Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de diciembre de 2006 Num: 615


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
El tiempo real
LUIS TOVAR
Un maestro constructor
RICARDO BADA
La Mara de Ramírez Heredia
GERARDO BUSTAMANTE
A la memoria de Rafael Ramírez Heredia
ÓSCAR OLIVA
Versiones de Horacio
RUBÉN BONIFAZ NUÑO
Los chinicuiles, escamoles y lagartijas de Santiago de Anaya
Extranjeros en su Tierra
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA
A manera de réquiem
JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

POESÍA
Reseña de Juan Gelman sobre El resplandor de una escritura


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

LOS DESPADRADOS

Al haber sido una de las cintas programadas en la más reciente Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, la opera prima de Andrés León Becker y Javier Solar, Más que a nada en el mundo, fue vista como parte de una constante temática que pocos habrían sospechado así de abundantemente representada: la maternidad en solitario. En efecto, varios filmes de la Muestra abordan esta realidad, como puede verse en Grbavica: la revelación de Sara (Austria/Bosnia y Herzegovina/Alemania/Croacia, 2005) y Las mantenidas sin sueños (Argentina, 2005), o bien enfocan, desde la perspectiva infantil, la crisis, la disfuncionalidad, la descomposición o la franca desintegración de lo que todavía sigue definiéndose como la familia nuclear, es decir, aquella compuesta indefectible y armoniosamente –se supone-- por los dos padres y uno o más vástagos. Así El pequeño Vania (Rusia, 2005), La mirada de Charlie (Francia, 2006), Pequeña Miss Sunshine (EU, 2006) y la muy iconoclasta Tideland (Canadá/Gran Bretaña, 2005).


Elizabeth Cervantes

A diferencia de esta última, producto de la imaginación desaforada de Terry Gilliam, la producción del CCC que forma parte del programa de óperas primas está signada por la contención y la mesura. Su despliegue de una visión infantil que, para ajustar el mundo que la rodea a un sistema de causa-consecuencia, tiene que acudir a sus propios referentes aunque éstos provengan de la más pura fantasía, no acude a la producción de efectos especiales ni a un tratamiento iconográfico deslumbrante. Por el contrario Alicia --solitaria hija de una joven madre por su parte sumida en una crisis de separación amorosa y búsqueda insensata de satisfacción física con la que erróneamente pretende suplir sus carencias afectivas--, y el espectador con ella, no distorsiona el entorno: lo interpreta, lo verbaliza, y sus siete años de edad no le dan más que para calcar aquello que conoce por encima de lo que no entiende.

Ellos mismos guionistas, León Becker y Solar consiguieron hacer que la película exhale cierto aire enrarecido, como de encierro, lo mismo que una tensión bajo sordina, si cabe la figura. Los diálogos son tan breves que dan pie a la sensación de que quienes los enuncian apenas son capaces de expresar lo que sienten o necesitan. El desarrollo de la acción, distribuido bajo la mano segura de Luciana Jauffred que funge aquí como editora, va al grano y hace gala de una economía de recursos que ya quisieran esas otras películas tan llenas de relleno. El tono de los personajes, de un sotto voce sostenido, es eficaz para destacar los momentos de mayor tensión dramática de madre e hija, por ejemplo cuando aquélla, sin aparecer a cuadro, ruega a equis pareja ocasional que se quede, que no la deje sola, mientras Alicia escucha en el pasillo; o por ejemplo cuando ésta decide actuar para que la situación cambie y transgrede unas reglas de convivencia que se escribieron solas y que la confinan a una vida intramuros no sólo físico sino, sobre todo, por lo que se refiere a la convivencia, limitada a la transmisión de órdenes y el cumplimiento de actividades cotidianas, antes de verse suspendida casi totalmente.

Encierro, soledad y silencio, precisamente, son las condiciones en las que vive un vecino que Alicia convierte en depósito de explicaciones, origen de todos los males y, a un nivel más profundo, en surtidor de afecto, por más que éste aparezca disfrazado como lo opuesto. Un acto fortuito –el extravío de una fotografía, que el vecino indiferente recoge en el pasillo y luego guarda en casa-- y una osadía infantil –brincar por las ventanas al departamento de al lado para ponerle remedio al "maleficio" del cual supone víctima a su madre--, se combinan en la mente de una Alicia tan necesitada de asideros que resuelve dejar de ser un miembro más de la pasividad, para ser protagonista de su propia historia, donde la palabra "su" se refiere lo mismo a la verdadera situación de abandono materno, que a la inventada por su fantasía capaz de ver vampiros y de ponerle crucifijos en el pecho.

Más que a nada en el mundo es un meritorio ensayo fílmico acerca de un despadramiento de carácter evidentemente mundial, a juzgar por las muchas nacionalidades que, como se ve al principio de estas líneas, abordan una problemática que no es nueva de ningún modo, pero que pareciera estar encontrando, cinematográficamente, nuevas vías para ser vista y analizada. A ver cuándo, si es que alguna vez, llega esta película a la cartelera comercial.