Opinión
Ver día anteriorDomingo 23 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El gran secreto
S

ucede con los plagiarios de textos literarios lo mismo que con los malos discípulos o los imitadores de un estilo; suelen apropiarse más de los errores de los maestros que de sus virtudes. En el caso de Rory Jansen (Bradley Cooper), un novelista sin originalidad ni talento, cuyos textos son rechazados una y otra vez por los editores, a veces con argumentos perversos (“su texto es muy bueno, pero demasiado ‘interior’ para nuestros lectores”), la idea del plagio le llega sin embargo, como todo lo demás, de modo accidental, sin que su endeble voluntad intervenga mucho en el asunto. El gran secreto (The words), de los estadunidenses Brian Klugman y Lee Sternthal, narra con agilidad y un reiterado recurso al flash-back, las vicisitudes de Jansen, escritor frustrado que a punto de renunciar a su vocación literaria y procurando una satisfacción compensatoria en una relación amorosa, descubre por azar en su viaje de bodas a París y en una visita a una tienda de antigüedades, el manuscrito de una novela espléndidamente escrita, jamás publicada, cuya trama se ubica a finales de la Segunda Guerra Mundial. El descubrimiento atiza su curiosidad y el deseo de renovar su propio estilo copiándola palabra por palabra, a manera de un inocente ejercicio privado, hasta que a instancias de su esposa, quien toma el resultado como una creación original de Jansen, se decide a proponerla a sus editores como una novela propia, culminación al fin exitosa de sus largos intentos estériles.

El asunto se presenta como una parábola sobre la creación literaria, pero sobre todo como un juego de los espejismos de la ficción y su vinculación compleja con la realidad. Una vez que el protagonista conquista en los círculos literarios una celebridad tan inmediata como inmerecida, su fatídico encuentro el verdadero autor de la obra que ha plagiado, le hace cobrar conciencia de la gravedad del hecho consumado y del vacío, esta vez insalvable, de su propia existencia anodina. El autor despojado de su obra es un doliente anciano (Jeremy Irons), cuya complaciente manera de rumiar sobre los estragos de su pasada vida sentimental haría dudar a cualquiera de su primera genialidad literaria. A este hombre no lo anima espíritu alguno de revancha ni tampoco un apetito de reconocimiento tardío: está demasiado ocupado en su infatigable ejercicio de autoconmiseración moral, del cual el joven plagiario es testigo privilegiado. Se sugiere incluso que el encuentro fortuito de estas dos generaciones –dos frustraciones de calibre distinto– pudiera al fin ser el tema de una novela interesante. La película no muestra demasiada sutileza al confrontar las dos experiencias y opta, en el caso del anciano, por el tono satisfecho de una admonición moral dirigida al joven (En la vida tomamos decisiones, lo difícil es sobrellevarlas), o por la lamentación impotente, saldo de una decisión equivocada (Mi error fue haber preferido las palabras a la persona que las inspiró). Hay en los dos casos, el del joven ladrón de palabras y el de su víctima propiciatoria, dos historias paralelas de un desencuentro amoroso, y dos reflejos también de una misma ambición artística truncada por el azar o por una debilidad de carácter.

El guión, obra de los realizadores, complica el asunto con una astucia aventurada: todo el relato es en realidad la trama de una novela (Las palabras), de un enigmático autor exitoso, Clay Hammond (Dennis Quaid). En una puesta en abismo que incluye al primer relato en un relato mayor referido retrospectivamente, y que azarosamente salta de una década a otra mostrando dos rostros de un mismo personaje (el joven/viejo autor de la novela plagiada) y dos aspectos de un mismo impostor literario (Rory Jansen y su versión madura, Clay Hammond), para sugerir que en la confusión entre ficción y realidad hay espacio suficiente para imaginar toda la historia como una autobiografía (no)velada del propio autor de Las palabras.

Si hacemos caso omiso del desafortunado tono plañidero del personaje que interpreta un Jeremy Irons laboriosamente envejecido, con su fardo de sentencias solemnes que aspiran a ser trascendentes, lo que queda es una historia interesante sobre una crisis de identidad a la que el cine estadunidense recurre últimamente con una insistencia reveladora. Desde Más extraño que la ficción, de Marc Forster, y antes de ella Los enredos de Harry, de Woody Allen, hasta Ruby, la chica de mis sueños, de Jonathan Dayton y Valerie Fris, estupenda sorpresa en la cartelera comercial, la creación de personajes literarios y su fusión accidentada con protagonistas reales, es la metáfora ideal de algunas de esas conductas bipolares que en el mundo contemporáneo generan las mejores comedias y también algunas de las tragedias más perturbadoras, desde Hollywood hasta Connecticut, en un periplo realmente vertiginoso.

Se exhibe en salas de Cinemark, Cinemex y Cinépolis.