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El artista ilustró la redición de los 50 años de la publicación del relato de Julio Cortázar

José Muñoz dota de claroscuros al mundo del jazz de El perseguidor

En la galería madrileña Espacio Sins Entido se exponen las láminas originales

Entinto groseramente. Soy un pintor de blanco sobre los errores negros, afirmó el dibujante

Armando G. Tejeda
 
Periódico La Jornada
Domingo 3 de enero de 2010, p. 2

Madrid, 2 de enero. Al saxo se le ha roto el alma, dice Johnny Carter, genio del jazz adicto a las drogas que vive con la obsesión de que su propia vida va 15 minutos por delante de él, de su presente.

Johnny Carter es en realidad el personaje del relato de Julio Cortázar El perseguidor, que a su vez se inspira en la vida de Charlie Parker, y que ahora, cuando se cumple el 50 aniversario de su publicación original, se ha editado en España con ilustraciones de José Muñoz, cuyos originales se exponen en el madrileño Espacio Sins Entido.

El perseguidor, editado por Libros del Zorro Rojo, reúne una de las narrativas más celebradas de Cortázar en los círculos jazzísticos, por su declarada devoción a esa música y a sus precursores, como Bix Beiderbecke, Louis Armstrong o Fats. Pero la nueva edición de este relato contiene además una serie de ilustraciones del artista argentino José Muñoz, en blanco y negro –como los ambientes propicios para el jazz, tanto del Nuevo Orleáns de los años 50 del siglo pasado que del París de la misma época–, donde se muestran esos escenarios oscuros, iluminados si acaso por los compases arrebatados y salvajes de alguna de las improvisaciones históricas de Charlie Parker.

Saxo de alma rota

Porque tanto el relato de Cortázar como las ilustraciones de Muñoz pretenden recordar la vida de ese saxofonista genial que vivió presa de su propia genialidad, en la que había, según su propia experiencia, una especie de arritmia temporal entre lo que vivía y su presente. Pero también está su profunda adicción a las drogas, el sexo decadente de las callejuelas parisinas, las prostitutas y los pinchazos de heroína en hoteles de quinta, con sus ventanas rotas y las sábanas desechas con rabia.

Cuando Johnny Carter, el personaje de Cortázar, está prácticamente acabado, con su vida y su salud hecha añicos, con su reputación como músico de jazz por los suelos, con la mirada perdida y el rostro chupado por la droga y los excesos, simplemente exclama: Al saxo se le ha roto el alma.

Foto
El perseguidor permitió a Muñoz hacer ilustraciones de carácter fantástico, ya que, según dijo, estaba cansado de decir la verdad, quiero mentir. Arriba, una de las imágenes del libro

Las ilustraciones originales de José Muñoz se exponen en la galería madrileña Sins Entido, espacio dedicado al mundo de la ilustración y en el que se reconoce también la trayectoria y el talento de este artista argentino. Durante la presentación, a la que acudió desde Buenos Aires, explicó que como artista ha llegado a un cansancio eterno por la estupidez perenne de nuestra especie.

Muñoz se mostró un tanto abatido por la sinrazón de lo que él llama la llaga que no cicatriza. Pero el libro de Cortázar le ha permitido al menos hacer ilustraciones de carácter fantástico –estoy cansado de decir la verdad, quiero mentir, llegó a decir–, en el que sólo hay blanco y negro.

Entinto groseramente y luego perfilo con el blanco. Soy un pintor de blanco sobre los errores negros. Cuando pongo el blanco siento que limpio, que doy luz, explicó. Así que sigue fatigando los originales, esta vez con una y otra capa de blanco sobre negro, y utiliza toda esa negrura para recrear las oscuridades del mundo del jazz, para utilizar el negro excitante de los cuerpos que brillan con el sudor, el baile, la agitación, el deseo lejos de las corruptelas políticas.

En el relato de Cortázar, Bruno, el narrador, es un crítico de jazz y admirador del músico, que es testigo de la decadencia de un hombre, rodeado de aduladores que ven cómo se hunde, mientras la locura y las drogas, o quizás su genialidad, lo hacen vivir el tiempo de otra manera, que ningún otro puede alcanzar. Pero no sólo es un relato con el jazz de fondo o sobre el mundo del jazz, sino que la música parece haber marcado la esencia de la narración, como si se tratara de una partitura.

Tiene pasajes que recuerdan al Cortázar melómano y devoto del jazz de Rayuela, en el que Oliveira y sus amigos del Club de la Serpiente discuten y disgregan apasionadamente sobre el jazz y su inmenso poder musical. El jazz, dijo el propio Cortázar, es una música que permite todas las imaginaciones y que se nutre de la libertad, eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa.