Opinión
Ver día anteriorViernes 9 de julio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Las vuvuzelas callaron...
L

as vuvuzelas callaron y comenzaron las recriminaciones. No contra nuestros aguerridos jugadores, que dieron lo mejor de sí mismos en la cancha. No sería justo. No voy a criticar el error de Osorio contra Argentina ni el cansancio entendible de Cuauhtémoc, que en mucho contribuyó a ganar las eliminatorias, levantar el espíritu de grupo e implementar las estrategias del técnico. ¿Qué se podría decir contra el Chicharito Hernández, un verdadero crack de grandes ligas en potencia ¿Y qué de Giovani dos Santos, otra estrella fulgurante en formación? ¿Cómo criticar a Rafael Márquez: un reconocido jugador internacional? Y así podríamos ir, uno por uno, sin encontrar fallas en ninguno. Sin embargo, las fallas enormes existen, pero son atribuibles al aparato mediático que arma el monstruo multimillonario del Mundial: las televisoras y sus expertos en mercadotecnia, que venden deliberadamente cada cuatro años el sueño de llegar a los cuartos de final; la Federación Mexicana de Futbol; los dueños de los equipos y los patrocinadores; los fabricantes de productos chatarra y de higiene personal; las fábricas de ropa, antojitos, estampitas, jugos, cervezas, y todo lo que contribuye a lucrar con las esperanzas mundialistas de millones de mexicanos. Incluyo al Presidente, que por una montaña de dólares obligó a Javier Aguirre a aceptar la tarea de convencernos que el sí se puede se podía convertir en sí se pudo.

Era cosa de encaramar a Aguirre en el minarete del Ángel de la Independencia, para predicar a los cuatro vientos que el secreto estaba en ir al Valhalla de Sudáfrica, para morir combatiendo con las grandes potencias del futbol. Y ahí, frente a mil 200 millones de espectadores, demostrar que somos un país diferente: un país de ganadores a punto de desaparecer.

Y sí se pudo: ganaron las televisoras, los vendedores de sándwiches, y los promotores de salsitas picantes y navajas de afeitar; los fabricantes de desodorantes y, por inverosímil que parezca, los proveedores de toallas higiénicas, anunciadas por chicas que bailaban en la pantalla en microscópicos shorts gritando Mé-xi-co con camisetas de la verde.

Como en todos los deportes, hay ganadores y perdedores. Los perdedores fuimos los millones que volvimos a creer que esta era la mejor selección de todos los tiempos. Y en cierto modo pudo ser, considerando la juventud, entusiasmo y experiencia Sub-20 de los principales seleccionados.

¿Todo ese dispendio multimillonario y desperdicio de jóvenes talentos para ganar un solo juego? ¿Todas esas esperanzas marchitas para regresar a casa con la proverbial: jugamos como nunca, pero perdimos como siempre? Ah, pero le ganamos a Francia, triunfador en 1998, su único mundial. Una potencia con bombas nucleares, y la bomba explosiva de Carla Bruni, que no del todo compensa al insufrible Sarkozy, obsesionado con excarcelar a Florence Cassez. (Así que la derrota a manos de México debe haberle dolido hasta el alma.) Sí, le ganamos a Francia, una selección que llegó amotinada contra su extraño director técnico, más interesado en el teatro amateur que en el futbol; un estratega estilo Vicente Fox, que alineaba su cuadro basado en horóscopos y signos del zodiaco. ¿Cuánto costaron los médicos, entrenadores, masajistas, técnicos, uniformes, hoteles, aviones, comidas, además del viaje presidencial?

En cuanto a las inestables alineaciones de Aguirre existen dos teorías igualmente inaceptables: que obedecieron a su terquedad y a preferencias preconcebidas (inaudito en quien cobraba casi 2 millones de dólares al año), o que fueron sugeridas por los dueños de los equipos, para no arriesgar a jugadores comprometidos por una millonada con equipos europeos. Tal vez debimos pagarle mejor a nuestro director técnico, si no fuera porque el maestro Oscar Tabárez, que gana solamente 300 mil dólares anuales, seis veces menos que Aguirre, llevó al equipo charrúa a jugar semifinales, y a luchar por el tercer lugar.

Es hora de reconocer que nuestro futbol es un deporte de puertas adentro, para ser disfrutado en los clásicos nacionales. ¿Qué hacemos jugando contra Argentina y Uruguay, que han ganado dos mundiales cada uno? ¿Cómo participamos armados sólo de buenas intenciones en una competencia que se ha convertido en feudo de tres potencias deportivas: Brasil, Alemania, e Italia, que junto con Argentina y Uruguay han ganado 16 de las 18 copas del mundo. Cabe otra explicación: participamos para promover la venta de jugadores. Dice Juan Villoro (Proceso No. 1757) que en México la venta de piernas produce más dinero que los campeonatos (business is business). Cada vez resulta más claro que las banderas, el Himno Nacional, el Cielito lindo, las porras, los mariachis (¿quién los llevó?), las pelucas tricolores y las caras pintadas continúan siendo los ingredientes de un cínico negocio de cientos de millones de dólares de unos cuantos.

Hay algo rescatable en este mundial: Sudáfrica, un país que evadió la tragedia y mostró la nueva cara del continente. Para nosotros, significó olvidar por un mes nuestras grandes tragedias nacionales.