Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de febrero de 2008 Num: 677

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De un ciego resplandor
CHRISTIAN BARRAGÁN

Sic Transit
ATHOS DIMOULÁS

Vagabundos en la
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W. G. Sebald,
El viajero y el tiempo

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Vagabundos en la propia tierra

Juan Manuel García

 

El exilio del alma en cada una de nuestras palabras, en todos nuestros movimientos, buscando un lugar que existe en tu corazón, una parte del presente y del pasado. Todo está conectado, y a la vez dislocado. En lugares tan distintos, evolucionamos de la misma forma, como una función fisiológica que fuera terminando lentamente. El exilio del alma en este mundo mecánico. El exilio del alma.

Tanghetto


Ilustración de Josh Reyes

Pertenecer a un lugar, tener una religión, practicar deporte o implementar hábitos conocidos y reconocibles para los otros, nos identifica con ese “ mundo” que se nos antoja diverso e inasible. Identificarse, accionar, conectarse con aquello que está de moda es cool o nos pone in, modifica sustancialmente los comportamientos individuales y colectivos.

Si viajamos incluso en un recorrido por nuestro entorno inmediato, nos reconocemos diversos y globales a la vez. Las ideas de identidad, pertenencia, autenticidad o personalidad se ven distorsionadas por los cánones establecidos por la moda, internet, la publicidad, el espectáculo y la información mediatizada.

Cientos de canales de audio y video, montones de celulares, computadoras, objetos chic y miles y miles de símbolos y códigos se afianzan en la conciencia individual y colectiva para expulsarnos del antes paraíso unívoco de razas, creencias y culturas indisolubles.

Somos vagabundos en la propia tierra, con nuestro equipaje de nostalgias, nuestros fetiches para asirnos a algo y comulgar aunque sea en un concierto de música ranchera con “lo nuestro”, pese a que eso que escuchamos ya no se parezca en nada a lo que oían nuestros padres y abuelos.

Nos lanzamos al exilio en un continente de vacíos, pues como afirma Maffesolli, estamos divididos entre la nostalgia del hogar, con todo lo que tiene de reconfortante y matricial, con todo lo que tiene también de apremiante y de asfixiante, y la atracción por la vida aventurera, en movimiento, vida abierta a lo infinito y lo indefinido, con todo lo que tiene de angustia y de peligro.

Formamos tribus identitarias, ghettos, cofradías, en búsqueda de la individualidad y del todo al mismo tiempo para conectar lo próximo con lo lejano. Así, desde casa, con algunos amigos, se viaja, se sueña con viajes virtuales. Dentro del marco de “la tribu contemporánea” uno sale de sí mismo a desenvolverse y, a través de este éxtasis, a comulgar con fuerzas cósmicas, a navegar por internet. En ese sitio donde se supone había separación, ruptura y distinción, renace una perspectiva global, de religiosidad inusitada.

Entonces el éxodo y la añoranza por lo perdido, el tiempo pasado o las prácticas anteriores paradójicamente se vuelven certeza, un hábitat y modelo de todos aquellos que hacen del errar y vagabundear un estilo de vida tanto individual como social.

El exilio y la vida errante nos incluye de facto en un conjunto social diverso del propio, este conjunto es global, mecanizado y uniforme, perdemos entonces la individualidad o ganamos la colectividad según quiera verse.

MOCHILA DE PERTENENCIAS

Con los éxodos, exilios y autoexilios se van construyendo las migraciones. Éstas desafían la idea de que cada cultura ocupa y se identifica con un territorio. Símbolos, tradiciones, músicas, comidas e historias viajan, atraviesan fronteras, son reinterpretadas, difundidas o rechazadas. Se entremezclan con otras, compiten, se olvidan. Son traducidas, ecualizadas, multiplicadas.

¿Qué identidad o cultura tenemos los mexicanos? ¿Qué nos diferencia de un japonés o un senegalés? ¿Cómo consumimos y qué referentes nacionales o regionales tenemos? ¿Quién en Nueva York o Ciudad de México puede sentirse patriota de qué? ¿En dónde buscar el viejo acetato para emborracharnos de nostalgia con un vallenato o un tango?

Somos multiculturales, en movimiento constante e imbuidos de información y cibertecnología que nos dictan el comportamiento a seguir. Así, u no de los procesos clave que transforma la organización del tiempo y el espacio se relaciona directamente con las tecnologías de comunicación. Ya no puede, por tanto, asociarse de modo simplista “cultura” y “territorialidad”. Los medios masivos difunden significantes y textos globales –que sean entendidos de la misma manera por todos, seamos extranjeros o no, e incluso migrantes en el propio país– a través de los cuales los significados son negociados y disputados en niveles locales, nacionales, de clase, género o generación.

Para el filósofo Eduardo Subirats, este hecho constituye la parte fundamental de la espectacularización y el espectáculo:

Los sistemas y redes electrónicas de comunicación han adquirido una nueva dimensión ontológica y antropológica. Su función no reside en la manipulación de la conciencia, sino en la producción de realidad. Dos son sus características elementales: uno, la atomización, deconstrucción y desintegración de lo real bajo sus aspectos biológicos, lingüísticos, culturales y sociales; dos, la construcción corporativa y tecnocéntrica de un nuevo humano. La gasificación de la experiencia y lo social es su última consecuencia.

TENGO UNA CAMISA NEGRA

Tatuados por el exilio permanente de “no encontrarse” o de encontrarse en todos y cada uno de los lugares que frecuentamos (antros, cines, librerías, cafés, centros comerciales y playas, por ejemplo), no existe quizá otro mecanismo más identitario y de añoranza por lo pasado y el anhelo del futuro al mismo tiempo que la moda.

En películas, revistas, decoraciones de restaurantes y demás sitios de ocio, la moda promueve el principio de cohesión de las sociedades contemporáneas, para no extrañar nada o avivar la nostalgia de acuerdo con el mercado en cuestión. ¿Cómo un individuo o una sociedad diversa entre sí puede reconocerse como una en la marca de ropa que se usa, los tenis, el modelo de televisor o el último automóvil deportivo del siglo? Nuevamente, la paradoja del exilio: salir para encontrarse en los otros, pero ligado a las costumbres, discursos y visiones del origen.

Ya en el célebre libro El imperio de lo efímero, Gilles Lipovetsky afirmaba que, por un lado, la moda ha homogeneizado los gustos y los modos de vida pulverizando los últimos residuos de costumbres locales, ha difundido los estándares universales del bienestar, del ocio, del sexo, de lo relacional, pero, por otro lado, ha desencadenado un proceso sin igual de fragmentación de los estilos de vida.

Esta fragmentación conlleva a que cada vez tenemos menos unidad en nuestros hábitos de consumo, por ejemplo, al igual que otros aspectos: la familia, el trabajo, los amigos, las diversiones.

Vivimos en una disparidad de estilos de vida y aun con ello se lucha por mantenernos cohesionados en un informe cuerpo social más parecido a un Frankenstein que a Rodolfo Valentino.

Vagabundeamos y erramos sin parar, con el alejamiento a cuestas y la globalidad al alcance de un click. Modernos judíos errantes en la mirilla de la nostalgia siempre por encontrar algo que no sabemos bien a bien si lo buscábamos o no, porque hay quienes dicen que no hay que buscar, sino encontrar así de manera azarosa y fortuita cada una de las cosas importantes de nuestra vida.