Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 9 de junio de 2013 Num: 953

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Para volver al
pensamiento francés
del siglo XXI

José María Espinasa

Una ciudad para
José Luis Sierra

Marco Antonio Campos

La ciudad de José Luis
Stefaan van den Bremt

Falange y sinarquismo
en Baja California

Hugo Gutiérrez Vega

La raíz nazi del PAN
Rafael Barajas, el Fisgón

Memoria de la ignominia
Augusto Isla

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Columnas:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
Al Vuelo
Rogelio Guedea
La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
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Francisco Torres Córdova
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La casa rota

A pesar de sus cimientos y el amparo de su techo y la altura de sus muros, sólo basta un parpadeo de violencia, un estruendo de metales o la tenaz y sigilosa mordida que acierta la miseria, para desprender la casa de las manos que la hicieron, para arrancarla de la tierra y echar a la deriva su planta en una distancia ya sin geografía. Ahí donde alguna vez estuvo queda apenas una sombra que flamea a cielo abierto, polvo que destella sordo a las voces que fueron su cocina y sus rincones, y silencio que zumba las moscas que engendraron su saqueo o tirita en sus escombros y cenizas. Sin la casa los caminos se confunden y extravían, y ya no hay más gesto de familia, no más viajes que inaugure, no más regresos que nutran su nostalgia. A sólo un paso del umbral que fue su puerta, donde rasgos consanguíneos del paisaje, un sendero o una calle y un nombre cotidiano y entrañable la llamaban y ella respondía, se abre de golpe, siempre vertical aun en sus planicies y llanuras, una vastedad endurecida y seca que deshoja las rosas de los vientos y quiebra las líneas de los mapas que fueron en el mundo; una lejanía que cierra y sitia los puntos cardinales, que todo lo detiene, lo cancela y lo suspende en la cima de la nada, en eso que yergue y encumbra y es ninguna parte. Con la casa rota, demolidas sus promesas, el cuerpo expulsado, perseguido, mutilado de su espacio, si acaso sobrevive, arrojado a esa intemperie sin aliento ni horizonte se mueve en el vacío  cargado de vacío; sobre sus pies titubeantes y deformes pesan sus pasos sin rumbo, y porque son hijos del exilio, pesan también en sus hombros los caminos. Una multitud él solo –43 millones de personas en el mundo según la oficina del Alto Comisionado de la onu para los Refugiados, ACNUR– el destierro que avanza es largo, profundo y estrecho; la memoria que lleva es a la vez inefable y precisa: su voz expone el crimen y convoca el peligro; su secreto corroe la blancura de los huesos. Sin remedio levanta entonces su tienda en un resquicio entre fronteras y discursos, entre banderas y bandos, en un tiempo frágil, afiebrado y hambriento, con los ojos amarillos de cansancio y miedo, con la vida al filo de sí misma, a pulso y pasos que retumban en la grava de la ausencia. Y sin embargo, en ese amasijo de todas las orillas, tiende su último lecho para la última semilla de la sangre, que es su estirpe, su lenguaje:  “¿Adónde iremos después de la última frontera? ¿Dónde volarán los pájaros después del último/ cielo? ¿Dónde dormirán las plantas después del último aire? Escribiremos/ nuestros nombres con vapor/ teñido de carmesí, cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne./ Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí… nuestra sangre plantará sus olivos” (“La tierra se estrecha para nosotros”, Mahmud Darwish.).