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Ver día anteriorJueves 15 de julio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Obamastán y doña Bárbara
A

l presidente Barack Obama le está yendo relativamente bien. Si hacemos caso omiso de las virulentas críticas de los medios y comentaristas de la ultraderecha, sus bonos siguen bastante altos. Desde luego que tomó posesión en un momento sumamente complicado. Heredó una crisis financiera de proporciones sin paralelo, un déficit presupuestario gigantesco y dos guerras (Afganistán e Irak). Además, tuvo que rehacer una política exterior unilateralista y desdeñosa del derecho internacional. Como si todo ello fuera poco, en los meses recientes ha tenido que hacer frente al desastre en el Golfo de México causado por la voracidad e imprudencia de la British Petroleum. Menudo paquete.

Su elección marcó un hito en la historia de Estados Unidos y Obama llegó a la Casa Blanca hace 18 meses con una agenda muy ambiciosa. Aguzó las orejas durante la campaña y fue conformando un plan de gobierno con miras a cambiar las cosas en Washington y aumentar la justicia social. Además, quiso agregarle una dimensión moral a la política y restaurar la legalidad en el comportamiento de las autoridades. Prometió luchar contra el armamentismo y buscar un mundo libre de armas nucleares.

En año y medio ha logrado (con no pocas concesiones) una importante reforma al sector salud, ha cambiado la imagen de Estados Unidos en el mundo y ha firmado un acuerdo con Rusia en el campo del desarme nuclear. También ha dado algunos pasos para restablecer el imperio de la ley en su país.

Sin embargo, se vio obligado a rescatar a los bancos. También tuvo que estimular la economía mediante un paquete de medidas que resultó sumamente costoso. Recientemente está tratando de introducir algunos cambios para supervisar el sistema financiero, una reforma que quizás se vea debilitada por los senadores republicanos. En términos generales, no está mal.

Pero también tuvo que definir su posición en torno a las dos guerras. Y aquí se le han complicado las cosas.

Por una parte, está cumpliendo su promesa electoral de poner fin a la presencia de tropas estadunidenses en Irak. El retiro total de las fuerzas armadas parece que se llevará a cabo dentro de los plazos fijados. Por la otra, Afganistán podría convertirse en una pesadilla.

Desde el inicio de su gestión el presidente Obama decidió aumentar en Afganistán el número de tropas estadunidenses y de la llamada coalición con miras a ganar la guerra contra los talibanes y fortalecer al régimen dizque democrático de Hamid Karzai. Empero, la presencia estadunidense en Afganistán peca de un mal de origen.

Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, Washington lanzó una ofensiva militar contra Al Qaeda en Afganistán y luego contra los talibanes. La guerra continúa. El objetivo de acabar con Bin Laden no se ha logrado y Al Qaeda ha multiplicado sus sedes; derrotar a los talibanes se antoja misión imposible.

¿Qué hace que una persona, una institución o un gobierno decida seguir por el camino que se ha trazado a sabiendas de que terminará por fracasar? La historia está repleta de ejemplos.

Hace 30 años la ya reconocida historiadora Bárbara Tuchman emprendió un estudio para tratar de explicar el fracaso de la política de Washington hacia Vietnam. Lo intituló La marcha de la locura y lo precedió de una serie de ejemplos históricos: el caballo de Troya, los papas renacentistas, los dirigentes británicos ante sus colonias en América del norte, y los líderes de Estados Unidos ante los acontecimientos en Vietnam. Todos ellos fueron ejemplos de casos de individuos que se empeñaron en seguir una política contraria a sus propios intereses.

Quizás hoy Tuchman agregaría el caso de Afganistán a esos ejemplos. En Vietnam se sabía que era imposible una victoria militar y que no se podría negociar una paz sin el retiro de las tropas estadunidenses. Esas eran las condiciones de las fuerzas vietnamitas. A la postre así ocurrió.

Hoy escuchamos muchos de los argumentos espurios que utilizó Washington para continuar la guerra: se trata de una contienda entre el bien y el mal; los talibanes deben deponer su actitud y sumarse a la sociedad civil que estamos construyendo; con un poco más de esfuerzo (y más tropas) se conseguirá la victoria.

Es cierto que los talibanes no son ninguna perita en dulce. Pregúnteles a los comandantes soviéticos de hace 25 años. Pero han sabido sobreponerse a los invasores extranjeros y en su momento estuvieron dispuestos a recibir la ayuda entusiasta de los entonces dirigentes en Washington para lograrlo.

También es cierto que han albergado a los líderes de Al Qaeda, mismos que siguen perpetrando atentados en todo el mundo.

Con la salida de los soviéticos, los talibanes se convirtieron en gobierno; con la llegada de los estadunidenses, se han vuelto insurgentes.

¿Por qué es tan difícil para un dirigente confesar que su política ha sido un fracaso? Sería un ejemplo de valentía.

Para demostrar que no piensa prolongar lo que ya es la guerra más larga en la historia militar de Estados Unidos, el presidente Obama anunció que iniciaría el retiro de sus tropas en julio de 2011. Teme el impacto de la guerra en las elecciones presidenciales de 2012. Sus colaboradores se apresuraron a matizar el significado de un retiro.

El anuncio de Obama tuvo también el propósito de presionar al gobierno corrupto de Karzai. Éste, empero, no parece preocupado por quedarse solo en Kabul. Por su parte, los talibanes saben que es cuestión de tiempo.

Las encuestas dicen que el presidente Obama va perdiendo la confianza del electorado estadunidense. Es normal que así ocurra, como también que su partido pierda escaños en el Congreso en las próximas elecciones. Con el tiempo el electorado se dará cuenta de los beneficios que le reportan los cambios que ya ha introducido el presidente, empezando por el sector salud. Pero si no cambia de rumbo en Afganistán, quizás no lo relegirán. Eso no es normal.