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Reforma educativa: los pedagogos y los economistas
Manuel Pérez Rocha
L

os candidatos a la Presidencia por el PRI, el PAN y el Panal pregonan que, de ser elegidos, continuarían con el proyecto educativo que los gobiernos del PAN han implantado en los años recientes con la colaboración de la dirección del SNTE y el apoyo de la OCDE y diversos organismos privados. Como se ha señalado, este proyecto tiene una perspectiva meramente gerencial: implantar una eficiente administración de los recursos humanos del sistema educativo, esto es, de los maestros y directivos de las escuelas.

Como en una empresa mercantil, los patrones de la SEP quieren que sus empleados trabajen eficientemente y para ello ponen en el centro del problema educativo la imposición de un sistema de estímulos monetarios para maestros y directivos, estímulos basados en los resultados de exámenes estandarizados (a maestros, directivos y estudiantes). Este proyecto educativo es idéntico al que promueven en Estados Unidos tanto el Partido Republicano y la derecha como el Partido Demócrata y es promovido en muchas partes del mundo por organismos internacionales como la OCDE.

Tanta coincidencia podría sugerir que se trata de una solución adecuada a la crisis mundial de la educación. Sin embargo, este proyecto constituye lo que con tino el educador finlandés Pasi Sahlberg ha denominado Movimiento global de reforma educativa y ha caracterizado como la causa del deterioro de la educación en muchos países. Múltiples estudios han demostrado que lejos de ser una solución, ese proyecto está causando estragos. Los ejemplos abundan. La doctora Diane Ravitch (a quien me referí aquí el pasado primero de diciembre, investigadora de la Universidad de Nueva York y subsecretaria de Educación en los gobiernos de George Bush y Bill Clinton, autora de una decena de libros) puso a su libro más reciente un título que lo dice todo: La muerte y la vida del gran sistema escolar estadunidense. Cómo los exámenes y la elección están destruyendo la educación (con el término elección se refiere al sistema de bonos públicos que se ofrecen a las familias para que elijan la escuela de su preferencia). Este libro ha merecido el amplio reconocimiento de la prensa especializada, de muy diversas orientaciones políticas e ideológicas.

¿Por qué continúan aplicándose esas políticas a pesar de tantas evidencias de sus efectos destructivos? No porque tengan virtudes, sino sencillamente porque coinciden con la ideología de los intereses dominantes y porque la correlación de fuerzas beneficia a quienes las impulsan (principalmente economistas que están en los puestos de gobierno) y no a quienes denuncian sus efectos perniciosos (educadores y pedagogos). El año pasado, el Consejo Nacional de la Investigación (NRC), de las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos, publicó los resultados de un amplio estudio sobre los Los incentivos y la rendición de cuentas en educación basada en exámenes. El estudio del NRC se enfocó a revisar las investigaciones teóricas provenientes de la economía y las investigaciones experimentales provenientes de la sicología (la sicología educativa). El comité encontró una contradicción entre el optimismo de los economistas y el pesimismo de los sicólogos acerca del potencial de los sistemas de incentivos basados en exámenes para mejorar el desempeño académico, y concluye que antes de implantar sistemas de estímulos con consecuencias, deben hacerse más investigaciones.

Pero la postura de los sicólogos es no sólo pesimista como dice el NRC, sino duramente crítica, como puede constatarse en el texto del estudio, y se sustenta en los resultados de una larga tarea de investigación científica, teórica y experimental desarrollada por los principales especialistas de la materia durante cuatro décadas. El informe del NRC aporta una amplia bibliografía sobre estas investigaciones y sus resultados. No ocurre igual con los economistas, cuya postura no está sustentada en un cuerpo sólido de investigación empírica sino en lo que el informe llama un bien desarrollado cuerpo de investigación teórica.

¿Cuál es ese cuerpo teórico bien desarrollado? Es sencillamente el desvarío conceptual y teórico de quienes olvidaron que la economía es la ciencia de la administración eficiente y prudente de la casa y la convirtieron en la desmedida pretensión de explicar todo comportamiento humano (y todos los fenómenos económicos y sociales, véanse los extremos de Gary Becker) a partir de un axioma simplista, y por tanto falso: el homo economicus; axioma cuyos corolarios, la ley de la oferta y la demanda y la mano invisible que todo lo resuelve, no encuentran respaldo alguno en la formidable sabiduría que sobre el hombre han aportado la filosofía, la historia, la sicología, las letras, la antropología y la pedagogía.

Como dice la doctora Ravitch: por supuesto, si nos cobijamos en ese milagroso mecanismo que es el mercado podemos olvidarnos de enojosos problemas, como las formas de enseñar a leer o mejorar los exámenes, y a cambio ocuparnos en rediseñar la administración y la estructura del sistema escolar y limitarnos a establecer incentivos y sanciones. Para esto nada necesitamos saber acerca de la educación de los niños. Podemos olvidarnos también de un problema clave que es la motivación. Cabe aquí repetir la atinada observación del analista estadunidense Robert J. Samuelson que cité hace un año: la causa principal de estos fracasos (se refiere a los repetidos fracasos de las reformas educativas en Estados Unidos) prácticamente no se menciona: el naufragio de la motivación de los estudiantes. Después de todo, los estudiantes son quienes tienen que hacer el trabajo. Si no están motivados, aun los maestros capaces fracasarán.

Precisamente la abundante información arrojada por las investigaciones de los sicólogos, referida en el informe del NRC, muestra que los estímulos externos, como los incentivos monetarios y otros, destruyen la motivación intrínseca que es la clave del buen aprendizaje y de la ambicionada calidad de la educación. La reforma educativa no se puede reducir a medidas para mejorar la administración de personal. El reconocimiento de que la reforma educativa es ante todo un reto pedagógico debe traducirse, entre otras cosas, en ver el problema del magisterio no como un asunto de administración de recursos humanos, sino como la exigencia de crear las condiciones necesarias para que los maestros se constituyan en comunidades de enseñanza y aprendizaje que propician su permanente desarrollo profesional.

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