Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 12 de julio de 2015 Num: 1062

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Ángel Rosenblat
y la filología

Leandro Arellano

Amores fragmentados
Febronio Zatarain

Magia
Diego Armando Arellano

Afrodiáspora:
del fuego y del agua

Esther Andradi entrevista con Susana Baca

El prodigioso Jean Ray
Ricardo Guzmán Wolffer

El asombro ante
el mundo y el Tao

Manuel Martínez Morales

Graham Greene: dos encuentros con la Iglesia
Graham Greene y Rubén Moheno

Rolling Stones:
¿la última gira?

Saúl Toledo Ramos

Leer

ARTE y PENSAMIENTO:
Tomar la Palabra
Agustín Ramos
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles
Cinexcusas
Luis Tovar


Directorio
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La Jornada Semanal

 

El escritor supo prever el levantamiento que se fraguaba
en una región de Hambre, montañas e irresponsabilidad

Ceremonias Fúnebres de Colette

Graham Greene

Su Eminencia

Aquéllos de nosotros que amábamos a Colette y sus libros nos reunimos hoy para rendirle honores en una ceremonia que debió parecer extrañamente trunca para los católicos presentes. Estamos acostumbrados a orar por nuestros muertos. En nuestra fe los muertos nunca se abandonan. Es un derecho de toda persona bautizada católica que un sacerdote le acompañe hasta la tumba. Ese derecho no puede perderse –como puede perderse la ciudadanía de una patria temporal– por falta o delito, porque ningún ser humano es competente para juzgar a otro, ni decidir dónde comienzan sus faltas o terminan sus méritos.

Pero hoy, por decisión suya, ningún sacerdote ofreció oraciones públicas en el funeral de Colette. Todos conocemos las razones de usted. ¿Pero éstas habrían sido invocadas si Colette hubiera sido menos famosa? Olvide usted a la gran escritora y piense sólo en una anciana mujer de ochenta años que, en tiempos que Su Eminencia no había sido ordenado aún, contrajo un matrimonio infeliz, mas no por falta suya (a menos que la inocencia sea una falta), y posteriormente rompió la ley de la Iglesia con un segundo y luego un tercer matrimonio civil. ¿Son tan imperdonables dos matrimonios? Las vidas de algunos de nuestros santos ofrecen ejemplos peores. Por supuesto que ellos se arrepintieron. Pero arrepentirse significa repensar la propia vida, y nadie puede decir qué pasa a través de una mente entrenada en los hábitos de la lucidez cuando se ve confrontada con el hecho inminente de la muerte. Usted realizó su condena sobre evidencia insuficiente, porque usted no estaba con ella entonces, tampoco ninguno de sus ministros.


Colette en 1932. Dominio público. Fuente: wikiwand.com

Inconscientemente, Su Eminencia ha dado la impresión de que la Iglesia persigue la falta más allá de la tumba. ¿Cuál era el propósito de Su Eminencia al hacer de éste un caso ejemplar? ¿Era el de advertir a su grey sobre el peligro de tomar a la ligera la ley del matrimonio? De seguro habría sido más el caso advertirles del peligro de condenar a los demás demasiado fácilmente y prevenirles sobre la falta de caridad. Las autoridades religiosas recuerdan frecuentemente a los escritores sus responsabilidades hacia las almas simples y sobre el riesgo del escándalo. Pero también existe otro riesgo, que es el de escandalizar a los instruidos. ¿Ha considerado Su Eminencia que su decisión podría causar un escándalo de este tipo? A los no católicos podría parecer que a la Iglesia misma le falta caridad; ella puede parecer capaz de rehusar sus oraciones en el momento de mayor necesidad. ¡Qué diferente fue el trato otorgado a Gide por la Iglesia protestante cuando murió! (Su Eminencia perdonará el calor de estos señalamientos cuando recuerde que un escritor cuyos libros amamos se vuelve alguien querido para nosotros. Este no es un caso abstracto sacado de un texto de teología moral diseñado para el uso de seminaristas.)

Claro que, al reflexionar, los católicos pueden considerar que la voz de un arzobispo no es necesariamente la voz de la Iglesia, pero muchos católicos, no sólo en Francia sino también en Inglaterra y en Estados Unidos, donde se conocen y se aman los trabajos de Colette, se sentirán lastimados personalmente por el hecho que Su Eminencia, mediante tan estricta aplicación de la regla, parece negar la existencia de esa intervención final de Gracia de la cual Su Eminencia y cada uno de nosotros dependemos en la hora final.

Con mi humilde respeto por la Sagrada Púrpura.

Graham Greene

Colette y el agua bendita, Collage digital: Marga Peña

Graham Greene ofrece aquí un modelo ejemplar para la demolición de un pedestal de poder sin faltar al respeto a nadie, en sentido estricto.

Este poema parece un instructivo sumamente útil para coadyuvar en la enmienda de un pastor extraviado (que los ha habido siempre). Digo poema, pues Greene se encuentra por derecho propio en la tradición del Dante, quien situó al arzobispo Ruggieri en uno de los peores círculos del Infierno, sumido en un pozo de hielo, en compañía de su aliado y adversario –traidores ambos y egoístas–, un cuerpo sobre el otro, como un rufián royendo el cráneo del otro.

Es el caso de Bonifacio VIII, Papa que sólo reconocía el poder del derecho escrito, de la fuerza armada o económica. En cambio Dante, poeta y filósofo, platónico y místico, sólo admitía –como señaló Giovanni Papini– la soberanía del espíritu en sus más altos valores. Todo lo que se conoce hoy día de Bonifacio VIII se debe a los versos de los dos más grandes poetas de su tiempo, Jacopone da Todi y Dante, que describen su infamia.

La Historia y la actualidad nos dicen de la fecunda labor del papa Francisco, que tan legítima admiración ha despertado con sus logros concretos en Siria, Cuba, Palestina; es particularmente ardua e importante también al interior de la propia Iglesia. Se hace evidente que necesita el apoyo de ateos y creyentes, si sólo recordamos al tan controvertido e influyente Juan Pablo II.

Bien mirado, el presente escrito de Greene ofreció una oportunidad para la contrición a un elevado personaje, Maurice Feltin, entonces cardenal, arzobispo de París, para que aprovechara sus valiosos sentimientos de culpa, si los tuviere, o los improvisara, que nunca es tarde.

Uno de los motivos aparentes para que Feltin negara ceremonias fúnebres de la Iglesia a Colette (Sidonie Gabrielle Colette, 1873-1954) fue que “la escritora de prosa más importante del siglo XX” se divorció de su primer marido, el periodista y escritor Henry Gauthier-Villars, llamado Willy, catorce años mayor que ella, quien introdujo a la joven en el mundo de las letras y de las artes, donde encuentra a Marcel Proust, Claude Debussy y Marguerite Moreno. Pero Willy la engaña continuamente, la obliga a escribir y la despoja de su trabajo. Colette tuvo que esperar hasta 1904 para poder firmar con su propio nombre Dialogues de bêtes. Los primeros trabajos de la escritora, cuatro libros de la serie Claudine, aparecieron con la firma de él. ¿Es para sorprender que ella quisiera divorciarse? Y que luego tuvo otro divorcio. Ahora hasta el Código Civil mexicano acepta el divorcio por la mera voluntad como causal.

La carta abierta al cardenal arzobispo de París, que Greene hizo publicar en Le Figaro Littéraire el 7 de agosto de 1954, recibió un alud de respuestas adversas. La de François Mauriac –muy admirado por Greene– se encontraba entre ellas. Evelyn Waugh, amigo personal de Greene y también compañero de fe (aunque, en su caso, una fe ortodoxa y conservadora), comentó a un tercero que la carta de su amigo era fatua e impertinente; que el día del entierro de Colette, Greene estuvo en un almuerzo bebiendo con sus amigos frogs (término despectivo inglés para referirse a los franceses, por la afición de sus paladares a las ancas de rana), y que andaba achispado (tipsy) cuando escribió esta página.

La gran escritora recibió en su funeral honores de Estado y contó con la presencia de cientos de personas. Greene comentó que el día en que asistió a los funerales de la autora de Cheri, La Gata, Gigi y tantas obras más, sí andaba tipsy, pero no de alcohol sino de rabia. En ese estado bullente escribió, hizo traducir al francés y publicar, el mismo día, su breve monumento literario que llega hasta nosotros.

En otra parte señaló una moral para el conservadurismo y el cristianismo: “deberían ser imposibles compañeros de cama”.

Rubén Moheno

El desafío social del Evangelio

Graham Greene

Este libro esclarecedor [Church and Politics in Latin America –Iglesia y política en América Latina] que trata sobre el desarrollo del catolicismo latinoamericano con la participación de la Teología de la Liberación y las comunidades cristianas de base, hizo que al menos un hombre viejo se recargara en su respaldo y recordara cómo era la Iglesia cuando se unió a ella con cierta reticencia casi sesenta años atrás, y contemplara la inmensidad de los cambios. Era típico de aquel tiempo que la Iglesia fuera conocida por la mayor parte de la gente en Inglaterra, por razones probadas, como la Iglesia Católico Romana. En cierta medida, al unirme a ella, yo me convertía en extranjero en mi propio país; algo no malo para uno que quería ser novelista, porque un extranjero ve sus alrededores con ojos frescos. Pero ser un extranjero conlleva, también, la asunción de ciertos supuestos que me interesaban mucho menos. El principal era que como católico romano yo debía, era un supuesto generalizado, pertenecer políticamente a la derecha. Pasaron diez años y aún se suponía que como católico romano la vasta mayoría que no había leído mis libros esperara que yo fuera partidario de Franco.

Plantón de la Organizacion Cristianos Solidarios con el Pueblo Salvadoreño, frente a la embajada de EU, 23 de febrero de 1990. Foto: Raúl Ortega/ La Jornada

Óscar Arnulfo Romero en Chiapas Foto: Frida Hartz/ La Jornada

Y sin embargo, los cambios habían empezado a fines de los años 1930 y en mi primera lectura del excelente ensayo de Sobrino sobre la Iglesia en América Central me pregunté si el padre [Gustavo] Gutiérrez, a quien él cita, no estaba situando el cambio un poco tarde cuando escribió “la historia de la Iglesia en América Latina se divide en antes y después de Monseñor Romero”. Después de todo, Dom Hélder Câmara, antiguo arzobispo de Olinda y Recife, había tomado la peligrosa opción por los pobres en Brasil. (No es mencionado por fray Martín en su capítulo sobre el conflicto en la Iglesia católica brasileña, tal vez porque se confinó al período posterior de 1968 a 1979.) También hubo un indicio en México, tan temprano como 1937, de lo que podían llegar a ser las futuras comunidades cristianas de base. Como resultado de la persecución religiosa, la Iglesia había tenido una buena limpia de romanismo; incluso limpiada drásticamente como lo había visto yo en Tabasco, donde habían desaparecido las iglesias y los sacerdotes, y algo menos en Chiapas, donde no se permitía a ningún sacerdote entrar a una iglesia. Las misas secretas que se celebraban en casas privadas podían haber sido descritas como de clase media pero los domingos, cuando los indígenas bajaban de las montañas y trataban de celebrar misa, tanto como la recordaban, sin un sacerdote, de seguro estaban empezando las comunidades de base.

Pero leyendo más adelante me di cuenta de que había malentendido al padre Gutiérrez, el martirio del arzobispo Romero (el primer arzobispo asesinado en el altar desde Beckett), seguido de una muy cuidadosamente moderada condena por el papa Juan Pablo II, fue ciertamente, como él lo describe, el punto decisivo entre los comienzos esporádicos de la Iglesia latinoamericana como hoy la vemos, fortalecido por el gran descaro del apoyo a los escuadrones de la muerte en El Salvador y Guatemala y a los contras en Nicaragua por parte del gobierno de Estados Unidos, que ha causado shock en muchos miembros de la jerarquía estadunidense. La Casa Blanca se ha asegurado de que nada será como antes.

La Iglesia de los pobres y las comunidades de base muestran su fuerza no sólo contra el gobierno de Estados Unidos y los escuadrones de la muerte y los contras, sino frente a las muy romanistas visiones del cardenal Ratzinger, el gran oponente de la Teología de la Liberación, y tal vez con las comprensibles sospechas del Papa Juan Pablo II.

Y escribo “comprensibles” porque no puedo evitar el sentimiento de que la experiencia polaca del Papa en los años 1950 puede haberlo llevado a la desafortunada actitud que manifestó en su reciente visita a Nicaragua. Parece haber visto un falso paralelo entre un gobierno que incluía a tres curas católicos en las posiciones clave de Educación y Salud, Relaciones Exteriores y Cultura con el movimiento Pax, que era el intento deliberado de un gobierno extranjero para dividir a la Iglesia. Yo visité Polonia en 1955 durante un mes, después que el movimiento Pax se había establecido, y disfruté, si es ésa la palabra correcta, dos sesiones bastante alcohólicas con Boleslaw Piaseki, el líder fascista que había luchado valientemente contra los alemanes y los rusos, y para asombro de los polacos, había regresado vivo de su encarcelamiento en Moscú, con el permiso de iniciar una firma editorial católica y el derecho único de manufacturar rosarios, crucifijos, etcétera, la parafernalia de la Fe. El arzobispo se encontraba bajo arresto domiciliario y algunos curas se habían unido al movimiento Pax, pero sus iglesias se encontraban casi vacías en domingo, cuando todas las otras iglesias parecían repletas hasta desbordarse. El movimiento Pax, nacido en el extranjero, se desvaneció, pero el movimiento que dio luz a la Teología de la Liberación, las comunidades cristianas de base, la opción por los pobres, tuvo luz nativa y no tiene nada en común con Pax.

Atacada por el gobierno de Estados Unidos y perseguida en El Salvador, Chile, Paraguay y Guatemala, la Iglesia católica en el continente americano, como este libro demuestra, ha cobrado una nueva y vigorosa vida, que con el tiempo podrá, uno espera, convertir incluso a la Curia y persuadir a sus miembros de volver otra vez a las enseñanzas de Juan XXIII, en vez de seguir el sendero del cardenal Ratzinger y la CELAM, tan bien analizado aquí en un capítulo por François Houtart.

Traducciones de Rubén Moheno

   
 

Greene sigue siendo un escritor para mañana. En 1994, los ojos del mundo voltearon hacia México: ¡Ya basta! Los lectores de Greene podían decirse que ya habían escuchado en sus libros, escritos medio siglo atrás, los nombres chiapanecos que la prensa refería. Greene supo prever el levantamiento que se fraguaba en una región de Hambre, montañas e irresponsabilidad, porque la solución no vendría de la remota Ciudad de México. Ni de Roma.

Hoy las cosas han cambiado para bien en una región de Chiapas y en Roma, como anhelaba el escritor.

En su Diario de sueños (A World of my Own, 1991) Greene anotó: “En julio de 1987 me sentí conmocionado al enterarme por los periódicos que el mismo Papa [Juan Pablo II] se proponía canonizar a Cristo. Pensé que el hombre debía estar loco de orgullo para sentirse en posición de dar un honor a Cristo…”

r.m.

Graham Greene cuando visitó a la familia de misioneros Lechat para documentar su libro A Burnt-Out Case, Congo Belga, África, 1959 Dominio Público.
Fuente: ae-info.org