Opinión
Ver día anteriorLunes 20 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Aprender a morir

Perder sin perderse

C

on una dicción perfecta, memoria de lujo, sobrios ademanes que acompañan sus palabras y una cabellera de adolescente, a sus más de 93 años don Alberto Rodríguez Hernández, amistado consigo mismo y con la vida, vive cada día convencido de que “uno puede sentir y padecer las pérdidas, pero no perderse con ellas.

El día que me toque morir estaré serenamente preparado o, mejor, bien dispuesto para irme. Pero tampoco deseo irme, ¿eh?, aclara mientras ofrece otro tequila. “Si lo deseara ya hubiera encontrado la manera de dejar este mundo, del que me sigo enterando pero sin agobiarme por no poder arreglar nada, excepto cada día de mi existencia y de la de este perrito llamado Pingo, que es de mi hija pero a mí es a quien acompaña.

“Tres veces a la semana viene una señora que tiene la amabilidad de leerme de todo, incluso noticias. Los martes me visita un amigo con el que platico de básquet y de beisbol, no de política ni economía. Es maravilloso poder hacer lo que uno quiere sin complicarse la vida ni complicársela a nadie. Vivo con una de mis hijas y mi yerno pero ambos trabajan, así que el único trabajo que tengo es pasarla bien, con esta fortuna maravillosa de poder conservar el sabor de vivir, de ser y de saber estar, solo o acompañado pero, repito, con sabor, con disfrute, sin permitir que lamentaciones o abatimientos determinen mi vida.

Quizá por eso mucha gente no logra no digo ser feliz sino estar bien consigo misma, porque lo que le falta lo busca en el lugar o en la actividad equivocada, abunda don Alberto, obligando a nuevo choque de los caballitos. “He podido disfrutar casi de todo y de lo que no he podido no me he amargado. Tampoco he permitido que nada ni nadie me haga perder el sentido del humor. Lo que pasó pasó, y lo que no nunca me ha provocado arrepentimientos de ninguna especie.

Las copas no son imprescindibles, sostiene mientras le sirvo el tercer tequila, “pero disfruto enormemente si puedo compartirlas con alguien que sepa conversar, no discutir. Si no va a haber un resultado positivo, ¿para qué discutir? No, nunca me ganó el alcohol, seguramente por mi costumbre de haber hecho deporte.

¿Andar yo con prisas? Hombre, excepto cuando he tenido que ir al baño con urgencia. La prisa estorba a la buena vida. Que cada quien trate de vivir la suya sin más norma que disfrutar de cada día, sin sufrir ni hacer sufrir y sin morirse por algo o por alguien, concluye don Alberto.