Opinión
Ver día anteriorJueves 19 de abril de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tom en la granja
Olga Harmony
C

asi se puede decir que Boris Schoemann ha hecho del dramaturgo quebequense Michel Marc Bouchard un autor emblemático de su actividad como director en México, al grado de que el a raíz del montaje de Los endebles de este autor formó un colectivo que se llama como esta obra. Excepto Las musas huérfanas –publicada por la editorial el Milagro junto a Los endebles y El camino de los pasos peligrosos– escenificada por Mauricio Jiménez, todos los otros textos que conocemos del autor, y ya son bastantes, han sido propuestos y dirigidos por el creador escénico que se naturalizó mexicano desde hace mucho tiempo. Ahora escenifica Tom en la granja, la más reciente obra del dramaturgo, bajo los auspicios de la dirección de Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), casi al mismo tiempo de su estreno en Quebec y en otras partes del mundo.

Son dos los temas, entretejidos por necesidad, los que toca esta obra. Por un lado, la homofobia que existe en muchas partes y por el otro, la mentira que oculta la elección sexual, propia o de otros, que en este texto se extiende hasta tocar el deseo de pertenencia del citadino Tom, encantado con la sencillez del campo, mostrado en sus acciones para permanecer en la granja y dar tranquilidad a Aga-the. La mentira termina cuando la mujer se entera de la verdad por los cuadernos del hijo muerto y con ella se acaba también la sumisión y empatía de Tom hacia Francis que lo lleva a la acción final. Muchas personas de mi generación hemos presenciado en amigos o compañeros de estudio, a mediados del siglo pasado, ese ocultamiento de la elección sexual por temor al rechazo o ser tomados por enfermos, como se les consideró hasta 1973, al grado de que los hombres gay –en las mujeres era más fácil de disimular– se casaran para guardar las apariencias haciendo desdichadas también a sus mujeres. En la actualidad, a pesar de una aceptación creciente que incluye en varias partes del mundo las bodas de parejas del mismo sexo, la homofobia azuzada por varias religiones no ha desaparecido en mucha gente, por lo que Tom en la granja, aparte de sus virtudes teatrales, sigue siendo muy vigente.

Jorge Ballina diseñó una escenografía con una pared fija con una puerta y ventanas y un suelo y mobiliario que se transforman –movidos por los mismos actores en los oscuros– para dar cocina, dormitorio, pesebres y otros lugares, todos de madera insertados en un piso de paja. En ellos, apoyados por la iluminación de Fernando Flores Trejo y la musicalización de Rodrigo Espinosa Lozano, se van dando las escenas, algunas que se devuelven como teatro narrado en boca de Tom, sobre todo al principio y al final, y otras dialogadas, con algunos movimientos, como el de Tom trepado a la mesa mientras se viste y es llamado a gritos por Agathe, con los que el director pauta la acción escénica e indica, en el caso señalado, habitaciones encima de la cocina. Los cambios de ritmo y los matices de los personajes, con un adecuado vestuario diseñado por Cordelia Dvorak –desde la sumisión y el deseo de agradar de Tom, la violencia de Francis, el dolor constante de esa madre o el bullicio extremadamente vulgar de Sara, así como la actitud de los actores cuando guardan silencio y responden gestualmente a lo que ocurre, se atribuyen por igual al director y al elenco.

Verónica Langer da los cambios y matices requeridos en cada momento por que atraviesa Agathe, esa madre dolida pero aferrada a conocer a la novia de su hijo muerto. Pedro de Tavira Egurrola hace su primera aparición profesional, tras otras que se le conocieron en el Centro Universitario de Teatro (CUT), en el protagonista de la obra y muestra su capacidad actoral que le augura una brillante carrera. Leonardo Ortizgris muy bien también como Francis, que pasa de la violencia a momentos de calma casi fraterna con Tom aunque visualmente cuesta trabajo creer que tumbe a golpes a Tavira, entre otros maltratos, que es mucho más grande que él, pero el buen desempeño de ambos permite la convención. Alaciel Molas, vulgar y estridente como Sara, mantiene la mentira hablando en inglés aunque en un momento dado se harte o se olvide, no desmerece del resto del reparto.