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Oscár Castro adaptó para El indio que camina sobre el mar las vivencias de su exilio en París

Actor chileno lleva a escena drama de migrantes que cruzan el Mediterráneo
Foto
Un surfista se aventura a las agitadas aguas del mar MediterráneoFoto Ap
 
Periódico La Jornada
Jueves 15 de diciembre de 2016, p. a11

París.

El actor chileno Óscar Castro, quien dirige hace años un teatro en los suburbios de París, decidió adaptar una obra que escribió contando las vivencias de su exilio y trasladándolas al drama que viven miles de migrantes que cruzan el Mediterráneo huyendo de la guerra, la violencia y la pobreza.

En esta odisea teatral, una tormenta deja a los dos protagonistas abandonados en medio del mar, donde se cruzarán con el indio Amaru, que tiene por misión ayudar a estos dos hermanos que salieron de Malí en búsqueda de la tierra prometida, dijo el autor del libreto de El indio que camina sobre el mar.

Castro, septuagenario de mirada triste y ojeras marcadas, entra en escena con un cinto tradicional mapuche en la cabeza: es el indio que camina sobre el mar. Habla francés con un marcado acento que el semanario satírico Le Canard Enchainé consideró como para limar con cuchillo. En el escenario, se introduce en el sueño de Madi, migrante que en me- dio de la travesía cae inconsciente.

Sin papeles en escena

En la vida real, el protagonista de la odisea se llama Madi, al igual que en la obra. También es originario de Malí y para llegar a Francia tuvo que cruzar el Mediterráneo. Hoy sigue sin papeles. Me gusta mucho esta obra porque habla de mi historia, contó Madi, quien reconoció que hay noches en las que le resulta difícil subirse al escenario y revivir la pesadilla que sufrió.

Toda la obra es narrada por François Essindi, músico camerunés de 46 años.

Este año, al menos 4 mil 742 migrantes han muerto intentando cruzar el Mediterráneo, según datos de la Organización de las Naciones Unidas.

Castro fundó el teatro hace 50 años en Chile, pero después del golpe militar en 1973 fue encarcelado y pasó dos años en un campo de concentración. Su madre, mujer de derechas, fue a visitarlo y fue retenida por los militares. Hasta hoy sigue desaparecida.

Entonces decidió crear una obra en la que personificaba al alcalde de la ciudad que vivía sitiada por alambradas, que la protegían de un mundo exterior hostil, donde había una dictadura. En la obra, los únicos libres eran los presos y esa fantasía tenía efectos terapéuticos. “Un día un preso me dijo: ‘ya no cuenten más chistes, que me duele cuando me río’”, explicó. El prisionero había sido salvajemente torturado por los militares, pero esa noche no pudo contener la carcajada.

Todavía somos lobos

Cuando lo liberaron se exilió a Francia e instaló su teatro Aleph en la localidad de Ivry-Sur-Seine.

Lamenta que hoy la acogida de los refugiados no sea la misma que él recibió. Era otra época, porque era gente de izquierda la que venía de América Latina. Aquí había una izquierda fuerte. Había solidaridad, afirmó. El actor chileno usa una metáfora para explicar la barbarie.

Para que el lobo se transformara en perro tuvieron que pasar 10 mil años, entonces para que el ser humano se transforme en humano todavía falta. Todavía somos lobos, dijo antes de darse la vuelta para seguir atendiendo a sus invitados, a quienes después de la obra agasaja con un plato de sopa y una copa de vino.