparente del aire”.

Contrario a la española, la presencia mexicana en las tres revistas creadas por Lezama, antes de Orígenes, fue débil. En el número sexto de Nadie parecía, Lezama antepuso unos versos de Reyes como exergo de su texto “Muerte del tiempo” y en el décimo número de esa revista, correspondiente a marzo de 1944, publicó tres poemas de Reyes: “Pesadilla”, “Tentativa de lluvia” y “Muchacha con un loro en el hombro.” Reyes y Lezama se escribían, por lo menos, desde 1938, cuando el mexicano agradeció al cubano el envío de Muerte de Narciso y los primeros ejemplares de Verbum. Los tres poemas que aparecieron en aquel número de Nadie parecía, fueron enviados por Reyes en noviembre de 1943, junto con una carta en la que le sugería a Lezama que escogiera uno de los tres, “que le parecían algo malejos”. Lezama desobedeció a Reyes y publicó los tres.

Ya en Orígenes (1944-1956), la literatura y la pintura mexicanas lograron una proyección que raras veces se ha visto, antes o después, en la cultura cubana. Lezama publicó varios poemas de Octavio Paz en 1956 y dedicó el número de la primavera de 1947 a México, con textos de Reyes, Paz, Ermilo Abreu Gómez, Alí Chumacero, Efraín Huerta, Clemente López Trujillo, Gilberto Owen y Justino Fernández, quien ofreció un balance de la plástica mexicana a mediados de la década de los cuarenta. Ese número de Orígenes apareció ilustrado por el gran muralista mexicano José Clemente Orozco, por el que Lezama sentía especial admiración y al que dedicaría un ensayo, en la misma revista, en el verano de 1949. En la presentación que Lezama escribió para aquella entrega, se lee la certeza del poeta habanero de que la cultura mexicana había resuelto con éxito la tensión entre nacionalismo y universalidad:

Desea la revista Orígenes, subrayar la claridad y el decoro de la expresión y de la sensibilidad, observables en México, en forma ya tan mantenida a través de los años que se gana la total estimación de los otros pueblos de América. Si a su espléndida tradición muralista, en la que de un modo verdaderamente impresionante ha retornado una gran tradición que en la misma Europa se mostraba con cansancio y abandono; si a su sentido universal y nacional de la plástica, en la que se dictaba una soberbia lección de asimilación y de creación, útil en su ejemplo para el resto de los artistas de otros países; s i a e sas manifestaciones añadimos la continuidad d e su desenvolvimiento poético, la honda raíz que allí van cobrando los estudios humanísticos, y la forma cuidadosa, nada vulgar, con que sus artistas se acercan a la polémica política que su país le iba ofreciendo en su integración; motivan que subrayemos con la ventura de su desenvolvimiento, el recto sentido operante con que el artista pudo resolver las exigencias de la imaginación y la realidad, los deseos y su cumplimiento, en forma tal que rindiesen su fruto.

Es interesante observar el cuidadoso equilibrio generacional que logró Lezama en la selección de colaboradores mexicanos: entre los mismos hab ía miembros de la generación del Ateneo, de la de Contemporáneos y de la de Octavio Paz. El grupo, a juicio de Lezama, estaba “presidido” por los mayores, Reyes y Orozco, quienes personificaban ese nacionalismo universal, esa “incorporación a su imagen de cuanto se cree necesario de todo ajeno paisaje”, que el poeta habanero reclamaba para la cultura cubana. México, y especialmente Reyes y Orozco –que asimilan las ciudades y los libros de Europa”–, le servían de pretexto a Lezama para lanzar una crítica al nacionalismo estrecho que, desde la izquierda o desde la derecha, avanzaba en la cultura cubana postcolonial: “¿Cómo iban a incurrir esos maestros en ciertas formas de robinsonismo que nos llevan a creer que podemos prescindir de lo bien hecho por otros y permitírsenos un grosero comenzar?”

Dos años después de aquel número mexicano de Orígenes , en octubre de 1949, Lezama viajó por primera y única vez a México. Es muy poco lo que sabemos de ese viaje, pero la mayoría de los testimonios reitera que se trató de un viaje privado o turístico, sufragado por su amigo, el poeta Gastón Baquero, por entonces Jefe de Redacción del más importante periódico de la Isla, el Diario de la Marina. En todo caso, Lezama, en 1949, no era ya aquel joven poeta, desconocido y marginal, que sólo había escrito Muerte de Narciso y que se dirigía con timidez a Alfonso Reyes. Para entonces Lezama había publicado tres cuadernos más – Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945) y La fijeza (1949)–, llevaba cuatro años editando Orígenes y publicaba una columna en el propio Diario de la Marina. Prueba del reconocimiento alcanzado por Lezama, en La Habana de los años cuarenta y cincuenta, fue la polémica que sostuvo, el mismo año del viaje a México, con Jorge Mañach, el intelectual público por antonomasia del período republicano.


Con su madre, 1953

No hay indicios de que Lezama haya visto a alguno de sus muchos amigos mexicanos, en octubre del '49, durante su viaje a México. Pero sí hay señales del impacto que le produjo aquella visita, sin la cual es difícil comprender algunos pasajes de su ensayo La expresión americana (1957) y de su novela Paradiso (1966). Lezama vino a México en barco, llegó a la capital por la ruta de Cortés –Veracruz, Córdoba, Puebla– y desde aquí viajó por carretera a Cuernavaca y a Taxco. De la visita a esa ciudad minera, queda una célebre carta a su madre, Rosa Lima, en la que confiesa su fascinación: “delicia sobre delicia y nieve verde. Estoy de sorpresa en sorpresa, del mucho agrado al otro agrado en que todo se nos presenta como una revelada maravilla”. Lo que más le impresiona de México son sus restaurantes y sus iglesias: “Descubro por la mañana la calidad insigne de un restaurante y por la tarde –en éxtasis de maravillas, otro que lo supera.” En Santa Prisca, dice sentir la “emoción adecuada” del “católico americano”: “Fui a Taxco, la ciudad de la plata y de la piedra rosada, y por primera vez sentí la emoción adecuada que debe tener un católico americano para mostrar su fe en una forma alta y condigna.” En otro pasaje de la misma carta asoma, ya, el eje argumental de La expresión americana: “Aquí se han construido las únicas iglesias donde el hombre americano le ha dicho al europeo que él puede construir los motivos y símbolos de su fe.”


Carta de Octavio Paz a José Lezama Lima desde Delhi,
el 3 de abril de 1967

Luego de aquel viaje, Lezama continuó abriendo las páginas de su revista a autores mexicanos. En el primer número de 1951, Orígenes dedicó, casi, un segundo número a México, que arrancaba con “¿Águila o Sol?” de Paz, continuaba con una versión de “Los abuelos” del Popol Vuh, de Ermilo Abreu Gómez, y cerraba con una sentida semblanza del propio Abreu Gómez sobre Xavier Villaurrutia, con motivo de la muerte del poeta de los Nocturnos. Lezama publicó a Alfonso Reyes, una vez más, en Orígenes , en 1953, a pesar de que en una carta al codirector de la revista, José Rodríguez Feo, juzgó con severidad los estudios helénicos de Junta de sombras (1949), que tal vez compró durante su viaje: “Erudición americana todavía un poco ingenua. Al lado de la presunción de grandes tesis: negación de la influencia egipcia y oriental en Grecia; una descripción de la batalla de Maratón, candorosa y banal.” Fue, sin dudas, Octavio Paz, quien tanto admiró Junta de sombras, el escritor mexicano más publicado en Orígenes.

El viaje a México y las lecturas mexicanas de Lezama, como ha estudiado Sergio Ugalde Quintana, dejaron huellas en La expresión americana, el ensayo que publicó el Instituto Nacional de Cultura del gobierno de Fulgencio Batista, en 1957. La concepción del barroco americano, las glosas de una cultura de la muerte en México, testificada por una tradición poética que va de Sor Juana Inés de la Cruz a José Gorostiza, o la idea, muy contemporánea, del “hecho” político de la independencia como una reificación histórica de la estética romántica y la precisa semblanza de Fray Servando Teresa de Mier, que luego aprovechó Reinaldo Arenas en El mundo alucinante, provienen de ahí. Lezama reconocerá la deuda con aquel viaje en una entrevista que con-cediera al periódico Juventud Rebelde, el 12 de octubre de 1968: “En 1949 estuve en México. Vi mucha catedral, mucho paisaje, mucho convento. Tuve una impresión de cerca sobre el barroco mexicano, cosa que utilicé en mi libro La expresión americana, que ha dado referencia de la Catedral de México, de la Basílica del Rosario, de la Catedral de Puebla, donde están las tres muestras de la raíz hispánica de nuestra cultura: el barroco, la churriguera y el barroco frío o herreriano.”

En aquella misma entrevista, Lezama resumirá a México como un lugar de amistades poéticas: “México es una tierra muy querida por mí, desde Octavio Paz, el gran poeta, hasta las más jóvenes promociones de escritores de México, es mi alegría, porque son amigos míos.” Desde mediados de los cincuenta, cuando dirigía los últimos números de Orígenes y redactaba los primeros capítulos de Paradiso, aquellas amistades mexicanas comenzaron a renovarse y no dejaron de hacerlo hasta la muerte del poeta, en La Habana, el 9 de agosto de 1976. En 1956, por ejemplo, Lezama intercambió varias cartas con Carlos Fuentes, entonces director de la Revista Mexicana de Literatura, con el fin de insertar anuncios de ambas publicaciones, ampliar las respectivas redes de colaboradores e invitar a Lezama y a Cintio Vitier a formar parte del comité editorial de una Revista Hispanoamericana de Literatura que Fuentes pensaba lanzar desde México.

Además de sus propios libros, ejemplares de Orígenes y el poemario Canto llano, de Vitier, Lezama le envió a Fuentes ensayos de Lorenzo García Vega y Roberto Fernández Retamar para un dossier sobre “literatura y sociedad”. Fuentes, por su lado, le prometió a Lezama textos de sus “herméticos amigos”, Juan José Arreola y Juan Rulfo, “que secretan sus escritos en un piedro de pecha (es la inversión exacta, coatlicuesca)” y también de Emmanuel Carballo y Marco Antonio Montes de Oca. Si Fuentes llegó a enviar aquellas colaboraciones, en el verano de 1956, nunca habrían podido publicarse, ya que Orígenes desapareció luego del número 40 de ese año. Quien sí llegó a publicar en ese último número de Orígenes fue el propio Fuentes, cuyo magnífico relato “ El que inventó la pólvora”, apareció entre uno s poemas de Fina García Marruz y otro cuento del argentino Adolfo de Ubieta.

Aunque no viajó a México en aquellos años, Lezama mantuvo una permanente correspondencia con escritores mexicanos, que se veía favorecida por los viajes de sus amigos cubanos al gran país vecino. En julio de 1957, por ejemplo, Lezama describió en sus Diarios una visita que le hicieron Cintio Vitier y Fina García Marruz, luego de un viaje a México, en la que los jóvenes poetas imitaban el habla de los mexicanos: “Hablamos de la prosodia mexicana. Fina y Cintio hacen deliciosas parodias de la pronunciación mexicana. Cintio las hace con más decisión. Fina las hace con más lentitud, desconfianza y vacilación. Las palabras ‘ataques' e ‘insurgentes', son el centro de sus ejercicios de silabeo azteca. Dicen ‘at qs', ‘insurgnts', parece como si absorbieran una cantidad de aire, que sueltan súbitamente, como temerosos de que se les escapen, sobre las otras sílabas, que así quedan oscurecidas. No hablan, dice Cintio, silban. Como la serpiente, no como el jibarito en la mañana.”


Con Rafael Alberti y Nicolás Guillén en el Museo de Bellas Artes, 1960

La última frase reitera el perpetuo contrapunteo cultural entre México y Cuba que buscó siempre la obra de Lezama. “En la prosodia azteca, agrega Lezama, el curso del aire empleado en la conversación parece ser otro. Trata como de romper las palabras, de sumergirlas, de convertirlas en serpientes, oscurecidas por una tromba diminuta, graciosa de aire.” La diferenciación entre México y Cuba no sólo la encuentra en el habla, sino también en la música y la arquitectura. Luego de escuchar la Quinta Sinfonía, de Carlos Chávez, Lezama apunta en su diario: “Se observa, como en la arquitectura mexicana moderna lo piramidal, el fondo de su raza. Asimilar la riqueza orquestal stravinskyana y seguir siendo ancestral es su mejor signo. Una paradoja que ofrece ese ancestral: una influencia que es muy impulsiva, y el fondo de su raza: estática, mineral. He ahí el principal atractivo de una fascinación que es un misterio.”

El misterio de México es tema que emerge desde las primeras páginas de la novela Paradiso (1966), puerto de llegada de la poesía, la narrativa y el ensayo lezamianos. El viaje del Coronel de La Habana a Veracruz es como el paso de un territorio iluminado y predecible a otro brumoso, inquietante. “Se alejaban –escribe Lezama– las divinidades de la luz, viendo que aquel era un mundo de divinidades ctónicas; el mexicano volvía a tener la antigua concepción del mundo griego, el infierno estaba en el centro de la tierra y la voz de los muertos tendía a expresarse y ascender por las grietas de la tierra.” Cuando el Coronel intenta ver su rostro en el baño de su habitación, la niebla se lo impide y Lezama relaciona esa invisibilidad con el “misterio” o el “conjuro” de México, que “entreabre la tierra”.

Cuernavaca, Taxco, Puebla, el canto del guerrero chalquense, los príncipes de Xibalbá, las excursiones al Mé xico porfiriano, las fiestas de los danzantes enmascarados y hasta una disquisición sobre las propiedades curativas del asma que podría tener el caldo de pichón de zopilote, recorren aquella no-vela. No es raro, pues, que Paradiso haya multiplicado las amistades literarias de Lezama en México. Octavio Paz confesó haberla leído “poco a poco, con creciente asombro y deslumbramiento. Un edificio verbal de riqueza increíble; mejor dicho, no un edificio sino un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis y también, un mundo de signos –rumores qu e se configuran en significacione s, archipiélagos del sentido que se hace y se deshace–, el mundo lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable que está entre la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma.”


En la oficina, mayo de 1967

También leyeron Paradiso, con fascinación, Carlos F uentes, José Emilio Pacheco, Gabriel Za id, Efraín Huerta, Hugo Gutiérrez Vega, Carlos Monsiváis y Neus Espresate –estos dos últimos fueron quienes impulsaron la edición de aquella novela, en la editorial Era, en 1968. Sabemos por cartas de Lezama que de las cuatro ediciones de Paradiso, que se hicieron en vida de su autor, su preferida fue la de Era. Mientras en La Habana crecía la marginación oficial del poeta, por su catolicismo, su homosexualidad y su creencia en la autonomía de la alta literatura, en México, sobre todo a partir de 1968, su obra era editada y reconocida. En una carta a su hermana Eloísa, Lezama mencionaba con orgullo los juicios elogiosos de Octavio Paz sobre su poesía en el prólogo a la antología Poesía en movimiento, elaborada por el propio Paz, Alí Chumacero, Homero Aridjis y José Emilio Pacheco.

Especial significación tuvo para Lezama entrar en contacto con el poeta tabasqueño José Carlos Becerra, con quien sostuvo una rica correspondencia entre 1967 y 1970, año de su trágica muerte en Italia. En las cartas de Becerra a Lezama, estudiadas por Álvaro Ruiz Abreu, se sigue la lectura que el tabasqueño hizo de la Órbita y de Paradiso, que tanto influyeron en el autor de Relación de hechos. En la última carta que envió a Becerra, en 1970, que éste, al parecer, no alcanzó a recibir, y que fuera incluida en la edición que José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid hicieron de El otoño recorre las islas (1973), con prólogo de Paz, Lezama decía que “en muchos sentidos, México y Cuba se complementan, la transparencia del valle se une a la brisa fina de nuestra isla” y confesaba “haber leído con detenida fruición Relación de hechos”. El poemario de Becerra le daba la “impresión de una ciudad a la que se llega en el sueño y después se torna implacable y conocida; otras veces es la ciudad desconocida que vamos reconociendo en una minuciosa fiesta de reencuentros”.

Es fácil imaginar, a partir de la lectura de las últimas cartas a sus amigos mexicanos, que esa ciudad, para Lezama, era el Distrito Federal. Entre 1970 y 1976, años del mayor ostracismo de Lezama en la Isla –en 1970 aparecieron sus dos últimas ediciones cubanas, La cantidad hechizada y Poesía completa, en vida– el poeta habanero recibió varias invitaciones de México –del Fondo de Cultura Económica, de Difusión Cultural de la unam , del Instituto Latinoamericano de Cultura, de Era, de Alianza Editorial, de Aguilar, que publicaría sus Obras completas en dos tomos–, pero ninguna se concretó por la negativa de la burocracia insular. Cuatro días antes de su muerte, el 5 de agosto de 1976, todavía Lezama soñaba con un segundo viaje a Ciudad de México. En carta a Neus Espresate, aseguraba: “tengo la esperanza de visitar ese país en compañía de mi esposa”.

La relación de Lezama con México no fue rara en la historia intelectual cubana. Los grandes escritores cubanos de los dos últimos siglos, desde José María Heredia, Juan Clemente Zenea y José Martí, en el XIX, hasta Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, en el XX, pasando, desde luego, por Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y Eliseo Diego, hicieron de México un lugar de fuertes conexiones con sus poéticas. Pero tal vez fue Lezama el escritor de la Isla que más involucró en su proyecto literario el discernimiento y, a la vez, la complementación entre las culturas cubana y mexicana. Para Lezama, México fue siempre ese otro cercano y hospitalario, abierto a cubanos de todas las poéticas y todas las ideologías.