Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de noviembre de 2007 Num: 661

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El verdadero humor
es cosa seria

RODOLFO ALONSO

Sensación académica
KIKÍ DIMOULÁ

Max Aub: juegos narrativos en Juego de cartas
JOSÉ R. VALLES CALATRAVA

La flor de fuego: Leonora Carrington 90 aniversario
ELENA PONIATOWSKA

Entre Rembrandt
y Van Gogh

RICARDO BADAB

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

El verdadero humor es cosa seria

Rodolfo Alonso

Aunque ya se avecinaba la catástrofe, esa segunda guerra mundial que iba a aniquilarla como civilización, durante 1939 lo mejor de la inteligencia europea continuaba fascinada por el legítimo resplandor subversivo con que el movimiento surrealista la había conmovido, más que profundamente, desde mediados de la década de los veinte. Inspirados por la alta divisa de Rimbaud: “cambiar la vida”, los surrealistas habían emprendido, no sólo en el arte sino en todos los dominios de lo humano, una empresa que imaginaban ampliamente revolucionaria, demoledora de todo lo anquilosado, momificado y congelado, y dispuesta inclusive a obtener “una nueva Declaración de los Derechos del Hombre”.


Breton en un collage de época

Fue en ese mismo –fatídico– año de 1939 que André Breton, quien había asumido las funciones de conductor del surrealismo, publica la primera edición de un libro que se volvería justamente célebre, su Anthologie de l'humour noir. Y, al hacerlo, no sólo recuperaba una muy digna tradición sanamente insolente y saludablemente desacralizadora, sino que acuñaba y ponía a circular en el dominio público un concepto que sin duda haría escuela: el de “humor negro”. A partir de entonces, la idea del humor no volvió nunca a ser la misma. Algo que ya estaba vivo, latente en los grandes maestros irreverentes del pasado, y que acaso había permanecido oculto precisamente por su irónica y liberadora utilización del doble sentido, volvía a encarnarse con fuerza y se constituía en una energía regeneradora e insumisa, altiva y humanísima.

Desde entonces sabemos lo que antes intuíamos: que el humor es la manifestación más alta del espíritu, una invaluable herramienta de expresión, pero también, al mismo tiempo, inescindiblemente, un arma para la libertad del hombre. Ese mismo hombre, que incluso antropológicamente había llegado a ser denominado alguna vez (no sin justicia) “el animal que ríe”, sabía ahora que no puede llamarse, que no merece denominarse humor a aquello que se nos presenta como banal, superficial, conformista, demagógico, ramplón, sometido y, en suma, intrascendente. Como quería Breton, como bien sabían Swift, Bierce y Jarry, por citar sólo a algunos, el verdadero humor siempre será insurgente, revelador, deletéreo, nunca complaciente. Ni siquiera consigo mismo.