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A la mitad del foro

Morelos y el agravio de la miseria

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Este día 22 se cumplen 197 años de la muerte de MorelosFoto Internet
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ay una ausencia, un vacío, a la altura de los límites entre el Distrito Federal y el estado de Morelos. Así se llama. Los camineros dejaron abierto un gran espacio para erigir ahí, a un lado de la flamante supercarretera, una estatua ecuestre del generalísimo José María Morelos, del Siervo de la Nación. Algún miserable ordenó derribar ese monumento. O pasaron por ahí los falsificadores de nuestra historia. Sean quienes fueren los vándalos, no hay respuesta oficial. Ahí está el hueco infinito, insultante, inquietante.

Hace 197 años murió Morelos, encadenado, fusilado por la espalda, para añadir el estigma de traidor a los acumulados en el proceso inquisitorial. Lo trasladaron a Ecatepec, al filo del agua, de las obras para la protección del Valle de Anáhuac. Ahí llegó: A morir, me imagino. A vivir para siempre. A pedirnos, exigirnos, atenuar la miseria del pobre, mejorar su jornal. Darle escuela y trabajo. Y la brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más profunda. Si un acierto incontestable hubo en el discurso de Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional, el 1º de diciembre, ese fue el llamar hambre al hambre que padecen millones de mexicanos, cada día más, cada día de espaldas a los Sentimientos de la Nación.

Ya hace veintitrés días; movilidad continua; accionar político; acuerdos y logros en el proceso legislativo como no los veíamos hace muchos años. Hoy hizo una pausa. El Presidente de la República volvió al estado de México, a Ecatepec, Morelos, a rendir tributo al libertador, a conmemorar el 197 aniversario de su muerte. Y asumir el compromiso de reducir el número de mexicanos que padecen hambre. A esta hora no lo sé. Espero que ahí mismo, ante el gobernador de Morelos, Graco Ramírez, ante el gobernador Eruviel Ávila, su paisano, ante Francisco Arroyo Vieyra, presidente de la Cámara de Diputados, haya girado instrucciones precisas para que vuelva a erigirse la estatua ecuestre derruida. De inmediato. Y proceder con las averiguaciones hasta que sean puestos en la picota los falsificadores de nuestra historia, autores del atentado.

Mientras los augures de advenimientos apocalípticos, anticipaban accionar autoritario, el imposible retorno del pasado a una realidad nueva, Peña Nieto redescubría Palacio Nacional y el valor deslumbrante del espacio histórico, de la memoria histórica. Ahí despacha. No solamente en las sesiones de los organismos de seguridad. Recorre los salones y platica con sus visitantes sobre la ubicación de cada cuadro, de cada mueble; de no tocar nada ahí, ociosamente. Y recuerdo el presuroso abandono del despacho presidencial a partir del sexenio diazordacista: el poblano trabajaba por la mañana en Palacio, por la tarde en Los Pinos. Luego despacharon únicamente en Los Pinos y dejaron Palacio para la recepción diplomática de cartas credenciales. Y, desde luego, para dar el Grito la noche del 15 y presidir el desfile del 16 de septiembre.

Lo que volvió, ausente por resabios de oposición infantilista, fue la política; hacer política, debatir en busca de acuerdos; aceptar los desacuerdos y abandonar la confrontación por sistema, por incapacidad de reconocer los límites y alcances de una transición de gobiernos divididos. No por la fantasía del carro completo, sino porque se sabe que la política trata de lo real y lo posible. Si cambió la realidad, hacer política, no. Pacto lo llamaron los tres dirigentes. Sea. No es un matrimonio, no es conjura de notables: es el acuerdo de representantes para incluir lo esencial, lo que es prioridad para cada uno. No es, en modo alguno, nueva o disfrazada fórmula de cogobierno. Y para sorpresa de los empeñados en dar vueltas a la noria, funciona: aprueban reformas constitucionales, acuerdan mayor autonomía para el Ifai.

Nuevo gobierno, nuevas formas en lo que fuera un marasmo de 15 años en la transición. Nuevas formas que son las de siempre, las del quehacer político cuando los actores se ocupan de la cosa pública: proponer una reforma educativa bajo la premisa de la rectoría del Estado en la educación pública, laica y gratuita. Los regateos, las demandas del sindicalismo, la búsqueda del cambio de mando en el SNTE, o la lisa y llana sentencia de retiro para la maestra Elba Esther Gordillo, vienen con el territorio, son parte de las pugnas del poder. La evaluación es ineludible. Ha de ser justa. La reforma pone fin a la venta de plazas, a plazas heredadas.

Lo importante es que mejore la educación, se capacite a los maestros y aumenten las horas de escuela, tanto para adquirir conocimientos como para que los educandos puedan recibir dos comidas calientes al día. Por eso urge que Emilio Chuayffet acelere el paso del censo cuya realización instruyó el Presidente el 1º de diciembre: para que sepamos cuántas escuelas, cuántas aulas, cuántos alumnos, cuántos maestros hay en el sistema educativo nacional. Y en qué condiciones están. La CNTE ya prepara el combate contra la reforma (privatizadora, dicen) y para abrir nuevo frente contra Elba Esther Gordillo. EL SNTE ya inició el combate. La reforma se aprobó, están en marcha los cambios, aseguró Manlio Fabio Beltrones: los dirigentes del sindicato saben hasta dónde pueden llegar, dijo. Lo del pasado es para las memorias. El que quiera avanzar que los siga o monte en ancas.

Por los caminos del sur asustan. Peña Nieto va a Acapulco, ofrece recursos y escucha la voz del gobernador Ángel Aguirre, emocionado apóstata que milagrosamente recuperó la memoria. Hay en Guerrero, señor Presidente, 12 mil profesores que cobran sin dar clases, dijo. La maestra milagrosa exige pruebas y demandará judicialmente al entusiasta gobernador. Cosas de códices mayas, del fin del mundo que asusta a las ranas, entusiasmó al orbe entero y puso a cantar a Roberto Borge, gobernador de Quintana Roo. Cuentas del 13 Baktun. Mientras Manuel Velasco, novel gobernador de Chiapas, demandaba cuentas claras de Juan Sabines, se aparecieron los zapatistas entre la bruma.

Cuarenta mil integrantes del EZLN surgieron de la nada y aparecieron en ordenadas filas multicolores de relucientes pasamontañas negros. En Ocosingo, San Cristóbal de las Casas, Palenque, Altamirano y Las Margaritas, marcha ordenada de ensordecedor silencio. Acteal en la memoria y la comunicación del subcomandante Marcos. Quedó en claro que estamos ante un nuevo ciclo de la vida maya. En Mérida, el presidente Peña Nieto asistió a la inauguración formal del Gran Museo del Mundo Maya, abierto al público por Ivonne Ortega. Con afecto y entusiasmo inocultables se saludaron el Presidente y Rolando Zapata Bello, gobernador de Yucatán. Presente, Carlos Ramírez Marín, secretario de la Reforma Agraria, y yucateco de cepa. Desde luego, Emilio Chuayffet, de Educación, y Rafael Tovar y de Teresa, director de Conaculta.

Se diría ya amaneció. Pero persiste un sombrío rencor entre grupos de la extrema derecha. Y las obligadas tareas organizativas de un partido político mantienen en lento hervor a la feligresía de Morena. El combate al crimen organizado no es, ni con mucho, prioritario en el nuevo gobierno. Pero la guerra de Calderón tuvo efectos multiplicadores entre las bandas. Hay 50 o 60 donde hubo ocho o 10, dice la PGR en la que Jesús Murillo Karam habla sin tapujos.

La barbarie que derribó la estatua ecuestre de Morelos, la que incendia Michoacán desde Uruapan hasta Nueva Jerusalem, son tizones del mismo fuego. Bienvenido el cambio, pero hay que dar pasos firmes al avanzar con esa rapidez.