Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de noviembre de 2007 Num: 662

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Una polémica con
Ortega y Gasset

ARTURO SOUTO ALABARCE

Sánchez Mejías: las tablas, el ruedo y la vida
OCTAVIO OLVERA

Mujeres poetas del ’27:
un olvido que no cesa

CARLOS PINEDA

Breve antología

La danza de los quarks
NORMA ÁVILA

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGUELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
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Juan Domingo Argüelles

1968: Poesía e historia en México (I DE II)

El año de 1968 fue crucial no sólo para México. En varias partes del mundo, especialmente en Europa, en 1968 se produjeron cambios que resultaron decisivos para la sociedad, la cultura y, dentro de ella, el arte y la literatura. En ese año se definieron muchos de los rumbos de la sociedad, a tal grado que, como señaló alguna vez Octavio Paz, lo mismo para Francia que para Polonia, Checoslovaquia o México, “una de las consecuencias de los acontecimientos de 1968 es la división entre una cultura independiente, por naturaleza crítica, y una cultura burocrática y oficialesca”.

En el desarrollo de la historia moderna, 1968 fue un año de rupturas y renovaciones: de búsqueda de cambio en los diversos órdenes de la sociedad. El arte, la literatura, la poesía no fueron excepciones. Cambio, utopía y libertad son los términos que definen mejor esa segunda mitad del siglo xx . En ese año se ejemplifica de manera innegable el fenómeno de la tradición de la ruptura y la ruptura de la tradición, del que tan lúcidamente escribió Paz: renovarse, pero sin ignorar las herencias culturales; valorar y apreciar las herencias, pero sin quedarse anclado en el pasado. Y, todo ello, en un ambiente de libertad sin el cual son imposibles el arte nuevo, la nueva literatura, la poesía renovadora.

El 5 de abril de 1968, en una carta dirigida a Arnaldo Orfila Reynal, desde Nueva Delhi, Octavio Paz (que ya anunciaba su decisión de retornar a México para reinsertarse en la vida cultural del país) expresaba: “Queremos traducir el arte y el pensamiento nuevos a nuestra lengua y en esto nos sentimos herederos de nuestros románticos de 1860, nuestros modernistas de 1900 y nuestros vanguardistas de 1925... No nos interesa tanto escribir obras maestras –para eso más vale que cada uno se quede en su casa y se enfrente con su genio o su falta de genio– como crear una atmósfera de libertad y rigor sin la cual la vida intelectual y literaria es irrespirable. Esa atmósfera no existe ahora en América Latina. ¡Oxígeno, aire libre!”


Foto: cortesía de www.elpais.com

A decir de Carlos Fuentes, la realidad actual de México no es comprensible ni inteligible sin el '68. En ese año, como bien señala, comenzó a modificarse y renovarse drásticamente la realidad cultural, social y económica del país. Histórica y políticamente, los sucesos represivos de 1968 son punto de partida de la transformación social y cultural del país. Fuentes sostiene que, con la represión y muerte de los estudiantes, la noche de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968 “terminó la revolución institucional en México y adquirió plena fuerza algo que nunca estuvo muerto: el movimiento social”.

Época de sucesos culturales que cambiarían los conceptos estéticos, la segunda mitad del siglo XX es particularmente rica en esas señales decisivas que entran en crisis en 1968. En 1967, en la narrativa latinoamericana, Gabriel García Márquez publica Cien años de soledad, obra que modificó el panorama literario de Latinoamérica, y un año después, Julio Cortázar entrega un libro emblemático de esa época 62/Modelo para armar, obra que apela absolutamente a la participación del lector, aún más que Rayuela (1963), pues desde las primeras líneas avisa a ese lector de “diversas transgresiones a la convención literaria”.

Cortázar propone un montaje personal de los elementos del relato, como piezas permutables de la narración, como desplazamientos que buscan liberar de toda fijeza el convencionalismo literario. El lector se convierte también en autor, y esa libertad que se le propone, y que acepta, modificará de manera decisiva la participación, hasta entonces pasiva, del que lee. 62 se desprendía precisamente del capítulo 62 de Rayuela , para llevar a los últimos extremos la libertad del lector.

Parecido ejercicio es el que emprende Octavio Paz en Blanco (1967), poema permutable, que ofrece al lector libertad incluso con respecto a los límites de la página. La experimentación literaria y poética nace como respuesta a lo irrespirable, al marco ceñido de lo convencional. “La página escrita –señala Paz– debería ser simultáneamente color, sonido, sentido y hasta olor. El libro se vuelve un objeto sensible y semántico al mismo tiempo: significa, dice, canta, huele [...] abre la puerta a la iniciativa del lector: cada uno puede barajar las páginas del libro a su antojo y obtener, por medio de cada una de esas combinaciones, un texto distinto. El lector se vuelve poeta. [...] La lectura no es sólo contemplación sino desciframiento y crítica: el cielo se vuelve texto...”

(Continuará)