Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de diciembre de 2006 Num: 615


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
El tiempo real
LUIS TOVAR
Un maestro constructor
RICARDO BADA
La Mara de Ramírez Heredia
GERARDO BUSTAMANTE
A la memoria de Rafael Ramírez Heredia
ÓSCAR OLIVA
Versiones de Horacio
RUBÉN BONIFAZ NUÑO
Los chinicuiles, escamoles y lagartijas de Santiago de Anaya
Extranjeros en su Tierra
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA
A manera de réquiem
JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

POESÍA
Reseña de Juan Gelman sobre El resplandor de una escritura


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Jorge Alberto Gudiño Hernández

A manera de réquiem


Ilustración de Juan Gabriel Puga

Rafael Ramírez Heredia murió el martes 24 de octubre pasado. Era mi amigo y mi maestro. Hablar de su muerte en términos humanos convertiría a este texto en una nota necrológica convencional porque tendría que basarse en una relación y no en su persona. A él no le gustaría que fuera de ese modo, convencional.

Entonces habrá que hablar de él desde la perspectiva literaria. Para hacerlo se deben tomar las cosas con calma. Sobre todo porque fue un escritor prolífico, más de una cuarentena de libros en otros tantos años da fe de su inagotable ejercicio literario. Y esa es la virtud que le caracterizó en un primer momento. Disciplinado como pocos, rompía con contundencia el molde del escritor romántico que se sentaba a esperar el arribo de las musas. Por el contrario, Rafael se había autoimpuesto una rutina de las que exigen levantarse antes que el sol para empezar a aporrear el teclado en busca de la imagen exacta, de la sucesión anecdótica, del gesto que dibuja al personaje en una sola pincelada. Así era él, de los que esperaban trabajando a la musa para que, cuando llegara, no lo tomara desprevenido, sin el material de trabajo listo. ¿De qué puede servir un soplo de inspiración, numen o estro, a aquel que no tiene los instrumentos a punto? De poco. Por eso los afinaba en largas sesiones sin más estímulo que el de su propio acicate. El que le llevaba a completar la siguiente página de una incansable sucesión de ellas porque tenía improntada la necedad de ser un escritor de tiempo completo. Y esa nunca es una tarea fácil.

Para muestra baste un vistazo a su obra. Aunque hay quienes la han querido encasillar dentro del género policíaco, sería un error verla desde esa óptica. Apenas un mínimo porcentaje de ella se ocupa de los avatares de Ifigenio Clausel, su detective coyoacanense. Pero parece que al mundo literario le gustan las sagas y la sonoridad del nombrecito. Entonces quede ahí su contribución al género con toda la falibilidad del personaje, con todo lo antiheroico que pueda resultar. Pero si de personajes se trata, quizá el que lo lanzó a la fama fue el Rayo Macoy. Tanto, que hay personas que lo trataban con ese apelativo; una de sus primeras direcciones electrónicas tenía parte de ese mote. Y cómo no adoptarlo si fue gracias a ese cuento que su nombre empezó a resonar en el mundo literario pese a que no le gustaba el box ni mucho menos.

Ya no se bajó del caballo. Sus siguientes libros fueron acumulando adeptos y haciendo ver que la suya era una literatura en un constante proceso de evolución. Hace apenas un par de años, La Mara fue, quizá, la mayor muestra de ello. Con una frialdad digna de un anatomista, diseccionó cada uno de los sufrimientos de los inmigrantes de la frontera sur. Para lograrlo no le bastó con dar rienda suelta a su imaginación, sino que, congruente consigo mismo, se adentró en el territorio del Suchiate para empaparse con sus aguas, para dejarse llevar por los mismos trenes que transportan indocumentados, para aventarse en el mismo recorrido y sentir el ramalazo de la caída en el costado y poderlo describir. Porque, como él mismo sostuvo siempre, la literatura no es algo que se trabaja de cinco a seis y se archiva en un cajón. Al contrario, se vive todo el tiempo; el escritor no deja de serlo cuando cierra la libreta o apaga la computadora. Y eso fue justo lo que iba a buscar en sus viajes por el sureste mexicano: la certeza de que la vida y la literatura confluyen en un momento al que se accede, no sin peligros, y que no puede dejarse pasar.

No sólo fue poderosa, La Mara tuvo una gran acogida. Pese a ello, Rafael no se sentó en sus laureles. Aunque su estilo está definido con precisión, a él le gustaba experimentar. El mestizo de Salgari y La esquina de los ojos rojos son muestra de ello. Qué fácil habría sido aplicar una fórmula conocida tras haber comprobado su eficacia. Él no era así. La primera es una novela erótica sin tapujos ni ataduras, porque la literatura se vive a flor de piel y vaya que él lo hacía. La segunda es una muestra que, pese a los cuarenta y tantos libros anteriores y a los veinte años dirigiendo un taller de narrativa, él seguía aprendiendo. De qué otra manera se puede explicar que haya estudiado géneros desconocidos, que haya experimentado con formas de narrar una nueva forma de la violencia.

Porque La esquina de los ojos rojos es la segunda de las entregas de una trilogía en la que el Barrio se vuelve el protagonista, el semillero del horror. Se dice que, tras su muerte, ha dejado una novela cerrada que aguarda su publicación. Ignoro si es el cierre en la frontera norte. Así lo espero. Sobre todo porque novela tras novela, Rafael Ramírez Heredia estaba dando muestras de una literatura madura, cada día más refinada, con mucho mayores alcances. Una de sus grandes pasiones eran los toros. Yo, que no soy taurino, conozco el lugar común de la muerte en el ruedo. Justo así es como Rafael nos ha dejado: cuando estaba escribiendo mejor. No se dio el lujo (quizá porque alguien como él no podría permitírselo) de dejarse alcanzar por la decadencia en alguna de sus formas. Por el contrario, se retiró con creces y en su mejor momento.

El problema es que se le extraña. Algunos, como el autor que fue ganando adeptos. Otros, como el maestro infatigable que acudía puntual a sus citas semanales ocultando su generosidad tras una máscara de rudeza. Porque su taller nunca fue de apapachos, de decirnos unos a otros que el texto en turno estaba bien. Así no es como la literatura sucede. Él lo sabía y nos lo hizo saber. Sus enseñanzas son muchas y muy variadas. Tantas como sus libros. Ambos quedan cuando él se va. Y entonces este texto se vuelve una nota necrológica como tantas. En la que se dice lo que se le extraña y se le agradece por lo vivido. Porque supo ser escritor, maestro y amigo, en el orden que cada quien guste. Porque seguirá siéndolo durante el extenso camino que le queda por delante a todos sus lectores, discípulos y amigos.

Gracias, Rafa. Hasta pronto, Rayo.