Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de noviembre de 2007 Num: 662

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Una polémica con
Ortega y Gasset

ARTURO SOUTO ALABARCE

Sánchez Mejías: las tablas, el ruedo y la vida
OCTAVIO OLVERA

Mujeres poetas del ’27:
un olvido que no cesa

CARLOS PINEDA

Breve antología

La danza de los quarks
NORMA ÁVILA

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Ana García Bergua

Arruga

Sabes que te acostumbrarás a vivir con ella. Sin embargo, el día en que la descubres te da la impresión de una edificación nueva, extraña, que alguien hubiese plantado en tu paisaje de todos los días –ese paisaje al que te asomas en el espejo, cada día con un poco más de recelo, con la sensación de no saber bien a bien quién aparecerá ahí. Te parece, de entrada, una enfermedad, una marca de las sábanas, algo transitorio que quizá por arte de magia desaparezca, hasta que te vas dando cuenta de que el hondo trazo piensa quedarse ahí, junto con los anteriores a que te has acostumbrado: lo que te pasa es algo que se llama “años”, o “vida”, o “susto”, y te consuelas diciéndote que es de mucho sonreír, un castigo por algo que, a cambio, te ha dado mucho. No quisieras pensar que es por haber penado o sufrido, porque tendría un tinte injusto, como si tu rostro echara leña al fuego, pero también podría ser. Algo así como un trofeo, pero de papel de estaño.

Como muchas, tal vez, te estiras la cara con las manos tratando de recuperar aquella imagen que se fue hace tantos años y que nadie parece recordar ahora excepto tus seres más queridos y cercanos, familiares que te siguen tratando a ratos como a la niña que fuiste, o amigos a los que ves y te siguen viendo con las confianzas de la adolescencia y la juventud compartida, como un secreto que guardaran todos en un cajón recóndito, ubicado en otra dimensión, pero presente en las palabras y en el trato lleno de bromas y sobreentendidos. Como muchas quizá, también, piensas en los remiendos de los cirujanos con un poco de esperanza y también de miedo: el día en que no pudieras vivir con eso, con la cara recordándote el tiempo que lleva encima de ti, podrías recurrir a uno de esos médicos, como cuando tus muñecas se rompían y tu madre te consolaba diciéndote que las podían llevar al hospital de muñecas, aunque siempre te terminaba comprando otra. Pero te tranquiliza pensar que existe un hospital para las muñecas grandes como tú, cuando se convierten en gente y no lo pueden soportar, y no pueden comprarse otro ejemplar de sí mismas. Piensas también en el alivio de los cosméticos, todo lo que te puedes untar en la cara, como los miembros de una tribu del África, como una demostración de que, finalmente, todo este tiempo no ha sido del todo tiempo perdido: habrá quien te aprecie por el perfume de lo que has llegado a ser, si es que algo has llegado a ser, más que esta marca que te surca el rostro, esta mañana, de manera tan desconcertante, como un rayón en aquel dibujo tan controlado, que, con todo, te parecía que iba bien, que no se notaba tanto. Piensas en tantas cosas. En que si fueras, por ejemplo, una artista conceptual, pintarías cada marca que sale en tu piel de un color distinto y te fotografiarías con varias expresiones: titularías tu obra “mapa”, o “hijos”, o “trancazos”. ¿Quién me dijo hace días que alguien más había dicho que después de todo no somos sino cadáveres animados?


Imagen cortesía de ipkitten.blogspot.com

Piensas en muchas mujeres mayores que tú, a las que admiras: escritoras, pintoras, músicas, y en si habrán dedicado al hecho de arrugarse muchos pensamientos; seguramente menos de los que dedicarán tú y tus compañeras de edad, rodeadas de carteles y anuncios que obligan a la juventud, como un Gran Hermano rosado y terso, omnipresente y ligeramente amenazante. Piensas en todo lo que puedes leer y viajar y pensar y conversar con y sin arrugas. Te acuerdas de toda la gente que conoces y has conocido: cuántos de ellos no te han parecido ancianos amargados desde tan jóvenes, cuántos muchachos de veintitantos que cargaban ya, adentro de sí, el peso de un funcionario o un diplomático gordo y cebado de sesenta años, una matrona de gran casa, con hijos y nietos y servidumbre, vida social de periódico; cuántos, por el contrario, que a edades supuestamente provectas atesoran aún la capacidad de la sorpresa, cierta limpieza de alma, esa maravilla que es no tomarse las cosas tan en serio, a sabiendas de que el tiempo pasa por encima de todos.

Piensas tantas cosas. Por lo pronto, que terminarás acostumbrándote a vivir con ella, al igual que hiciste con las anteriores, y al igual que vives con otras tantas cosas que cada vez son menos lisas: ideas, preguntas, deseos, relaciones, y que a la larga has terminado por preferir así, complejas como formaciones rocosas, como las grutas, llenas de joyas y cacharros, como los tesoros que deja un niño en sus sábanas arrugadas, y que descubres cuando tiendes su cama al amanecer.